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Poesía : Castellano [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


Poesías que no hacen reír a nadie (11 poemas selectos)
Sergio Mansilla Torres

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Poesías que no hacen reír a nadie

Desocupado lector:

Aunque es claro para todos, no lo es para ti. Preguntas: “¿en razón de qué escribes tantas poesías que no hacen reír a nadie?”. Ya veo que quieres poesías que no impacienten el tranquilo ritmo de las patologías, que no detengan el deslizamiento suave de éstas, como cuando la seda es arrastrada apenas sobre un piso limpio y lijado con pulcritud extrema. Tengo un libro áspero en mi boca, producto de recesiones galopantes que terminan siendo el aire mismo que nos mantiene vivos: ya perdí la capacidad de imaginar las cosas sin tales desórdenes que, en realidad, no son sino las maneras en que se manifiesta el orden claro, transparente, profundo, de la nada, de la pusilanimidad o de la estulticia.
Sé que no me explicaré; la voluntad de entender no es suficiente, menos cuando el asunto mismo no podrá agotarse nunca por más que los doctos celebren debidamente los lances de la palabra. Deberías -me digo a mí mismo- leer a Cyril Connolly; arrojar todo lo que crees amar a la basura de los días que debieron ocurrir y no ocurrieron. Comprendo que es pedir demasiado; pero ¿escribiría yo sin el exceso -a veces inocuo, a veces necesario- de ser y no ser?
Llegada la hora, ojalá la niebla entre, con una larga sonrisa, a las costuras y remiendos de las ropas perfumadas; deposite en mi frente el último beso de los labios que amé y deje tranquilo al cuerpo cansado de tantas promesas que no cumplió ni le cumplieron, de tantas buenas ideas que murieron en cuanto llegaron a oídos de los grandes... Comprenderás mi razón (si es que ésa fuera la palabra que aquí conviene) para amar el olvido y sus placeres llenos de estrellas, para amar la negra tierra que no habla pero que trabaja sin cesar sus castillos en los que habitaremos todos los que no tenemos a dónde ir en este mundo.

Debo a tantos estas páginas. Los textos son registros poéticos de lo que he visto, vivido o me han contado. Nunca terminaré de agradecer a la gente cuyas vidas han sido o son, sin que lo sepan o sabiéndolo, material para mi poesía; son, a su modo, los verdaderos autores. Libro circunstancial, sin duda, sin más pretensión que ser relámpago -es un decir en realidad- que ilumine por un instante, con la emoción y con el pensamiento, la materia oscura de que están hechas las vidas de los cuerpos y de las cosas.


Que otros hagan
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejos
de armonía

A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo

La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medid
a

(José Emilio Pacheco)



Nací un día de mayo de 1958, en el hospital de Achao, Isla de Quinchao, Chiloé (el hospital de derrumbaría dos años después a causa de un terremoto). Nací con la cabeza rota, literalmente. Por el cráneo fracturado sería que entró la polilla del pensar. Llevo, a la fecha, medio siglo en este lado del río. Andaduras por aquí y por allá; pero siempre he llevado la palabra conmigo. Lo esencial está en los versos y las prosas que van saliendo, que van entrando al tren del olvido. La poesía es el aire de mi aire.

(Epílogo del libro inédito Harina de la promesa, 2008)





