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Libros
El paraíso vedado. “Prólogo”
Sergio Mansilla Torres

DOS INCITACIONES PARA PENSAR LA POESÍA CHILENA RECIENTE (DESDE 1970 EN ADELANTE)[1]

I. DEL CANTO A LA ESCRITURA

Enrique Lihn, en 1988, hacía notar que la mayor parte de los poetas de su generación (la llamada generación del 50) entendían “la poesía como canto, en primera lugar, y sólo en segundo lugar como escritura. El poema hablaba, una primera persona que debía robarse con su voz todas las películas, empezando por la Biblia. El hablante, más bien el cantante, de los versos, debía ser ‘antipoeta y mago’ -Huidobro-; heroico y multitudinario -de Rokha-; un mito -Neruda -” (11; énfasis del autor).[2] Tales consideraciones, que Lihn las hace a propósito de la poesía de Stella Díaz Varín, nos proveen de una clave para comprender el abigarrado escenario de texturas poéticas con que se nos presenta la poesía chilena en los últimos 30 años.[3] A riesgo de una grosera simplificación, me atrevo a afirmar que tras la muerte de Neruda, acontecida en septiembre de 1973, la poesía chilena ha devenido un ambivalente ejercicio orientado a trastrocar el gran “canto general” de la historia -el Poema Total que quiere representar (o incluso sustituir) toda la vastedad del mundo- en una escritura consciente de su precariedad lingüística, política y existencial; textos poblados de sujetos hablantes disminuidos, casi afásicos (“un minusválido de la canción”, dirá el propio Lihn, en su particular “canto general” referido al Paseo Ahumada de Santiago de Chile).[4] Tal escritura, sin embargo, no renuncia del todo al propósito de “cantar” las realidades históricas de un país cuya clase política y empresarial se despidió del siglo XX celebrando, con alborozo, “el fin de la historia” y el presunto éxito irrebatible del modelo neoliberal de desarrollo.

La muerte de Neruda, en rigor, no es sólo la muerte de un poeta: es el fin de una época de “grandes utopías” que se manifestaron, tanto en la política como en la estética, en discursos que asumían que la historia toda podía ser cooptada por una palabra poderosa y abarcadora, que no diera lugar a dudas en su eficacia transformadora ni dejara fisuras por las que pudiera colarse la polilla del desencanto o la del escepticismo radical. Mistral, Huidobro, de Rokha, Neruda, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Juvencio Valle, entre otros, a su modo lo lograron; construyeron, entre los años 20 y 50, vastos mitos poéticos a partir de sus mundos personales, los que, en su textualización poética, querían identificarse con el mundo en un sentido total. Lo pudieron hacer, porque más allá de las miserias y grandezas que les tocó vivir, fueron parte de una época en que se podía sostener, con la mayor seriedad, que la poesía era capaz de cambiar la historia o, incluso más, que la palabra poética era tan poderosa que podía darse el lujo de rebelarse contra la naturaleza y crear ella sus propios ríos, bosques y montañas (Huidobro dixit). Hasta que llega 1973, y el despliegue de la violencia dictatorial homicida evidencia que las palabras, por más bella que sean, por más moralmente inatacables que parezcan, no tienen real eficacia cuando por la fuerza de las armas y del terror -a lo que, en el caso chileno, habría que sumar el delirante discurso antimarxista- se modifica de raíz el orden político, económico, cultural y moral de una nación.[5]

Pero la propia poesía chilena, varios años antes de 1973, ya había puesto bajo sospecha ciertas mitologías poéticas que amenazaban con hacer de la poesía nacional (en realidad, de ciertas zonas de la poesía chilena) una inflación lingüística demasiado confiada en el poder omnipotente de la palabra poética. Primero Nicanor Parra y Armando Uribe Arce en 1954, después Jorge Teillier y, en los años 60 iniciales, Enrique Lihn, hicieron sonar las alarmas en los territorios poéticos de entonces, dominados por la poética de vate-cantante-profeta.[6] Así, pues, la emergencia de la antipoesía de Parra, del antilirismo de Lihn, de la tematización de lo lárico de Teillier, del minimalismo crítico de Uribe, puede hoy ser leída como una señal de agotamiento de la estética del canto cuyo hablante-cantante se apropiaba “de todas las películas”. Comenzaba en la poesía chilena un período en que la escritura poética problematiza su transparencia expresiva, no confía en la suficiencia del lenguaje, y da paso a una escritura que cuestiona su propia capacidad de producir sentido poético sobre las cosas (el efecto metapoético se vuelve recurrente), o bien, si no cuestiona tal capacidad, ésta queda al servicio de la representación de los espacio pequeños, cotidianos, aldeanos, un inframundo instalado en los extramuros de la corriente principal de la historia, reveladores de una decadencia irremediable, de la cual el poeta podrá, tal vez, rescatar apenas minúsculos y cotidianos momentos de plenitud.

