Notas para una historia[1]
Antes de 1973
En rigor, en la zona geográfica centralmente considerada en este libro, la producción de poesía moderna, en tanto actividad que desborda la simple producción de un sujeto individual y aislado, comienza en abril de 1964:
El grupo “Trilce” se constituyó, y no es trivial registrar ese dato, en una casilla telefónica de la Universidad Austral en abril de 1964, en un día en que seguramente la lluvia había postergado las citas con las otras musas. Lo integraban Omar Lara, Carlos Cortínez, Enrique Valdés, Luis Zaror y Eduardo Hunter. (Epple 67)
En efecto, con la creación del grupo “Trilce” en Valdivia, el sur de Chile comienza a ser espacio autónomo de producción y difusión de la poesía. Antes de este año, el sur había producido poetas importantes, Neruda entre ellos; pero todos, desde muy jóvenes hicieron su vida literaria en Santiago o en el extranjero. Poesía que se produzca y se difunda en y desde el profundo sur chileno por poetas que permanecen en la provincia, generando con su presencia y actividad una institución literaria de características singulares, no la hallamos sino a partir de los años 60 en Valdivia. La fundación de la Universidad Austral en 1955 y, sobre todo, la creación de la Facultad de Filosofía y Humanidades en 1957 contribuyeron decisivamente a generar las condiciones para un desarrollo literario-cultural sostenido en el tiempo. Fueron precisamente estudiantes de letras de esta Facultad quienes fundaron el grupo “Trilce”, una de las agrupaciones literarias chilenas más importantes de la década del 60.
“Trilce” nunca fue propiamente un taller o una academia literaria en el sentido en que lo serían la mayoría de las agrupaciones de poetas jóvenes surgidas con posterioridad a 1973. Se trató de un grupo de producción y agitación cultural y literaria (en creación poética y en crítica), cuyas características más notables en este ámbito fueron, probablemente, la frecuencia de sus publicaciones y su capacidad de movilización del ambiente literario valdiviano y nacional por el alto poder de convocatoria que llegaron a tener. “En 1965, y aprovechando la coyuntura institucional de la celebración del décimo aniversario de la Universidad Austral, los poetas de ‘Trilce’ organizaron el llamado Primer Encuentro de la Joven Poesía Chilena” (Epple 68). El resultado de esta experiencia, centrada en la lectura y valorización de los poetas de la promoción inmediatamente anterior, quedó registrado en el libro Poesía chilena (1960-1965), editado por Carlos Cortínez y Omar Lara. Nuevos poetas se incorporarían más tarde a “Trilce” manteniendo una continuidad como grupo hasta 1973.[2]
En el período 1971-73, sin embargo, aparecen ya los primeros indicios de una promoción de autores que no se sienten cómodos al alero del grupo “Trilce”. Se trata del grupo “Murciélago”, integrado por “tres incipientes narradores”: Jorge Ojeda, Jorge Torres y Clemente Riedemann, los tres estudiantes de la Escuela de Teatro de la misma Universidad Austral. “‘Murciélago’ surge como un joven grupo de matiz contestatario a la forma ‘amparada de ejercer el oficio’ [amparo que la Universidad Austral ofrecía a “Trilce”], o al menos rebelados ante el ‘autootorgamiento de premios literarios’ por parte de los trilceanos, acompañado de cierto respeto y reconocimiento.” (González Cangas, “Ritos” 158)
Lo cierto es que “Murciélago” no llegó a constituir en rigor un grupo rival de “Trilce”; primero, porque no se constituyó nunca como un grupo formal y organizado; segundo, porque la juventud de los tres “murciélagos” los convertía en autores en una etapa de formación todavía muy inicial. Sólo a partir de 1975, Torres y Riedemann -ahora como poetas- comenzarán una nueva etapa como autores ya más consolidados. Jorge Ojeda, por su lado, instalado en una posición de marginalidad literaria casi completa, continuará, hasta la actualidad, trabajando en narrativa breve.