Mujeres desmenuzando el sol



Esta, la primera de todas, es Edilia Torres, mi madre; la que está al otro lado es Elba Mansilla, nuestra vecina. La de más allá, la que tiene su casa junto al río, es Celia Cerón. Y por el otro lado, donde corre otro río, viven Blanca Barría y Elisa Cárdenas y Sofía Aguilante. Y detrás de los cerros viven Ernestina Vidal, Bernardita Zúñiga, Rosario Calbún: todas hilanderas, tejenderas, navegantes, amamantadoras de cometas. ¿No las habéis visto remando a media noche bajo la luz azul de los ojos encendidos de las serpientes del agua y de la tierra? Escúchalas, que te cuenten la historia de las primeras que llegaron a las playas perdidas de estas islas cuando todavía no se separaba la luz de las sombras.
Descalzas desembarcaron sobre las piedras y la arena. Iban vestidas con largos refajos y arrebozadas con chales. Fue en el inicio; fue cuando los barcos navegaban a vela por el cielo. Y después se casaron, y los hijos, y los maridos que se iban y no volvían, o que volvían pobres, o que volvían viejos. Una anda de rodillas sobre el piso de una iglesia con una vela encendida en cada mano; otra deja su guagua en un cajón mientras siembra papas. Gritos de mujeres porque los toros están alborotados con la luna.
Doña Jesús Gallardo, la rezadora: que rece 9 noches al muerto y después que los caminos se tuerzan hacia donde nace la lluvia. Por ahí iremos empujando la carreta del tiempo que nunca se detiene hasta cruzar la noche. El vientre de mamá es el cielo donde ruedan los astros: navégate ahí dentro hasta que tus pies toquen tierra. Son ellas, las hermosas, las iluminadas. ¿No veis que están en la cocina desmenuzando el sol en luciérnagas?

(de El sol y los acorralados danzantes)


Anda al pueblo, hermano



Anda al pueblo, hermano,
anda;
y tráete plata y azúcar.
Anda, hermano, al pueblo
a vender estas cuantas gallinitas,
y tráete también esa luna grande
que siempre vemos reflejada
en nuestros ojos.
Seguro que allí debe estar
porque en el pueblo hay muchas cosas lindas
y allí debe de estar la luna.
Y tráete plata, hermano,
mira que el camino es difícil
y está oscuro debajo de la lluvia.
Anda al pueblo.
Yo aquí esperaré hasta que vuelvas
y te tendré tortillas en el fogón.
Apúrate, y tráete plata y azúcar y luna
porque estamos quedando atrás
y tenemos que alcanzar como sea
la orilla donde los otros llegan.
Anda, hermano.
Yo aquí, mientras tanto,
prepararé el fuego y la tierra
para que la hagamos florecer
cuando tú traigas plata y luna.

(de Noche de agua)


La lluvia borrara el pueblo



La lluvia borrará el pueblo igual como las nubes
borran las estrellas.
Pero detrás del agua todo seguirá igual
como siguen iguales las estrellas
detrás de las oscuras nubes que las cubren:
el carnicero don Ulises, gordo y cojo, en su carnicería,
don Lucho en el correo, siempre con un lápiz en la oreja;
la Sra. Albina, la costurera, con su risa estridente
continuará espantando los fantasmas del mal;
Nancho, el loco, camina en redondo
a grandes zancadas por la plaza.
Continúa la algarabía de los borrachos
en la cantina de don Baldomero
y los ladridos furiosos de los perros de Bauche Ortega
y el rechinar de una carreta lejana en la madrugada.
Y yo sigo en la misma escuela primaria
llena de goteras, con los vidrios rotos, los baños inmundos,
y el auxiliar don Isaías, manco de un brazo, me regala galletas
y dulce de membrillo que envía el gobierno.
Queda en mi boca el sabor apestoso
de la leche de la Alianza para el Progreso.
Seguiré enamorado en silencio de la Doris,
mi compañera de curso.
Cuando sea grande jamás escribiré poemas;
seré un marinero apátrida, sin memoria.
Cuando la lluvia escampe, el arco iris
abrirá sus alas como un inmóvil pájaro de ausencia.

(de Cauquil)



Lancha con prisioneros



Permanece la lancha anclada en medio de los prisioneros que ya no están. A veces, en las noches, cuando Dios levanta los brazos, me acuerdo de esa lancha que venía llena de prisioneros. Cuando los desembarcaron, sólo pude ver un caballo ardiendo en medio del monte.

(de El sol y los acorralados danzantes)



Variación sobre un poema de
Yehuda Amichai



¿Cómo es ser mujer? ¿Esa cavidad, tu vientre
donde nada el rocío? ¿Cómo es tener senos
y leche y el viento jugando con tu falda?