No es casual que los poetas anteriores a 1973 que más influencia han ejercido en los nuevos poetas chilenos sean precisamente Parra, Lihn, Teillier, y más recientemente Uribe Arce, a los que habría que sumar Gonzalo Rojas, los poetas La Mandrágora (“nativos” de los años 40),[7] cuyas poéticas asumen la escritura como problema en el entendido de que problematizar el lenguaje es problematizar el mundo referido/representado por el lenguaje. Para Rojas, por ejemplo, escribir es “alumbrar”, por un instante, cual relámpago, lo numinoso, aquello que por definición no se deja aprehender por la palabra humana; poetizar se vuelve, entonces, un ejercicio de resultado incierto, balbuceos, murmullos que rozan apenas el corazón de la verdad. Pero Neruda, Mistral, de Rokha y sobre todo Huidobro, siguen ejerciendo influencia en la poesía chilena de fines del siglo XX y comienzos del XXI. No son sin embargo los manifiestos de Huidobro, ni la tesis de la poesía impura de Neruda (menos sus odas a Stalin), ni la torrencialidad nacionalista y revolucionaria de de Rokha, ni la instrumentalidad pedagógica que Mistral atribuía a la literatura, lo que seduce a los nuevos poetas: son sus zonas más personales, las más atormentadas a veces, las menos programáticas, las más ligadas a sus inseguridades existenciales, las que ofrecen los mejores reservorios de significados para los poetas chilenos que nacen a la vida literaria en el contexto de la “revolución” neoliberal.[8]

Varias son las líneas poéticas seguidas por los autores chilenos post 1973. Para efectos de estas notas, y como resultado de la ineludible necesidad de esquematizar, sólo consideraré cuatro de ellas:[9] 1) Poesía como cántico, heredera de la tradición de las poéticas del yo expandido de la modernidad literaria de los años 20 a 50 del siglo XX. El mayor representante de esta línea es Raúl Zurita, sin duda, el más nerudiano de los poetas post 1973 (aunque lejos de las convicciones comunistas de Neruda) y que se ha esforzado por escribir una especie de segunda parte de Canto general, aún más voluminosa que la primera parte nerudiana, en la que las injusticias y desigualdades históricas terminan resolviéndose en la inauguración de una armonía reconciliatoria transhistórica, de raíz cristiana; una poética muy a tono con la tesis sostenida por los dos primeras gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, de sello demócrata cristiano, en el sentido de que la reconciliación podía llevarse adelante haciendo justicia sólo “en la medida de lo posible” y sustentando la reconciliación en conversiones y perdones personales (cf. La vida nueva). 2) Poesía neovanguardista, cuya experimentalidad estética no se erige contra la tradición en el sentido de hacer “lo nunca antes hecho”, sino a favor de la idea de que la poesía es un tipo de discurso cuyos límites y atributos nunca están definidos; escribir y leer poesía serán, así, ejercicios de recontextualización permanente de mensajes y de cuestionamiento de la eficacia de los signos, no sólo lingüísticos y no sólo literarios en su origen. Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira, Jorge Torres (ya fallecidos) y, entre los jóvenes poetas, Germán Carrasco son algunos de los poetas más representativos de esta línea poética. 3) Poesía testimonial-documental que, en la práctica, es un versión “postmoderna” de la tradicional poesía política que defendía posiciones doctrinarias legitimadas en el marco de discursos político-ideológicos antes que estéticos.[10] Ahora, en cambio, se trata de testimonios que documentan experiencias traumáticas de vida, muy personales por un lado, pero representativas de una cierta comunidad por otro, comunidad casi siempre victimizada por la violencia y la opresión. En los años 70 y 80 la poesía de los campos de concentración y de las cárceles tuvo gran ímpetu, destacándose especialmente Aristóteles España y Floridor Pérez y, en años más recientes, Armando Uribe Arce con una poesía documental, muy airada, que cuestiona radicalmente los fundamentos éticos, políticos y morales sobre los que se han montado la transición chilena a la democracia, desde 1990 en adelante (Las brujas de uniforme). 4) Poesía etnocultural. Tal vez unos de los hechos más significativos de la poesía chilena de los últimos 30 años es la emergencia de la así llamada “poesía etnocultural”, escrita principalmente por autores de origen indígena o indígena-mestizo. La poesía etnocultural no se reduce sólo a poemas o inclusos libros que se refieran a sujetos atravesados por problemas de (inter)culturalidad, sino que el sujeto enunciante mismo se constituye como conciencia sabedora de su condición etnocultural y que hace de dicha condición una estrategia de resistencia contra la dominación neocolonial en el aquí y ahora, por un lado, y como dispositivo de relectura de la historia, por otro, en orden a proponer no sólo una nueva interpretación del relato histórico sino, sobre todo, una nueva manera de recordar y de construir imágenes de futuro. Riedemann, Chihuailaf, Huenún, aparecen como nombres imprescindibles en esta línea poética.[11]