El golpe de estado de septiembre de 1973 provocó el desmantelamiento de las escuelas de Castellano y de Teatro: muchos profesores y estudiantes fueron expulsados de la Universidad, encarcelados varios, fusilados algunos. Riedemann, por ejemplo, fue encarcelado y torturado por los militares; todos los profesores titulares de lengua y literatura fueron exonerados de sus cargos o se vieron muy pronto compelidos a renunciar, dadas las insostenibles condiciones represivas.[3] Profesores muy jóvenes (la mayoría habían sido ayudantes de los catedráticos exonerados o renunciados) se hicieron cargo de los cursos y recomenzaron la vida académica. Pero no fue posible continuar con “Trilce”. El grupo se desarticuló completamente; Omar Lara, su director, conocería muy pronto la cárcel y el exilio. Walter Hoefler, integrante tardío del grupo y situado un tanto en los umbrales de éste, fue el único que continuó como profesor de literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades; por lo mismo, se convirtió, en Valdivia y en todo el sur, en el único puente disponible entre los nuevos poetas que aparecerían a partir de 1975 y la promoción inmediatamente anterior, la de los años 60. Hoefler, sin embargo, sería de todos modos exonerado de su cargo en 1978, por lo que se vería forzado a emigrar a Alemania donde permaneció hasta 1994 (actualmente reside en Chile).
Pero no sólo en Valdivia hubo grupos literarios antes de 1973. En Osorno, ligado a la sede local de la Universidad de Chile (hoy Universidad de Los Lagos), el grupo “Pala” produciría diversas publicaciones poéticas. Gabriel Venegas, uno de los fundadores y motor principal de “Pala”, terminaría abandonando casi la escritura -al menos como actividad pública- en los años 80, pero asumiendo el rol de impulsor y organizador de los Encuentros de Poetas del Sur, realizados en Osorno desde 1982 a 1988, con apoyo del centro de estudios superiores local (el entonces Instituto Profesional de Osorno, derivado de la antigua sede de la Universidad de Chile).[4] En Puerto Montt se organizó el grupo “Polígono” que realizó publicaciones en la década del 70. De “Polígono” han continuado escribiendo con regularidad y publicando Nelson Navarro, Antonieta Rodríguez, Mónica Jensen y Jorge Loncón.[5]
Como se ve, entre 1964 y 1973 la escena poética del sur de Chile estuvo dominada por agrupaciones de autores jóvenes (poetas casi todos), quienes asumieron el oficio en el entendido de que no bastaba con escribir y publicar, sino que además se hacía necesario crear un cierto espacio institucional que generara condiciones sociológicas más o menos autosuficientes para la producción, difusión y consumo de textos.[6] “Trilce”, en este escenario, fue, sin duda, el grupo mejor organizado, llegando a disponer de una cierta capacidad de manejo gracias al apoyo de la Universidad Austral; situación que hizo posible que sus miembros, poetas aún muy jóvenes y en pleno proceso de consolidación, llegaran a ser bastante conocidos en su momento. La pretensión de legitimarse tempranamente en la institución literaria nacional, sin tener que radicarse en Santiago, constituye una de las motivaciones fundamentales de su quehacer. El trabajo de “Trilce”, en todo caso, constituyó una legitimación exitosa de nuevos espacios geográfico-literarios desde y en la provincia, de manera que a partir de los inicios de la década del 60, hablar de poesía chilena no equivaldrá ya más a hablar de la poesía de/en Santiago solamente.[7]
Después de 1973[8]
El golpe de estado significó, en la práctica, el desmantelamiento generalizado de la institución literaria chilena existente hasta entonces. En el sur habrá que esperar hasta 1975 para ver las primeras señales de un proceso refundacional. Ese año, Jorge Torres publica Recurso de amparo, primer libro de poesía publicado en el sur de Chile con posterioridad a 1973. Se trata, en verdad, de un cuadernillo de 23 páginas con un breve prólogo de Walter Hoefler, sin datos de tiraje y sin pie de imprenta. Este mismo año se funda el taller literario “Aumen” (“eco en la montaña”) en Castro, dirigido por dos jóvenes poetas y profesores de castellano de secundaria: Carlos Trujillo y Renato Cárdenas.[9] “Aumen” funcionó siempre en una doble dirección: como taller literario escolar dirigido a estudiantes de secundaria interesados en escribir y leer literatura, y también como academia de formación de escritores profesionales. El modus operandi fue sencillo pero efectivo: leer y comentar textos de grandes poetas chilenos y extranjeros de los siglos XIX y XX principalmente; escribir textos propios a partir de éstos, leerlos ante el grupo, comentarlos atendiendo sobre todo a los procedimientos de estructuración textual en función de la producción de determinados efectos estéticos; reescribirlos si era posible o intentar nuevos escritos. Los resultados no se hicieron esperar. A fines de ese mismo año, en el Liceo Coeducacional de Castro se realizó el primer recital del taller con un éxito impresionante de público y ya para entonces las primeras publicaciones de los estudiantes-poetas comenzaron a circular por el país.[10]
