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Castellano
Cinco poemas franceses
Sergio Mansilla Torres



CINCO POEMAS FRANCESES
(noviembre - diciembre de 2004)

I. Inscripción en la cuchara de café, en Toulouse


Algo enfermo de las tripas y más de los recuerdos,
en domingo y en lunes por la avenida y la placita,
sin entender el curso de las aguas,
con un leve dolor de garganta a causa del otoño.

El hecho es que tengo que hablar aquí
a muchachas y muchachos
que cabecean sobre sus mesas
y luego escriben, en lengua extranjera,
ensayos sobre las colinas de la luz.

Varios días llevo saltando de alma en alma,
con libros y muchas lejanías en el cielo
de Magritte: nubes y caballos
entre árboles que, como yo, nunca saldrán
del lugar en que nacieron
(si es que nacieron).

Grabo la huella de mi labio superior
en la cuchara del café,
cromada ésta no en Francia sino en China:
mas no se distinguen los signos ominosos del día
del nombre nunca escrito de las cosas verdaderas;
sí la huella digital que deja cuerpo semoviente
y el ruido sordo de los aviones de la memoria
que no tienen dónde aterrizar

ni en este mundo

ni en el otro.


II. Nieve en el pensar de la noche, en Tragine


Disparos en el bosque y la luna se empina
sobre las cumbres de Los Pirineos
con el orgullo de una dama acostumbrada
a estar sola en todas partes.
Aquí todo está en espera de la próxima tormenta.
Pero, por el momento, el vino ocupa
su lugar en la mesa
y Paulette habla y habla de las puertas de la infancia.
Anochece temprano y los jabalíes
que se han salvado de la cacería
respiran aliviados porque saben
que vivirán hasta mañana.
Cuando amanezca, empezará otra vez
el implacable trabajo de nada.


III. Carta a mi mujer, desde Toulouse


Estoy a 15.000 kilómetros de ti, y escucho radio
en una lengua que no entiendo.
Ha llovido casi toda la tarde sobre la ciudad
color ladrillo
y me ha dolido algún ganglio en el lado derecho del cuello
(señales serán de la muerte que nunca yace dormida).

He visto en las nubes bajas las formas de una ausencia
que pesa en los zapatos;
he acariciado, como en sueños, la sorda melodía
de los besos que no he dado ni daré.

Un océano nos separa,
y el pensar escribe, en versos, sus palotes
sobre el papel blanco de mi cuaderno de apuntes.

Veo que aquí fuera han venido obreros
a podar los abedules de la avenida.
Y las ramas yacen sobre el asfalto esperando
el camión que los llevará al pudridero
o al incinerador cuyo humo asciende al cielo
día y noche.

Me duele la cabeza de tanto estar contigo
en los sitios de la memoria,
dolor que duele hojas y nieve sobre adoquines antiguos.

Apago la radio e imagino tus manos
en los lugares más dulces del silencio.

Ya me duermo. Sólo deseo que en mis sueños
vengas con una isla bajo el brazo a anunciar
que ahora sí llegó el momento de deshacerse
de los cuerpos que nos estorban
para empezar, de nuevo,
en la primera luz sin nombre de la tierra.


IV. Carta a mi mujer, desde París


A mi lado camina tu sombra de miel
en las calles donde sé que no estás
y en el mercado de los africanos donde los niños
pierden sus juguetes de plástico al menor descuido.
Hoy fui al cementerio de Montmartre
a buscar la tumba de Alberto Blest Gana,
pero sólo hallé la de Stendhal en la división 30
por la rue de De la Croix;
tenía flores frescas su tumba,
y pensé, entonces, que la literatura en todas partes
hace siempre pequeños milagros.
Luego volví sobre mis pasos en dirección a ti,
aunque sólo estaban la ausencia y la noche
esperando en casa, justo donde debía haber
una cascada con todas las dulzuras de este mundo.
Sin ti la realidad no cesa de endurecer
las leches, las que deberían ser siempre tibias y suaves,
que no den trabajo a la deglución,
menos en una ciudad demasiado irreal como para creer en ella.
Cojo un rostro cualquiera y me lo pongo
para seguir un rato más por ahí, entre girasoles quemados,
simulando que estoy vivo.


V. Ante la tumba de Stendhal, en Montmartre


El animal que te mira no lo ves (los muertos son
ciegos e insensibles). Hace frío
y la memoria adquiere el color de la piedra vieja
en este lugar desolado de día domingo.
Cerca pasa el tren urbano: metáfora
del tiempo que vuela hacia la perpetuación del olvido.
Y tú estás ahí, y el animal que te mira
entra de a poco en la niebla de las fabulaciones:
¿qué estarías comiendo el día en que nació Julian Sorel
para permanecer por encima de los panteones?
¿Y de tan lejos vino éste, dirás, sólo para un íntimo
encuentro con la nada?
Otra vez el tren, en dirección a la Porte d’Orleans,
rápido y expedito por vías elevadas,
por túneles y por cavernas. Los pasajeros todavía
no descubren la rueda ni dominan el fuego.
Hace más frío al cabo de una hora de caminar
por senderos de tumbas.
Momento entonces de cerrar el libro de los muertos
y volver, paso a paso, a las tristes ruinas del futuro.

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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "Cinco poemas franceses."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   12 de septiembre de 2007.
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