Lo cierto es que, más allá de estas líneas escriturales gruesamente descritas, hallamos una multitud de propuestas poéticas que, desde luego, arrancan de mundos personales en los que suelen confluir reclamos y utopías de la más diversa factura y temática,. Por ejemplo, hallamos una poesía que manifiesta conciencia de género (escrita principalmente por mujeres) y que suele ser a menudo testimonial o etnocultural o neovanguardista, a la vez que dialoga, por una vía o por otra, con Gabriela Mistral, cuya escritura es un referente paradigmático para la poesía chilena que busca hacerse cargo de la textualización de la subjetividad femenina. Rosabetty Muñoz, Teresa Calderón, Soledad Fariña, Verónica Zondek son algunas de las autoras representativas. En cualquier caso, lo que hallamos es una escritura que batalla contra sí misma para dar cuenta de las precariedades de una realidad hecha de simulaciones, tras las cuales sólo yace el vacío. Sea que se trate de textos que se refieren a realidades urbanas (hay, dicho sea de paso, toda una línea de poesía urbana entre los nuevos poetas) o a espacios rurales o semirrurales, la tendencia es a representar una historia que ha devenido simulación de democracia, simulación de desarrollo, simulación de genuina justicia, simulación de autenticidad. En la “poesía urbana” no hay sino ciudadanos aturdidos por los semáforos, “transeúntes pálidos” que caminan sin destino, sujetos afectados por compulsiones autodestructivas o por la necesidad de vivir estimuladamente una realidad contra natura; y cuando se trata de poesía de tema no urbano (muy frecuente en los poetas del extremo sur de Chile), hallamos pueblos o campos en los que deambulan fantasmas exiliados de sí mismo, sujetos sombríos, desrealizados, escenarios naturales en los que no hay nada parecido a la mítica armonía del hombre natural con su medio (e. g. Libro del frío, de Juan Pablo Riveros).

Esto quizás explique el renovado interés por Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Eliot o Pound entre los poetas chilenos actuales, jóvenes o no. Aunque la poesía chilena moderna siempre ha sido muy internacional en sus lecturas (recordemos la admiración de Neruda por Rimbaud, a quien cita en el cierre de su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura en 1971), resulta por lo menos curioso que muchos poetas jóvenes de inicios del siglo XXI vean en Rimbaud o en Baudelaire un modelo de escritura y, quizás lo más importante, un modelo para sostener una actitud de crítica y pesimismo para con el mundo que les ha tocado vivir. Después de todo, el impacto de la revolución neoliberal en la conciencia colectiva de los chilenos ha sido de tal magnitud que la imaginación poética se ha visto arrastrada a tener que fundar un nuevo simbolismo para hacer sentido sobre las cosas del mundo en un momento de la historia en que pareciera que ya no hay lugar para producir algo auténticamente nuevo en arte y literatura (y menos en política). La insistencia en los grandes iconos de la poesía moderna occidental de Francia, Inglaterra, Estados Unidos Alemania (la presencia de Georg Tralk es significativa en algunos poetas chilenos actuales), revela que en 90 años de poesía chilena moderna, el capital de referentes internacionales de lecturas sigue siendo esencialmente el mismo en lo que concierne a la gran tradición europea y norteamericana fundadora de la poesía moderna en el siglo XIX y primeras décadas del XX. Por cierto, a estos autores se han agregado muchos otros, de lecturas obligada para cualquier poeta de Chile que se disponga a escribir poesía con seriedad (nombres como Vallejo, Cardenal, Carlos Martínez Rivas, Lezama Lima, García Lorca, José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Alejandra Pizarnik son imprescindibles). Pero en esto también hay un riesgo: que la poesía chilena se encapsule en una tradición autorreferente de lectura y escritura, cerrando puertas a poesías de otros registros que no estén en la centralidad de la “gran poesía moderna”. No es malo que un poeta joven lea los mismos poetas simbolistas franceses que en su momento leyeron Huidobro o Neruda, pero cabe resguardarse del riesgo de que la poesía chilena se torne demasiado complaciente en el reciclaje de estas lecturas consideradas siempre fundacionales. El esfuerzo de ciertos poetas mapuches (e. g. Elicura Chihuailaf) de fundar un “origen” poético distinto, asentado en la oralidad de la cultura mapuche, muestra que, al menos en algunos autores, existe conciencia de la necesidad de que la poesía chilena no se alimente eternamente de los mismos discursos que se consideran fundadores del paradigma de la poesía moderna occidental.