El taller “Aumen” funcionó ininterrumpidamente hasta 1988, siempre dirigido a estudiantes de secundaria, aunque desde 1979 bajo la exclusiva responsabilidad de Carlos Trujillo. En los 14 años de existencia participaron con regularidad en las reuniones alrededor de 150 jóvenes de los cuales, hasta hoy en día, unos 30 siguen escribiendo, aunque no siempre publicando. Fue, en los hechos, el mayor semillero de poetas que haya existido nunca en el sur de Chile desde 1975 hasta el presente. Aunque el taller como tal desapareció en 1988, varios de sus antiguos integrantes -muchos de ellos son hoy en día maestros de castellano de secundaria y un par de ellos han llegado a ser profesores de literatura en la educación universitaria- siguieron ejerciendo por algunos años una labor formadora de nuevos escritores a través de talleres escolares que se diseminaron por escuelas y colegios de las provincias sureñas. Desde mediados de la década del 90, sin embargo, la mayoría de los talleres escolares dirigidos por ex talleristas de “Aumen” ya no funcionan.[11]
Entre 1976 y 1979, por motivos de estudio, un grupo de estudiantes-poetas formados en “Aumen” se traslada a Valdivia, circunstancia ésta que ayudaría a reactivar la vida literaria en esta ciudad. Los recién llegados, unidos a los jóvenes escritores valdivianos y a otros llegados de Santiago y de otras partes del país, irían poco a poco refundando los vínculos literarios, creando espacios de circulación de textos, encontrando y/o abriendo canales de expresión y maneras de acceder a libros y revistas prohibidos o no disponibles en bibliotecas ni en el mercado. La masificación de las máquinas fotocopiadoras y la ausencia de restricciones legales para reproducir textos, favoreció el acceso a fuentes de lectura y de información. En 1977, el Instituto de Literatura Universal e Iberoamericana de la Universidad Austral organizó un encuentro de poetas jóvenes del sur de Chile, actividad que continuaba, en alguna medida, la tradición de los encuentros de escritores de los años 60. Se seleccionaron 10 autores de Concepción a Chiloé, previa convocatoria a un concurso; como resultado de esto, al año siguiente se publica el libro Poesía joven del sur de Chile, editado por el profesor Osvaldo Rodríguez.[12]
En 1978, un grupo de estudiantes universitarios organizó una exposición de poemas, de diversa calidad y tono, escritos en grandes pliegos de papel de envolver, los que fueron expuestos en una sala habilitada para exposiciones murales. Aunque, en un principio, la exposición contaba con el permiso de las autoridades universitarias de entonces, al tercer día fue clausurada y se emprendieron acciones administrativas de castigo contra los estudiantes-poetas. La brillante defensa que en su momento hizo el profesor y filósofo Jorge Millas (hoy fallecido) ante las autoridades superiores, evitó que los estudiantes fueran expulsados de la universidad; pero sirvió de pretexto para exonerar de su cargo a Walter Hoefler, falsamente acusado de ser el instigador de esta exposición “subversiva”.[13] Desde entonces y hasta 1989, la Universidad Austral como institución cerraría literalmente sus puertas a la poesía chilena y a los poetas, salvo esporádicas actividades hechas a contrapelo de las autoridades.[14]
De modo, pues, que el proceso literario en Valdivia, a partir de 1978, se desarrolló al margen de la academia universitaria. Paradójicamente, en los años 1978-79 fue la propia Municipalidad local, cuyo alcalde era nombrado por el general Pinochet, la que apoyó la actividad literaria y teatral. Entre 1976 y 1978 se formó el grupo “Matra” (“médula del hueso”, en mapuche) integrado por poetas jóvenes residentes en Valdivia casi con la exclusiva finalidad de realizar actividades de difusión.[15] Fue así como entre 1978 y 1979 ocurrieron los llamados “Martes de la Poesía”. Cada dos semanas, durante un tiempo, en un subterráneo mal habilitado del edificio municipal, se realizaban recitales de poesía los días martes por la noche. La estructura de los recitales era la siguiente: 30 minutos se dedicaban a la lectura a dos o más voces de un libreto, previamente revisado por la censura municipal, en el que se combinaba información crítico-biográfica con poemas de un poeta chileno o extranjero de reconocida calidad. La segunda parte, unos 20 a 30 minutos más, se destinaban a la lectura de textos originales de un poeta joven local. Rimbaud, la Beat Generation, Ezra Pound, Pablo de Rokha, Ernesto Cardenal, William Blake, Gabriela Mistral, García Lorca, Jacques Prèvert, entre otros, fueron poetas “invitados” a los “martes de la poesía”. La persistencia de la actividad y la calidad de los poetas elegidos aseguró la presencia de un público que acompañó en forma permanente a los jóvenes poetas de entonces.
