No nací entre los afortunados
y no tengo más bienes que el día, la noche, los vientos invisibles,
unos panes con margarina que consigo por ahí
y mis arco iris en el invierno de la escualidez de mi hambre.
Soy de los desahuciados que no tienen dónde recostar la cabeza,
integrante de un equipo sin nombre
que no juega en liga alguna,
atacado sí por una irrefrenable atracción
por las nubes del atardecer.
No estoy a la intemperie, sin embargo;
soy de la familia de los miserables,
dueños absolutos del vacío y la nada.