Si hubiera que emitir un juicio global sobre la poesía chilena post dictadura en relación con la manera en que ésta representa la historia de los años 90, diría que se halla convulsionada por movimientos contrarios: desde registrar el deseo de total armonía del sujeto con el cosmos y consigo mismo, deseo que funciona como rechazo al presente e instalación simbólica en el paraíso imaginario, hasta la constatación del deterioro e imposibilidad de toda armonía, que deviene, a la vez, “retrato” de un estado de cosas doloroso y frustrante. En todo caso, la poesía no es ya ni instrumento para cambiar la realidad, en el viejo sentido del “compromiso” de atmósfera nerudiana, ni práctica de un esteticismo descomprometido con situaciones de urgencia. Ambas posiciones, y sus matices intermedios, conciben la poesía como un hablar acerca de una otredad (la historia, la lucha de clases, etc.) situada más allá del discurso. La violencia política y económica desde y con la que se ha cimentado el nuevo Chile y la transnacionalización global del capitalismo como dominante cultural, han puesto en evidencia, con singular fuerza y claridad, algo que en realidad, como adelantamos, viene desde inicios de los años 60, con Lihn y Teillier: la poesía no habla del deterioro: ella en sí misma es deterioro; no habla de utopías no realizadas o no realizables: ella misma es utopía no realizada ni realizable en plenitud. Crisis, entonces, del sujeto y sus proferimientos que se manifiesta a través de una radical conciencia del vacío de la “casa del ser”, pero que el inconsciente político y estético todavía se resisten a aceptar.

¿Cómo, si no, comprender el reclamo, lamento casi, que dos poetas, distantes en edad, nacidos en escenarios históricos muy distintos, expresan sobre Chile e, indirectamente, sobre el quehacer del poeta en Chile? Uribe Arce, nacido en 1933, nos lanza esta desgarradora imagen del país:

2/ Estamos no pertenecemos

al país donde estamos ¡ésta no es norteamérica!

y sin embargo hay edificios de Wall Street

(se pronuncia güólstrit), éste es el caso:

se produjo la quiebra de todo, el golpe universal

de estado, estamos entre los escombros

que quedaron, las féminas con cintas de colores

se pasean con taco aguja, sus abuelas con palillos

tejen cartílagos y sus amantes de camisa con rayas

ya no usan pantalones y lucen espinillas atractivas

y los sexos se creen carismáticos.[12]

Por su lado, Andrés Anwanter, nacido en 1974, hijo del nuevo Chile neoliberal, hace lo propio:

Fantasma de fantasma, fotocopia

que mira, ignora, inquieta, cada vez

más tenue en la solapa de su madre

-motivo ocasional de nuestra lírica-

imagen entre imágenes de archivo

marco para declaraciones públicas

grafitti en facultades de provincias

concepto de una ‘muestra colectiva’

papeles que levantan de la calle

los pasos, apenas el viento.

Basura

que alguien barre, amontona, y luego quema.[13]

¿Qué une a estos dos poetas? Su visión esencialmente dolida sobre la realidad representada. Cabe preguntarse, ¿por qué, después de casi 13 años de vida democrática la poesía chilena está lejos, muy lejos, de ser un registro que resuma optimismo y alegría por la historia contingente? Responder in extenso a esta pregunta nos llevaría a un análisis sociológico y político de los años de transición que, por ahora al menos, quedará para otra oportunidad. ¿Qué los separa? En los poetas de los años 90 la crisis de la escritura se ve más agudizada que en los poetas que provienen de épocas anteriores, pero en ambos, en la medida en que se proponen ser testigos de su época, asumen que la escritura es, al fin, un canto lastimero sobre una realidad que no hace feliz a las personas, incluyendo en esa “realidad” el propio lenguaje, los propios discursos poéticos. Y por otro lado, como lo expresa Carlos Trujillo, poeta cronológicamente equidistante entre Uribe y Adwanter, bien puede ser que el destino de la poesía chilena de inicios del siglo XXI no sea sino el de releer y reescribir viejos poemas para hallar, en la memoria del lenguaje y de la poesía (y no sólo en la memoria de la “alta” poesía moderna fundacional, a la que antes nos hemos referido), una respuesta -provisional, como son las respuestas literarias- ante una época y un país que no ha cumplido, hasta ahora, con las expectativas de libertad y justicia con las que la así llamada generación del contragolpe soñó alguna vez al protestar contra la dictadura, en los años 80, en las “grandes alamedas” de Chile.

Escribir poemas viejos con palabras usadas

intentarlos de nuevo como se hace la planta de ropajes inéditos

las flores de color, el aire de estrellas

que chocan y explotan y giran y aman.

Viejos poemas que canten vida nueva

ilusiones y mares que entrecrucen sus aguas con el sol

y el sol que lo miraba desde lejos

se haga ojo y se haga pez

y bucee en lo hondo como hombre temeroso

en busca de secretos y más sol.

Escribir viejos poemas que nunca envejecieron

y pulir la palabra ya pulida

por las aguas del tiempo que se traga a sí mismo.

Andar en el poema paso a paso

como la voz anónima que canta y cuenta y vuela

y no sabe que es canto lo que canta ni vuelo lo que cuenta.