En 1980 “Matra” se dispersa, fundamentalmente porque varios de sus miembros terminan sus carreras universitarias y emigran de Valdivia por motivos de trabajo. A comienzos de 1981 se funda “Indice”, conformado por nuevos estudiantes de letras recién ingresados a la Universidad Austral.[16] Como ya no era posible continuar en la Municipalidad y el ciclo de los “martes de la poesía” estaba ya agotado, “Indice” se dedicó a un trabajo más interno con apoyo de la Iglesia católica, la que facilitó dependencias para realizar las reuniones. Poetas como Gonzalo Rojas y Jorge Teillier llegaron a Valdivia invitados por “Indice”; el grupo editó un único número de una revista del mismo nombre y terminó disolviéndose en 1983.
La actividad literaria en Valdivia en los años 80 se hizo menos masiva y perdió el sesgo de contestación política que tuvo en el segundo lustro de los años 70. Esto ocurre por la confluencia de dos circunstancias: los poetas que vienen de la década anterior abandonan paulatinamente la escena de los recitales y “peñas” y preparan sus primeros libros en un trabajo más individual y solitario.[17] Y los nuevos poetas de los años 80 se vieron ante la emergencia del descontento político que se tradujo, a partir de 1983 y hasta 1986, en grandes protestas nacionales contra la dictadura de entonces. La actividad literaria quedó relegada a un espacio más estrictamente estético, secundario en definitiva al lado de la efervescencia política de las grandes movilizaciones de masas de esos años.
Sólo a partir de 1988-89, cuando la actividad política se vuelve menos urgente, la actividad literaria en Valdivia, y en el sur en general, se reactiva en dos frentes: comienza a aparecer una promoción de recambio, la de los años 90, que busca espacios de difusión y consolidación; pero ahora no a través de recitales o peñas sino mediante publicaciones, aprovechando las facilidades tecnológicas y el apoyo que el gobierno democrático ha brindado, desde 1990 a la fecha, a las iniciativas culturales y a diversos organismos de jóvenes.[18] El otro frente de reactivación literaria en Valdivia, a fines de los años 80 y en los inicios de la década del 90, lo constituyen los propios poetas surgidos en la década anterior. Con edades fluctuantes entre los 30 y 40 años, emprenden una especie de primera revisión histórica de su trayectoria literaria, de testimonio de los “años heroicos” de la poesía. En este marco, se organiza el Primer Encuentro de Creadores Valdivianos en julio de 1988 con el ánimo de hacer memoria; en este contexto se publicaría más tarde Primer arqueo de Riedemann.
Ese mismo año se realiza en Castro el Segundo Encuentro de Escritores en Chiloé (el primero se había realizado 10 años antes), también con ánimo retrospectivo. Fue, en rigor, la última actividad masiva del taller “Aumen” en la que se demostró su alto poder de convocatoria. En julio de 1995, bajo la conducción del poeta Mario Contreras, se realizó en Castro un Encuentro Nacional de Poetas que reunió mayoritariamente a autores de provincia que comenzaron a escribir en los años 70 y 80. Hubo poca gente joven presente y sí bastante atención a la obra de poetas que entonces tenían entre 35 y 50 años, lo que es el resultado del propósito de los organizadores de realizar el Encuentro para compartir, entre poetas ya formados, sus trabajos (publicados o no) escritos en el período 1990-1995.
