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17 de mayo de 2012
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Castellano
"Retratos y autorretratos deformes": una muestra poética.
Sergio Mansilla Torres

En 2009 tuve la suerte de ser galardonado con el Premio del Consejo del Libro y la Lectura en el Concurso Mejores Obras Literarias 2009 (Chile), en mi caso, en la categoría inéditos, género poesía. Se trata del poemario Retratos y autorretratos deformes, de alrededor de 80 poemas, del cual, por limitaciones de número de versos (o líneas) establecidas en las bases del certamen, sólo envié al concurso la parte de “Autorretratos”. El libro aún permanece inédito y espero poder publicarlo en algún momento de 2010. Por lo pronto, comparto con los lectores, a manera de adelanto, una selección de 7 poemas del conjunto.

Sergio Mansilla Torres
(changuitad@gmail.com )

Osorno, Chile, diciembre de 2009



En la ultima glaciación


En la última glaciación de hace 18.000 años
dicen que un antepasado mío cruzó de Asia a América
caminando sobre el mar congelado.

Cómo serían sus zapatos, qué comería,
qué soñaba sobre el hielo blanco del amanecer;
acaso durmió abrazado a quién;
traería tal vez la estrella polar brillando en sus ojos
mientras conversaba con peces voladores
convertidos en estatuas de sal.

Se daría cuenta cuando salió del mar
al ver los musgos verdes que, desde alguna roca
que se empinaba en medio de la llanura,
saludaban en silencio a los caminantes.

A las aves las envidiaría, como lo hacen
hoy los humanos, porque pueden volar
por sí solas. Y pensaría que la liviandad
de los cuerpos es lo que más se parece
a la perfección infinita de las cosas.

O quizás no alcanzó a llegar adónde el sol
calentaba los cuerpos encogidos de frío;
murió de hambre o de sed o de viejo o de tristeza;
con la mirada les pediría a sus hijos
que sigan adelante y que lo olviden.

O simplemente se perdió, solo,
en la grieta de una noche que duró meses.

Cómo serías, me pregunto: acaso
escribías en la nieve el destino de nadie
y luego cerrabas los ojos para que existiera
algo de realidad
siquiera por un instante.




Siempre cerca de la lluvia

Al capitán Mateo Mansilla y su hijos
(Santiago de Castro, 1567)


Como la hierba ondeante, lucharon por la vida,
y unos perdieron, y otros ocultan su muerte
en las muchas provincias del recordar.
Comieron con la enfermedad, y de ellos
no quedó monumento público alguno.
Pasaron como un barco, allá lejos
donde el sol se hunde en el mar.
Llevaron al hombro sus corazones mojados,
mientras tanteaban en la noche el aire sucio
de los nombres que nadie escribió
sino con ceniza errante en el pizarrón de los bosques.
Creían que había un rey bueno en España,
pero vivieron todo el tiempo en la noche ciega
de los abandonados. Tal vez rezaron;
tal vez se sintieron los elegidos de la providencia
y despreciaron a tantos gentiles
que hablaban lengua de cochayuyo y luche.
Al final, como siempre, las cosas se reducen
a niebla, a humo, a destellos que se precipitan
en las tardes solas, a sombras que no nacieron para volar.




Retrato imaginario de mi hermano mayor muerto al nacer


Salió de mañana directo a la laguna
que lo esperaba reflejando el cielo.

Las ropitas quedaron sin desnudo,
ningún cuerpecito respirante,
nada en el zapatito de lana,
ni boca para la leche que caía a la tierra
como una pálida lluvia triste y lenta.

Te llevaron por pasillos azules,
y papá caminó solo todo el pueblo
con la caja blanca bajo el brazo,
mientras los pájaros volaban hacia las bellas
colinas de la vida.

Sin nombre, sin historia: igual que un grano
de arena en la inmensa playa de los desamparados.

Diminuto como un rocío,
te evaporaste en cuanto salió el sol.

Mamá se quedó con un vacío verde
en todos los días de su alma.



Hubo una vez un dictador


Tenía un rostro cetrino, usaba uniforme
de militar glorioso.
Como muchos dictadores, le gustaba
que lo fotografíen acariciando
la cabeza de los niños pobres,
o abrazando a unas señoras desdentadas
en algún acto oficial.

Murió hace tiempo, pero su voz chillona
y amenazante se escucha todavía
tras las paredes de las casas viejas,
en los bosques de árboles quemados.

Y muchos todavía tiemblan en las madrugadas
de las ciudades sucias
o a la entrada de hospitales descascarados.

Todavía su retrato, descolorido, deformado
por la lluvia y los vientos,
cuelga de los postes del futuro.




Rendición de cuenta


A la hora de las cuentas,
diré que pensé muchas veces escribir para la posteridad,
que incluso estuve a punto de hacer grandes cosas;
pero siempre, a último momento, hubo algo
que me impidió hacer lo que debía hacer.
Una veces fueron las tareas diarias
que me reclamaban con urgencia;
otras porque me sentía cansado, enfermo, aburrido;
o porque pensé que más tarde los astros estarían a mi favor
o porque justo cuando me disponía a empezar
alguien llamó inoportunamente a la puerta.
Y así fui dejando todo para un futuro
que se perdió en una promesa sin fin.

Pobre poeta: nunca supo que no hacer grandes cosas
era la única cosa grande que podía hacer.



La cosas no tienen límites


En sueños viajo en un instante a las nubes
que me llaman con melodiosos cantos de aguas voladoras.

En sueños caigo de lo alto de los edificios
y no me quiebro ni un hueso siquiera:
es como estar entre algodones perfumados
con pétalos de rosa.

A veces muero en sueños, y me veo muerto desde las ramas
de un manzano cargado de manzanas color marfil.

O me despierto con los besos de muchachas aéreas
que vuelan de una isla a otra como si nada.

Pero un día de estos no despertaré: será como estar
bajo dos soles al mismo tiempo
y escuchar para siempre canciones de amor entre enredaderas.

Un día de estos hablaré en griego antiguo
y me emocionaré hasta las lágrimas
cuando el más viejo de todos mis amigos,
haciendo un último esfuerzo, recite el verso final de la Odisea.




Atardecer sereno


El aire frío de agosto me recuerda que estoy vivo.
La ciudad la imagino lejana, ruinas de una época
bárbara ya superada hace mucho.
No hay nada en la tierra que desee poseer;
sólo camino a grandes zancadas en dirección a casa.
Pienso en los amigos que no he visto en años
y los veo jugando, como niños alegres, con las nubes
que se reflejan en los charcos.
No recuerdo ningún mal, ningún dolor.
Y el canto de los grillos ahoga el sonido
de las alarmas electrónicas.
Cierro los ojos, y veo un mar azul de olas floridas,
y un barco velero en el horizonte que viene, lento,
a buscarme con música y danzas de mis islas amadas.
Y no me molesta ser sombra de nadie
esta tarde fría de un agosto sin nombre, sin tiempo.