Ser ala sin ser ave. Hallar la luz

sin más ojo que el ojo de la hondura del alma

que habita en los océanos más ciegos

y ve todo

Crecer hasta las nubes de otros cielos

sin ser árbol ni selva

Ser un inmenso tú sin dejar de ser yo

y escribir este poema que envejece en su tinta sin tintero

mientras mi mano rasga la hoja blanca

y el sol que ya se esconde envejece también

para hacerse de nuevo.[14]

II. GENTE EN LA CARRETERA DE LAS METAFORAS: ¿HACIA DONDE SE DIRIGEN?

“Es cierto la lluvia / otra vez nos dejó su firma / y aunque tarda en pasar el invierno / todos tenemos botas para cruzar el puente / y mirar esta orilla / como si fuera una nueva historia” (39). Así se cierra el poema “Nueva historia” de Mariela Silva Salas, aludiendo -creo- a la posibilidad de desplazarnos a la otra orilla de lo que nos es dado para producir, por el cambio de perspectiva, una extrañeza, quizás saludable, sobre lo propio: verlo “como su fuera una nueva historia”.[15] Pero no es en realidad una nueva historia; es sólo una hipótesis producida y estimulada por la necesidad de imaginarnos otros, con otra memoria, con otras palabras, una otredad imaginaria que hace tolerable el vacío y la desesperanza de lo presente: “La desesperanza / [...] nos atraviesa” de manera “inevitable”, nos dice Silva en su “Arte poética” (13). “Hoy / Todo duele / En este infierno”, sentencia de manera todavía más lapidaria la autora (“So(m)bra de de hombre”, 33) ¿Por qué tanta desesperanza, me pregunto, instalada en la imaginación literaria de una poeta joven, nacida en 1979, cuya escritura podría ser el registro afirmativo de una época en que el país reconstruye su democracia y sus libertades políticas? ¿Por qué esa constante “pulsión entre la escritura y una subjetividad tensionada por los des-encantos de la cotidianeidad”? (Oscar Galindo, contraportada).

Me parece que en el Chile de hoy hallamos factores históricos objetivos que explican esta atmósfera de pesimismo radical. En efecto, el fin del siglo XX así como los tres primeros años del siglo XXI, no han significado ningún cambio cualitativo importante en términos de que se hubiera construido o se estuviera construyendo un ethos cultural-económico genuinamente amable, que asegure la sensación de estabilidad y armonía de los individuos con la historia y con sus historias personales. Comparado con el Chile de los años 80 del siglo XX, el Chile actual es un poco más rico, más moderno, más exitoso en el comercio internacional, evidentemente más democrático; pero también tanto o más desigual que hace 20 ó 25 años, con trabajos cada más inestables, con una ansiedad casi irracional por producir lo máximo al menor costo posible para aumentar, dicen, la competitividad en los mercados internacionales y, contradictoriamente, aumentar lo más que se pueda el consumo interno,[16] en fin, un país en el que las personas tienden a ser vistas y tratadas como unidades productivas y consumidoras intercambiables y, a la larga, desechables. Es decir, colectivamente hablando, no se ha construido materia de vida que merezca ser celebrada con jolgorio por la poesía.

Pero hay algo más. Quizás como resultado de este mismo estado de cosas contrario al orden armónico del individuo con el mundo, se ha ido consolidando en la poesía chilena reciente la metáfora del infierno (Rimbaud dixit) como tópico archisocorrido para expresar esta relación de disconformidad entre el sujeto y su realidad, realidad que bien puede ser él mismo. Esto es particularmente agudo y reiterado en poesía escrita por muchos poetas jóvenes que cruzaron el umbral del siglo XXI en los años 20 de sus respectivas vidas, con la notable excepción de aquellos poetas de origen indígena que exhiben conciencia etnocultural en sus escrituras y que, por lo mismo, están enfocados hacia la reivindicación colectiva más que hacia el agonismo personal. El tópico de la “temporada en el infierno” alimenta una retórica compulsivamente voraz por el vacío, la desesperanza, la (auto)destrucción del sujeto poético, la victimización, a veces oblicuamente cínica, del yo ante el universo imaginado como “infierno” sin salida. Esta actitud poética halla su cauce de expresión en un tipo de escritura que no evoca la realidad de las materias, objetos y elementos, en el sentido estricto de los términos, sino un universo conceptual-alegórico que viene a poner en evidencia la incapacidad del sujeto poético para cruzar sus propios horizontes subjetivos, quedando atrapado en un mare magnum de referencias construidas desde y con la escritura, obliterando, al fin, la materialidad de la historia que ocurre más allá o más acá de la escritura. ¿Y por qué no -podríamos decir- si todo al fin no es sino texto, signos que remiten al infinito a otros signos de signos, ante lo cual no habría sino que reconocer hidalgamente la muerte del sujeto y, en última instancia, la muerte de la realidad que no sea la de los signos mismos, deconstruidos una y otra vez? El problema es que no todo es texto, y la disolución de lo real en una parafernalia lingüística que destila el tópico de la condenación al infierno de un Rimbaud extemporáneo no es sino la evidencia de cuán colonizada ha llegado a estar la imaginación poética por la ideología de la modernidad neoliberal que trabaja para hacer creer que la única historia posible es ella misma, o sea, ella es toda la historia; y como ya no hay otra historia, ella, la modernidad neoliberal, es el “fin de la historia”.