La historia literaria de Osorno es un poco distinta. En la segunda parte de los años 70, salvo la persistente acción de Federico Tatter y Gabriel Venegas, y en menor medida la de Ema Asenjo, Osorno no genera nada comparable a Valdivia o Castro.[19] No obstante, a partir de 1981, el entonces Instituto Profesional de Osorno, a través de su Departamento de Humanidades y Artes, organizó en siete oportunidades el Encuentro de Poetas del Sur (hasta 1988). En tales encuentros, los autores leían sus poemas pero no había espacio para el estudio ni para el comentario crítico sobre los textos leídos (salvo ocasiones aisladas). Por eso mismo, no hubo mayormente criterios selectivos para invitar a los autores ni se trabajó en función de dejar registros críticos de estas actividades. Dadas las circunstancias, no era mucho más lo que se podía hacer en realidad: en un período en que los centros estatales de Educación Superior tenían las puertas cerradas a las actividades literarias, el que el Instituto Profesional de Osorno realizara estos encuentros era ya un mérito en sí mismo. Se comprende entonces que los encuentros se hayan hecho desconectados del público y de la prensa, salvo algunas lecturas para estudiantes. Fueron, de hecho, encuentros de poetas a puertas cerradas.
Agrupaciones más o menos efímeras aparecen a fines de los años 80 en Osorno (“Grupo Arte”, “Sociedad de Escritores”, grupos estudiantiles -”Arión”, entre ellos- en el que participaron Bernardo Colipán y Jorge Velásquez), pero que no llegan a constituir en ningún caso referentes nacionales importantes. En la década del 90 prevalece la actividad creadora de autores individuales y sólo a partir de 1998 se ha vuelto a la práctica sistemática del taller literario, esta vez en la Universidad de Los Lagos donde funciona el Taller “Latúe” bajo la dirección de David Meneses y con la colaboración del poeta y novelista Enrique Valdés. En noviembre de 1998, por iniciativa del Taller y con el apoyo de la Rectoría de la Universidad, se reinició la serie de Encuentros de Poetas del Sur, después de 10 años de interrupción.
Puerto Montt sigue una historia parecida a la de Osorno. La desaparición de “Polígono” a mediados de la década del 70 dejó la actividad literaria librada a la persistencia e iniciativa individual de algunos autores. A partir de 1980, gracias al empeño del poeta Nelson Navarro y de una corporación cultural local, Puerto Montt concita una vez al año a un buen número de poetas del sur y algunos de la capital; son los “Arco Iris de Poesía”, los que, sin embargo, no han dado paso ni a registros duraderos ni a procesos sistemáticos de formación de nuevos escritores. Recién desde 1991 más o menos se viene perfilando un nuevo grupo de jóvenes con una obra en ciernes.
Mención especial merece la labor de la Secretaría Regional Ministerial de Educación, órgano de gobierno que, a través de su Area de Cultura, ha organizado ininterrumpidamente por 20 años (desde 1979) los Encuentro Regionales de Talleres Literarios Escolares. Se trata de una actividad en la participan estudiantes de Educación Básica y Media, quienes, una vez al año y tras un proceso de clasificación previo a nivel comunal y provincial, se reúnen en alguna localidad de la Décima Región durante dos días a leer sus creaciones, a recibir críticas por sus trabajos, a discutir diversos aspectos del quehacer literario, siempre con la participación de profesores universitarios de literatura y con escritores profesionales, principalmente poetas que poseen ya una trayectoria reconocida. Si bien, muchos de los jóvenes que allí asisten no continúan escribiendo después de egresar de la Educación Media, sí hay algunos que más tarde han continuado en el oficio de las letras. Rosabetty Muñoz se inició, precisamente, en estos talleres literarios escolares.
En síntesis, la situación del proceso literario en la Décima Región desde 1975 a 1995 puede resumirse así: en el segundo lustro de la década del 70, la escena estuvo dominada por talleres y grupos literarios cuya función principal fue la de formar nuevos poetas y conectarlos con la tradición poética chilena y extranjera. Esto, además, como una manera de refundar la institución literaria violentamente desarticulada después de septiembre de 1973. Estas agrupaciones funcionaron al margen de las universidades, las que habían sido los lugares “naturales” de los grupos literarios en los años 60. Dadas las condiciones políticas de los primeros ocho años de dictadura, estos talleres y grupos se convirtieron, de hecho, en genuinos espacios de diálogo democrático y en verdaderos laboratorios de recomposición de la memoria histórica colectiva a través de los ejercicios de escritura y lectura.
