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17 de mayo de 2012
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Castellano
Dos poemas de circunstancia
Sergio Mansilla Torres

ENRIQUE VALDES CANTA UNA TONADA



Ha bebido, como siempre, el vino embriagador
de los que recuerdan demasiado.
Guitarra en ristre recupera las palabras luminosas,
entona lugares blancos de nieve.
Entre notas se vislumbra a lo lejos un jinete
montado en un caballo que se va.
Busca quizás cobijo bajo lonas impermeables.
Y los perros calientan los pies del amo
dormido bajo las estrellas.
Y mientras Valdés canta, la casa se estremece
como una muchacha tocada de pronto por el deseo.
Llegó la hora de deshacerse de los equipajes sobrantes
y dejarse llevar por la nave lenta de la poesía.
Pronto se irá en alegre conversación con las avutardas,
y nos quedaremos sus amigos con tantos manuscritos
de amores que no pudimos corregir nunca,
textos borroneados como en un sueño en el ocaso…
Al final sólo nos queda la imaginación fulgurante.
Y las botellas vacías alineadas en el suelo de la cocina
son el verso final de una canción
cuya letra olvidamos hace mucho.



NUESTROS DESCENDIENTES


Quizás hallen en las viejas bibliotecas de ellos
algún poema olvidado parecido a éste.

Algún periodista mal pagado tal vez escriba
“Se halló un pergamino cuyas líneas
inexplicablemente van y vienen como surcos
de una siembra”.

Y algún paleógrafo, sin mucha convicción, dirá:
“Veré si puedo saber qué dicen estos caracteres arcaicos.
Se ve que es un lenguaje primitivo,
con palabras rudimentarias, onomatopeyas quizás
que imitaban el canto de los pájaros o el sonido de los ríos”.

Y no habrá a quién preguntarle.
Sólo estarán ahí las palabras mudas, incapaces
de narrar la finitud de los cuerpos que ya se fueron.

Y las examinarán bajo lupas electrónicas,
y analizarán la química de la tinta,
y aplicarán algo más preciso que carbono 14
para calcular la edad de las manos que escribieron
caracteres tan viejos como el sol.

Quizás el manuscrito termine en un museo para turistas
y toda esperanza de canto se aleje a una distancia sin retorno.

Quizás simplemente se pierda en los sombríos
bosques de un futuro sin humanos,
y el poema no será ni poema ni nada
cuando ya no haya idioma en el murmurar de las nubes
y no quede más que una enorme roca rodante
en la interminable noche espacial de nadie.

Un poema demasiado breve para cantar las hazañas de los héroes
y demasiado extenso para tanto impenetrable silencio que somos.



Sergio Mansilla Torres
Enero de 2010.