Clemente Riedemann ha hecho notar, con desenfado, su propio malestar ante la reacción rimbaudiana de muchos poetas (no sólo jóvenes, por cierto), cuya retórica los dibuja, en verdad, como sujetos ruinosos y arruinados, que profieren un discurso que se alimenta de su propio vacío.

POR FAVOR, NO MAS RIMBAUD

Hasta cuando amenazan con el adolescente maldito.

Nunca tanto hubo de ser como le endiosan los que no pueden comprenderle.

Ni se le lee, ni se le piensa, sino como una tristeza pasada de moda.

Un amor de juventud que ya no erecta la pesadumbre de la carne.

Estar a solas con sus ficciones es suficiente para un hombre libre.

Por favor, no más Charleville. Despegaos del charol, rameras.

Enterradle -¡oh enterradle!- una estaca en el corazón.

(en Gente en la carretera)[17]

No comentaré el poema. Lo transcribo sólo para evidenciar una forma de malestar en la poesía chilena actual relacionado con la convicción de que una parte de ésta, al menos, se concibe y se escribe en una lógica fundada en estereotipos estéticos que no han sido puestos a prueba, de modo rotundo, con las exigencias de las materialidades de la historia. ¿Acaso no queda realidad de la cual hacerse cargo? ¿O es que la realidad ha terminado definitivamente siendo sustituida por el discurso, alimentando un exceso retórico que pretende pasar como “registro” de una historia que sólo daría paso a sentimientos de derrota, de aceptación dolida de las ruinas irrecuperables de la realidad, matizados a veces por la ironía y hasta por el cinismo? La escritura -en el sentido lihniano del término, brevemente bosquejado en el apartado anterior- deviene, en efecto, ejercicio de unificación entre discurso y realidad extradiscursiva, en el entendido de que la precariedad del vivir es, al mismo tiempo, la precariedad del hablar acerca del vivir en tanto se vive como experiencia humana sólo lo que es comprendido como tal en y a través del discurso. La (de)codificación discursiva es, entonces, la (de)codificación del hecho real de ser cuerpo/mente en el mundo y viceversa.

Que ésta es una manera de poner en entredicho las pretensiones insolentes de la realidad extraverbal de erigirse como verdad per se, de presunta existencia independiente de la textualización que lo torna, en verdad, realidad con sentido humano, es algo acerca de lo que no cabe duda. Asimismo, es una manera de llamar la atención sobre el hecho de que el discurso poético no puede erigirse con pretensiones de registro totalizante (y eventualmente totalitario) desde la “exterioridad” de los referentes, pretendiendo abarcar de un plumada “el pastel completo de la historia”. Luego del agotamiento de la estética del canto, la poesía chilena se ha vuelto, sin duda, más consciente de sus limitaciones expresivas, de sus impases retóricos, ideológicos, epistemológicos; más modesta en sus pretensiones de ser la voz-guía-descubridora-testigo de la historia.

Pero la ecuación texto-realidad, en una escenario en que se reconoce y admite como norma la precariedad discursiva, puede tomar (de hecho toma) la forma de una hipertrofia retórica enfermiza que alimenta la marginalización del oficio poético en más de un sentido. Por una parte, el arrinconamiento de la poesía a los intersticios de un sistema político-cultural que prefiere la eficiencia de la racionalidad instrumental, de la técnica y de la administración, por sobre las fantasías de la imaginación literaria (que no serían sino sólo eso: fantasías que dan la espalda a lo real), salvo si éstas pueden ser movilizadas como fetiches comerciales o como fetiches políticos, de status o similar. Hay, sin embargo, otro tipo de marginalización alimentada desde el interior mismo de las prácticas escriturales de la poesía, más profunda y acaso más perniciosa: aquélla que la propia imaginación poética construye por la vía de la elaboración de mundos repletos de despojos, atravesados por sentimientos de necrofilia o “amalditamiento” retórico que terminan por instalar al yo poético a la vera del camino de la historia en una actitud estabilizada en el apego al lamento. Quizás esto explique por qué es tan común en la poesía chilena actual la tendencia a la alegoría puramente conceptual y retórica, que exige del lector una práctica de lectura fundada en el pensar textualizado más que en sentir, en desmedro de la transparencia del lenguaje en el sentido de instalar en y a través del lenguaje la materialidad del mundo, objeto está ultima más del sentir perceptivo, memorístico o fantasioso, que del pensar hiperintelectualizado.

Sería injusto de mi parte afirmar que esto es una característica determinante de la poesía chilena actual, ni siquiera de aquélla escrita por autores que todavía no superan la edad en que la muerte sorprende a Rimbaud. Pero es una característica empíricamente constatable que se reitera y que, se me ocurre, evidencia un cierto impase al que llegado por lo menos un sector importante de la poesía chilena en el cruce siglo XX-XXI: el rechazo radical al presente, agudizado por la imposibilidad de recuperación del pasado así como de la clausura del futuro. Tanto el acto de rechazo como el objeto rechazado se manifiestan a través de una poética ruinosa que hace del despojo y del tópico de la imposibilidad de ser otro una suerte de fetiche retórico; por lo mismo, tal poética termina siendo cooptada por la misma realidad contra la que se escribe. La poesía no ilumina el presente real; lo oscurece todavía más enviando, de paso, un mensaje político paralizante pues parecería que el único camino que le queda a la poesía y a los poetas es el de hundirse en los placeres efímeros de la muerte diletante, cualquiera sea la forma que ésta tome.