Y esas nalgas que son como dos horizontes.

¿Cómo es tener esa voz que acaricia
en la oscuridad, cuando arde el fuego
en los cuerpos, cuando se detiene el arco iris
en la mismísima sombra de los cuerpos?

¿Cómo es desnudarse desde tu cintura? ¿Qué es
esa sangre entre tus piernas, de dónde, hacia
qué mar, por qué tiene color de flores?

¿Cómo es amarme? ¿Cómo es quedar
ese olor mío en ti?

Un poco siendo el uno en el otro; un poco
mirada vertiginosa,
ciega,
caracol de un relámpago que sueña.

(de Respirar en el desfiladero)




Big Time



Un lejano bar. Se llamaba Big Time;
lleno de muchachas y muchachos rubios y lozanos,
gente bien alimentada sin duda.
La ciudad no es santa pero es hermosa
como un vaso de cerveza levantado
para saludar a la primavera.
Bebí con Joan una cerveza oscura
como el mundo. Yo, el sudaca del subcontinente,
en español y familiar cercanísimo
de la soledad. Lejano bar en una calle
donde alguna vez durmió Dios
una borrachera azul. Tal vez llovía sobre mi cabeza
siempre en otra parte; tal vez un relámpago
de tristeza nos quemó los párpados
antes de que nuestros cuerpos se vuelvan murmullo.
La muerte nos piensa en colores.

(de De la huella sin pie)



Los lugares de la desaparición



Antes de que enloquezca el mirar de los martillos y la mano que pintó el río se eche a volar sobre las iglesias abandonadas; antes de que, al atardecer, los elegidos saquen a pasear sus perros mal enseñados y se caguen y se meen sobre los prados laboriosamente cuidados por el jardinero, en los que la catástrofe se hace invisible -mas no irreal-, habría que rendir homenaje al hielo resplandeciente de las lágrimas que no derramaste por tu madre ni tu padre. El hielo que te mata lentamente, pero que seduce como una invitación a placeres desconocidos, justo cuando la depresión llama a la puerta.
Antes de que el caos se posesione de tus sueños más acariciados, respira la inminencia del dolor y la quemadura. Dobla las esquinas en dirección a la lluvia y de paso corta algunos claveles para llegar algo presentable a la fiesta de los vagabundos ebrios, esos energúmenos tirados en las cunetas o en los paraderos donde no habrá nunca nada remotamente parecido al calor de hogar. La calle que conduce a la desaparición se vuelve transparente y azulada; muchachas desconocidas reparten en las esquinas tarjetas de invitación a los postrados que esperan al Viejito Pascuero desde antes de nacer.
Por los huecos de las alcantarillas deberías arrojar tu sombra; pero los días no se detienen: pasan de largo, como trenes fuera de control, y sólo dejan chispas de felicidad que se desvanecen en el aire en un santiamén. Lo que no pasa es la nieve congelada que los cuchillo no pueden cortar: porque no se puede separar el alma del cuerpo sin dejar una ausencia llena de oscuridad.

(de Respirar en el desfiladero)




Yacen los amantes sobre la hierba



Yacen los amantes sobre la hierba seca de sus vidas;
se dejan llevar por el rumor de los ríos tranquilos
y se acarician el uno al otro con sus cuerpos de nubes
sobre el fondo azul de un cielo de silencio.
Yacen en medio de alcobas transparentes.
Sus corazones de niebla, las venas exultantes, el esqueleto
suave de la lengua, el sudor de los jadeos:
todo sirve para cubrir la distancia que hay entre la vida y la muerte.
Y no hay herida que rompa las sílabas de las palabras
dichas en el torbellino de los cuerpos que se deshacen;
y las manos no duermen bajo la arena gris
y tampoco esperan que el sol se empine sobre las colinas.
Yacen ellos, vivos, nacidos, movientes, enhuesados,
y tocan con suavidad los tambores de la noche
que se precipita como una cascada sobre la tierra y sobre el mar,
sólo para que ellos, los respirantes del otoño verdadero,
tengan su propia isla interminable.