A partir de 1980-81 hasta mediados de la década del 90, los talleres y grupos literarios en el sur se desplazaron hacia el ámbito escolar, en gran medida gracias a la labor pedagógica de poetas-profesores formados en los talleres de los años 70.[20] Ya para 1980 hay un grupo de poetas “mayores” de entre 25 y 35 años que se irán convirtiendo en los referentes locales obligados de los estudiantes-poetas de secundaria. Los grupos universitarios se desarticulan y la actividad cultural de los estudiantes de las universidades (Valdivia sobre todo) se desplaza hacia una actividad más propiamente política. Los encuentros de poetas en Puerto Montt y Osorno se hacen frecuentes, y vienen a ser, más que nada, el espacio de continuidad cultural propio de los autores que vienen de la década anterior.
Sólo desde 1988-89, cuando ya la dictadura ha sido derrotada en las urnas, comienza en rigor a aparecer una promoción de recambio en la poesía chilena, diferente de la generación del “contragolpe”. Son jóvenes poetas a quienes el trauma del 73 ya no les afecta directamente, con preocupaciones que distan mucho del empeño de refundar la memoria histórica; autores que ya no viven la situación de urgencia de la cotidianidad represiva. Proponen entonces escrituras un tanto iconoclastas; se adhieren a prácticas culturales juveniles de moda (punk, rap, trash, hip-hop, por ejemplo); ponen en escena el lenguaje kitsch y el tema de la sexualidad de un modo más violento y desenfadado que los poetas anteriores. El sujeto femenino, el juvenil marginal, el etnocultural, son exhibidos con la fuerza propia de quien arremete contra un status quo desacreditado. En su escritura inicial, los jóvenes de los años 90 dejan la sensación de que no creen ni en el pasado ni en el futuro, cansados del historicismo de los poetas anteriores que anunciaron más o menos contradictoriamente un nuevo futuro de justicia y equidad que no llegó.[21] Pero también dejan la sensación de que no ven alternativas reales a lo dado, por lo que su poesía viene a ser la expresión del desencanto general de no tener salida, salvo jugar desaprensivamente con las reglas del sistema.[22]
El itinerario esbozado para la poesía del sur de Chile no difiere mucho de la ruta seguida por toda la poesía chilena post 1973. Llanos, al respecto, señalaba en 1989 que “hay varias cuestiones insólitas en el momento literario actual. Una de ellas, entre muchas otras, es que se ha dado, más que en otras épocas, una coexistencia de múltiples generaciones literarias” (29). Alude a la coexistencia de cinco “generaciones” (a fines de los años 80): la primera sería la generación “contemporánea a Neruda, integrada por poetas que están vivos y parcialmente activos, por lo menos en publicaciones” (Juvencio Valle, Humberto Díaz Casanueva). Una segunda generación es la de los poetas de 1938, “representados y encabezados, en parte al menos, por Nicanor Parra y Gonzalo Rojas”. Después “hay una generación particularmente activa, de la cual yo destacaría a Enrique Lihn, Jorge Teillier y Miguel Arteche” (29). Esta generación (a veces denominada “generación del 50”) es la que más influye en la generación de los años 70. Aparte de que los autores nombrados permanecen en Chile a pesar de las circunstancias, su magisterio poético obedece a razones estrictamente literarias: es la “generación” que resolvió con acierto el dilema, en apariencia irreductible, entre la poesía nerudiana y la antipoesía, elaborando una lúcida conciencia poética que cuestionó a fondo la expresividad (e ideología) de la lírica grandiosa del vate (Neruda, Efraín Barquero, Jorge Jobet) e incorporó el lenguaje conversacional pero sin abandonar el lirismo ni llegar al escepticismo disolvente del humor negro que suele caracterizar a la poesía de Nicanor Parra. Aunque esto, como lo sugiere Pedro Lastra, es un fenómeno general de la poesía hispanoamericana de autores que se perfilan, en general, a partir de los años 50 (cf. ix-xii).
Después de estos tres grupos, vienen los grupos de la generación diezmada, vale decir, los poetas nacidos a la vida literaria en los años 60, organizados en diversos grupos literarios, y que fueron violentamente barridos por los sucesos de 1973 y años siguientes.