No necesito decirle al lector que, hasta aquí, no estoy trazando ni remotamente un “estudio” de la poesía chilena actual, ni menos introduciendo un acercamiento a la poesía chilena de las provincias del sur, objeto último de este libro. He querido hacer de este prólogo apenas una incitación a revisar la raíz misma de las pulsiones que mueven a los poetas a escribir y publicar; a revisar, en suma, el sentido de la escritura poética en su relación con la historia. Porque, a mi entender, sólo en esta relación cobra la escritura sentido y pertinencia. Lo demás es silencio.

* * *

El texto de la presente edición es idéntico al de la edición italiana de European Press Academic Publishing de 2002, salvo cambios menores de estilo y actualización de algunos datos a pie de página. En el Apéndice Bibliográfico se han agregados títulos de libros posteriores a 1995 sólo en el caso de los poetas centralmente estudiados en este libro. En lo demás no ha habido modificación alguna.

En octubre de 2001 falleció Jorge Torres, uno de los autores a quien dediqué un capítulo en este libro. En la edición de European Press este dato no pudo ser consignado. Sea la presente edición un homenaje a su memoria, a la amistad en la palabra mayor que nos unió por casi 25 años y un reconocimiento a su poesía.

Osorno, Chile, enero de 2004


Abreviaturas usadas para los tÍtulos de los libros estudiados

Jorge Torres:

Poemas encontrados y otros pre-textos(PEP)

Poemas renales(PR)

Carlos Trujillo:

Escrito sobre un balancín(ESUB)

Los que no vemos debajo del agua(LQNVDA)

Mis límites. Antología poética(MLAP)

Los territorios(LT).

Clemente Riedemann:

Karra Maw'n(KM)

Primer arqueo(PA)

David Miralles:

Los malos pasos(LMP)

Rosabetty Muñoz:

Canto de una oveja del rebaño (COR)

En lugar de morir (ELM)

Hijos(HJ)

Baile de señoritas(BS)

Agradecimientos

En primer lugar, agradezco a los poetas entrevistados quienes gentilmente respondieron en extenso a mis preguntas, me ayudaron con información bibliográfica sobre su obra y me aclararon el sentido de algunas referencias textuales que me resultaban de difícil lectura. Agradezco, asimismo, a Carlos Barrientos, hoy profesor de Castellano de enseñanza secundaria, quien durante el tiempo en que fue mi alumno ayudante en la Universidad de Los Lagos, en Osorno, me colaboró con la transcripción de tres de las cinco entrevistas. También agradezco a María Isabel Huisca, alumna de la Carrera de Pedagogía en Castellano de la Universidad de Los Lagos, por su trabajo de transcribir la entrevista a Clemente Riedemann.

Quiero expresar un especial reconocimiento a quienes fueron mis profesores de literatura en la Universidad de Washington, Seattle, en el período en que fui alumno de los programas de Master y Doctorado (1990-1996). Sin sus enseñanzas, este libro no hubiera podido escribirse. Quiero hacer especial mención a Edgar O’Hara, poeta, ensayista, estudioso de la poesía latinoamericana, quien dirigiera mi tesis doctoral, base del presente libro.

Agradezco, asimismo, a la Universidad de Los Lagos, en especial a la Dirección de Investigación y Postgrado, por haber financiado el proyecto de investigación “Poesía en el sur de Chile (1975-1990). Escrituras en las fronteras de la historia” (proyecto Nº 304.17), llevado a cabo entre 1995 y 1997, cuyos resultados fueron cruciales para la redacción final de este libro. Quiero, finalmente, dejar constancia de la buena disposición que siempre han tenido la Dirección del Departamento de Humanidades y Artes de la Universidad de Los Lagos y la Dirección de Docencia de la misma Universidad para acomodar mi horario de clases, de modo que, ante la falta de un sistema de sabáticos, pudiera yo concentrarme lo mejor posible en la preparación de los originales de este libro.

Osorno, Chile, agosto de 2001


[1] Este texto corresponde aun prólogo a una edición chilena que nunca llegó a existir y que tendría que haber aparecido en 2005. Lamentablemente, por razones ajenas a mi voluntad, no fue posible su publicación en papel en formato de libro. Después de una prudente espera, me ha parecido pertinente difundir el trabajo a través de la red.

[2] “Stella Díaz Varín” Prólogo del libro Los dones previsibles, de Stella Díaz Varín. Santiago: Cuarto Propio, 1992: 11-12.