(de Óyeme como quien oye llover)




Antes hubo aquí un campo de pastoreo



Antes hubo aquí un campo de pastoreo,
y más antes una selva fría y lluviosa,
y más antes del más antes el hielo de la última glaciación.
Ahora gorjean ingenios de acero en la autopista;
sigue lloviendo pero lo que cae son herejías sobre la frente.
Alguien escribe en la niebla; se rodea de libros
que se descomponen en los lugares más extraños de la casa;
las metáforas se encadenan a las patas de los caballos:
un estrecho puente aparece bajo el arco iris,
pero los caminantes no saben que su viaje es apenas un pretexto
para ignorar que nadie saldrá nunca de su ciudad gris
y del hacinamiento del humo en los ojos, en el pelo, en la ropa.
Se encomiendan a santos menores, charlatanes casi todos,
para hallar el verdadero camino a casa:
miran hacia atrás y hacia adelante y ven el hielo
sobre el valle del sur, todo congelado pero no muerto.
Ahora convulsiona la ciudad débil junto al río;
se abandona a los guarros o al empeño de los guarenes;
alimenta su enfermedad oscura con la risa de las muchachas;
la débil ciudad ante la maleza verde aun en los postreros días del verano.
Los remiendos empiezan a hacerse visible después de los 40,
cuando asoma la palidez y la piel del dorso de las manos
se torna seca y escamosa;
entonces te vas hacia los puentes viejos
sobre el río antiguo alimentado por la nieve de los volcanes.
Las casas con pinturas descascaradas, visillos sucios
en las ventanas, adornos de mal gusto en jardines descuidados.
Aquí sólo hay libros que no se escribirán,
ligeramente inclinados hacia sentimientos ruinosos.
Se fue el tiempo, en un abrir y cerrar de ojos, como cuando inesperadamente
se corta la luz eléctrica en mitad de una fiesta
de gente que se aterroriza por la oscuridad.
Antes estuvieron el hielo y la selva fría en las palabras del viento;
ahora tú escribes retratos con nubes
sobre la viscosa superficie de lo que ya es ido en cada amanecer.

(de Óyeme como quien oye llover)


Carta literaria


Querido poeta:

¿Habrá ya leído los poemas que le envié el mes pasado? ¿Sabe? La verdad es que no me hago muchas expectativas con mis escritos: escribo, antes que nada, para mí misma, y, según como venga la mano, veo si muestro o no mis poemas a más personas. Aunque, le confieso, me gusta la idea de publicar un libro: es como un tener un hijo. ¿Ud. cree que dicen algo mis poemas? Me alimenta también -y lo digo con algo de pudor- la vanidad de que me llamen poeta.
Escribo cuando me sobra algún tiempo entre tantas cosas que tengo que hacer todos los días. No hace mucho perdí un hijo (me lo mataron de madrugada en una carretera). Vendo sándwiches y café a camioneros en un puestito que tengo a la entrada de una fábrica. En invierno lo paso mal; el frío, la lluvia, las gripes; con frecuencia me duelen los huesos y a veces orino más de la cuenta. Y en la noche veo el rostro de mi hijo entre las estrellas.
Le cuento todo esto por decir no más. Mis poemas son el único lugar en el que las cosas son como quiero, como las imagino: el río que corre con tanta suciedad lo describo como un arco iris luminosos en una noche de luna. Me gustaría escribir más, más y mejor desde luego. Pero una hace lo que puede. Vendo completos rellenos con salchichas baratas, y no tengo tiempo ni plata para visitar museos ni grandes bibliotecas. Mi cultura es una tierra habitada por gente rústica y buena; casi todos lloran sin lágrimas por sus hogares lejanos: hombres solos que no leerán jamás un solo verso de quien les vende café con pan una mañana fría de algún invierno cualquiera, al borde de un camino que la hierba cubrirá un día cuando ya no estemos.


Dedicado a Nelsa Henríquez

(de Harina de la promesa, inédito)


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