1. Somos otros y estamos lejos
La historia de esta ciudad
ocurre en otra parte.
Tal vez en el rumiar de los cometas
que nunca nos tocarán con su cola.
Aquí no ocurre nada: sólo la lluvia
igual a la lluvia
que es igual a otras lluvias
de otras épocas.
Somos otros y estamos lejos,
en medio del bosque del que nunca
hemos salido.
En las calles sólo hay espectros
y animales que sólo los locos pueden ver.
En otra parte suena una acordeón
alemán en medio del cielo.
2. Crónica de un paseo al mall
En calle Mackena hay un cerdo que vuela en línea
recta contra los leopardos;
más allá un ciego canta cumbias antes de que
los bárbaros vengan y le rebanen el cuello.
Una mujer sin desnudo nos dice:
“arrodíllense ante el Becerro y la Becerra”,
y de súbito se vuelve gorda, gorda,
y eructa mirando a Dios y masca un chicle
enorme que sale de su boca y forma un enorme globo verde.
“Cómprame papas fritas”, vocifera nuestro ángel,
y nos viene entonces un rechinar de dientes
que nos hace saltar las viejas tapaduras
y el hoyo negro que queda en el diente engulle todo:
desde el pensar mismo de los maniquíes
hasta el colectivo destartalado que se aleja entre sombras.
Ibamos a ser tan felices subiendo escaleras automáticas
que no supimos del hielo que había en las oficinas
de atención al cliente ni del desangradero
tras las puertas de cristal esmirilado.
En calle Mackena nos dolieron nuestras antiguas
heridas de amantes enjutos, puestos ambos
en la paila hirviente a merced de los diablos
amables, elegantes, llenos de una infinita inocencia.
3. Las praderas de Osorno tienen su sexo húmedo
Las praderas de Osorno tienen su sexo húmedo. ¿Mas dónde está el cadáver que debió levantarse aun contra la hostilidad de los cielos? Vacío inmenso en los ojos cegados por la revelación de la Bestia; el rostro deformado contra el cristal invisible que separa la buena conciencia de su mala conciencia; el estiércol de los establos llena el aire con su olor a risa lunar de locos. Es que los campos ya no soportan las oscuras catástrofes del amor y del odio, menos cuando éstas son ocultadas tras matorrales o arrojadas a los barrancos como si fueran cuerpo de un inconfesable delito.
La bandurria es un esplendor de tierra que vuela; anuncia con sus gritos la transparencia sin remedio de los que murieron lejos de toda clemencia: sobre el puente del río Pilmaiquén los ametrallaron y ametrallaron la noche hiriéndola de vida. Estoy seguro de que un acto así confiere inmortalidad por el dolor de ser víctima y de ser victimario, rayo intenso el dolor, filoso de filo doble, entre las hojas apelotonadas del canelo. Quizás uno pueda, con algo de generosidad, reducir la dimensión colosal del desamparo y respirar al fin con la parsimonia del rumiante echado sobre la hierba que entonces no estará ni verde ni seca, pero sí arisca a toda amargura.
Las praderas de Osorno son el lugar justo para imaginar a la estrella más hermosa desprendida de su cielo, con su propio sistema interno de combustión apagándose lentamente: precio por no haber evitado a tiempo la destrucción de lo que debió ser tierra fresca, femenina, saludable, milagro fuera de las órbitas y constelaciones. Pues al no haber sombra, señal es que el cuerpo es ido a su abismo; mas no será contra esplendor, porque las plorosas aguas corrientes no son ineptas para reflejar lo diamantino de la sangre. Ellos murieron contra natura. Les queda la dicha simultánea de no ser cuerpo y de sí ser aire, entrevistos, en sus dos condiciones, como caballos de niebla en lo que escribo —más mal que bien sin duda ¿pues qué palabra nombrará lo que no tiene nombre?— para intentar una membranza de la luz de los que arrancados fueron a golpes de sus pies, amantes ellos, por un lado, de la fijeza de las plantas y, por otro, de la levedad infinita de los ángeles.