[3] En Chile cada año, literalmente, se publican varias decenas de libros de poesía; es, de lejos, el género literario más popular en el país en términos de cantidad de libros publicados. Se comprenderá la imposibilidad de trazar, en pocas páginas, un panorama detallado de la poesía chilena actual. Entiéndase, pues, estas notas sólo como un mapa preliminar.

[4] Cf. Paseo Ahumada, de Enrique Lihn. Santiago: Ediciones Minga, 1983. En particular el poema “Canto general”, un ácido e irónico diálogo intertextual con el Neruda de “Alturas de Macchu Picchu”.

[5] Repárese en las denigrantes circunstancias que envolvieron la muerte, velorio y sepultación de Neruda. El fascismo militarista no respetó al poeta más importante y prestigioso en toda la historia de Chile.

[6] Los libros que inauguran esta mirada crítica a la que nos referimos son Poemas y antipoemas, de Nicanor Parra (1954); Para ángeles y gorriones, de Jorge Teillier (1956) que se complementa con El cielo cae con las hojas, publicado en 1958; El transeúnte pálido (1954) y El engañoso laúd (1956), de Armando Uribe Arce, y La pieza oscura, de Enrique Lihn (1963).

[7] La Mandrágora fue el nombre de una revista y de un grupo de poetas chilenos de los años 40 adscritos al surrealismo, declarados seguidores de Bretón y tenaces partidarios de la experimentación poética. Teófilo Cid, fallecido prematuramente, y tal vez el menos programático del grupo, es hoy en hoy día uno de los poetas surrealistas con el que las nuevas generaciones mejor sintonizan. Los siete números de la revista Mandrágora han sido reeditados en forma de libro por Eduardo Vasallo, Mauricio Barrientos y Mario Artigas. Santiago: Pentagrama, 2000.

[8] Residencia en la tierra, por ejemplo, es lejos un libro mucho más influyente en la actual poesía chilena que Canto general, en el caso de Neruda por lo menos. Tala, libro de un perfil existencial intimista, es, sin duda, mucho más influyente que Poema de Chile, de carácter más alegórico-nacionalista y menos problematizador de su propio proferimiento lírico, en el caso de Gabriela Mistral. La noción de “revolución neoliberal” la tomo del sociólogo Tomás Moulián: Chile. Anatomía de un mito. Santiago: LOM/Arcis, 1997.

[9] En este punto, sigo de cerca observaciones, de orden panorámico, elaboradas por Iván Carrasco y Luis Ernesto Cárcamo. Cf. al respecto, “Poesía chilena actual: no sólo poetas.” Paginadura. Revista de Crítica y Literatura 1 (1989): 3-10 y “Poesía chilena de la última década (1977-1987).” Revista Chilena de Literatura 33 (1989): 31-46, de Carrasco. De Cárcamo, ver “Convergencias y divergencias en la poesía chilena emergente de los ‘80.” Paginadura. Revista de Crítica y Literatura 2 (1994): 31-45.

[10] No es arbitrario el adjetivo “posmoderno”. John Beverly ha deslizado la tesis de que la literatura testimonial latinoamericana de las dictaduras y guerras civiles de los años 70 y 80 puede leerse como una crítica al paradigma de la modernidad literaria manejado por la elite de los escritores y críticos especializados, desbordados por la barbarie de una historia caracterizada por los atropellos sistemáticos a los derechos humanos. Ver Literature and Politics in the Central American Revolutions. Austin: University of Texas Press, 1990.

[11] En otra parte me he referido con más detalle a la poesía “etnocultural”. chilena Ver Antropología y estudios regionales. De la aplicación a la acción. Ed. Francisco Ther Ríos. Osorno: Centro de Estudios del Desarrollo Local y Regional, s/f (2003): 75-104. Reimpreso en http://es.geocites.com/revistaclaroscuro/mansilla.html.

[12] Tomado de Las críticas de Chile, de Armando Uribe Arce.Santiago: Be-uve-dráis Editor, 1999.

[13] “Ceniza”, del libro Especies intencionales. El poema está también disponible en http://www.everba.org/fall02/.

[14] Carlos Trujillo, “Poemas viejos”, inédito.

[15] Mariela Silva Salas. De rodillas sobre el miedo. Valdivia: Ediciones Leviathan, 2002 (Premio Luis Oyarzún, 2001).

[16] Es contradictorio pretender aumentar el consumo cuando las fuentes generadoras de recursos financieros de las personas, necesarios para el consumo, se tornan cada vez más precarias, lo que obliga a los trabajadores a aumentar los tiempos laborales restando tiempo al descanso, a la afectividad, a la recreación, a la cultura, a la salud personal. Hoy por hoy, la jornada de las 8 horas laborales -motivo de tantas luchas sindicales en el pasado- es, para la mayoría de las personas con trabajo, una realidad conocida apenas por los libros de historia.

[17] Clemente Riedemann. Gente en la carretera. Valdivia: El Kultrún, 2001.

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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "El paraíso vedado. “Prólogo” ."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    7 de septiembre de 2007.
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