Tengo flores en la memoria y al atardecer
invito a los álamos a mi mesa
a beber el té espeso de la nada entre fantasmas sin ilusiones.
Los niños del vecindario juegan dando gritos en la calle
y la algarabía entra por las ventanas
y desordena el tranquilo paisaje de los sonidos del recordar.
Oigo también el viento estrellándose en la espalda de la tarde;
imagino el polvo de los caminos rurales
como una ligereza sin nombre entre la muerte irreal
y el espejismo de vivir.
Tengo la sensación de ser un extranjero,
arropado con una manta vieja y deshilachada,
en la remota estación de un país sin orillas.
Pero amo las palabras de la vida
y las escribo, con torpeza, sobre la limpia superficie
del idioma desconocido de los muertos.
Me detengo en largas elucubraciones acerca del origen de los ríos
y, ya cansado, cierro los ojos en inclino la cabeza
en el hombro de quien conmigo se complace
en contemplar el fin de este día luminoso.
Tengo flores en la memoria, pero sus pétalos
se deshacen antes de ser tocados por el aire.
El ladrido de un perro, tal vez sin cuerpo y sin ladrido,
y la ronca melodía de un motor de automóvil lejano
hacen vibrar el tenue vidrio de las palabras
en el momento mismo en que soñamos o tal vez no,
acunados por el canto invisible de los mares sin orillas.