Nosotros [Llanos es un poeta post 1973 de la “generación del contragolpe”] somos como la quinta generación que coexiste en este panorama bastante abigarrado de la poesía chilena. Por si todo esto fuera poco, la condición del exilio hace que nuestra generación se divida prácticamente en dos: los del mundo del exterior o exilio y los del mundo del interior o insilio, como decían los uruguayos [...] [Pero además] dentro de Chile están los poetas de las provincias y los poetas de la ciudad grande que es Santiago; dentro de la provincia están por un lado los poetas de las ciudades universitarias, como Valdivia o Concepción, que de alguna manera son privilegiados en cuanto a acceso a la cultura, y por otro están los poetas de los pueblos más remotos y de alguna manera afectados por el prejuicio un poco centrista que tiene Santiago. Y si por todo eso fuera poco (sic), al interior de cada uno de esos grupos están los subgrupos de las mujeres [...]; están también aquellos poetas que no saben bien si eran poetas antes del golpe, si comenzaron después, si van a seguir escribiendo o no, si pueden subsistir como poetas. Entonces hay una multitud de voces impresionante, lo que no implica, naturalmente, que haya un siglo de oro en la poesía chilena. (Llanos 29-30)
A fines de los años 90, el panorama esbozado por Llanos sigue siendo válido con algunas precisiones. Los poetas de la generación nerudiana ya no están activos en absoluto, salvo por la vigencia de sus libros. Ha aparecido una “sexta” generación (si seguimos el esquema de Llanos), la de los años 90, post dictadura, que en realidad sería la quinta si se considera que el primer grupo identificado por Llanos ya está fuera del escenario. Pero en el sur de Chile no hay propiamente coexistencia, en términos de presencia física, entre cuatro o cinco generaciones; sólo coexistencia entre dos “generaciones”, la del contragolpe y la de los años 90. Los poetas de los años 60, salvo Omar Lara, que ahora vive en Concepción, residen todos en Santiago o en el extranjero y no han llegado nunca a ser interlocutores permanentes para el diálogo e intercambio con los poetas post 1973, con excepción de Jaime Quezada y Walter Hoefler y en menor medida Floridor Pérez.[23] La influencia de la “generación del 50” se debe a sus libros y no a la presencia física de sus autores en el ambiente poético sureño (al que acuden sólo esporádicamente y muy de paso; recordemos, por ejemplo, que Enrique Lihn, ya fallecido, en vida visitó muy poco el sur de Chile por motivos literarios).
En definitiva, si la poesía que se escribe desde y con el sur de Chile, concretamente desde y con la Región de Los Lagos, tiene algún peso específico en el panorama de la poesía chilena actual, se debe básicamente a dos razones: desde 1964 ha habido una cierta institucionalidad literaria más o menos compleja que ha contribuido a socializar la literatura (la poesía en particular) hasta un punto tal que ésta no se ve como algo exclusivo de los escritores sino como patrimonio colectivo (aunque esto sea, de hecho, bastante relativo). En lo que concierne al aparato del estado, por ejemplo, las agencias culturales y educacionales han terminado reconociendo la relevancia (no siempre literaria, eso sí) de lo que suele llamarse a veces “literatura regional”. La segunda razón es que, desde 1975 a la fecha, el sur ha producido una decena de individualidades cuya obra, por calidad y cantidad, es un real aporte a la poesía chilena del siglo XX que no puede ser ignorado sin más. Aparte de los poetas considerados en esta investigación, habría que nombrar a Nelson Antonio Torres, Mario Contreras y Nelson Navarro, los tres en una línea que recuerda el historicismo neoépico y etnocultural de Riedemann; Heddy Navarro y Maha Vial, quienes poetizan la sexualidad y el cuerpo femenino; Mónica Jensen, Sonia Caicheo, cercana esta última a la sensibilidad religiosa de Rosabetty Muñoz; también, Aristóteles España, Mario García, Harry Wollmer y, entre los más jóvenes, Bernardo Colipán y Yanko González Cangas (quien además exhibe un notable desarrollo en la crítica), Jorge Velásquez, Paulo Huirimilla, Antonio Molina, entre otros, y, sobre todo, Jaime Huenún, quizás uno de los poetas más dotados de la generación post dictadura en el sur de Chile.[24] Por cierto, tratándose de una poesía todavía en curso, toda conclusión es provisional. Es claro, sin embargo, que uno de los puntos de unión entre los miembros de las nuevas generaciones es “la voluntad implícita o explícitamente expresada en no convertirse en residuos epilogales de los poetas chilenos que han concitado, casi exclusivamente [en el extranjero], la atención sobre la lírica de este país: Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Pablo Neruda” (Rodríguez, 125). Agreguemos algunos nombres más de poetas hasta ahora bastante difundidos en el ámbito internacional: Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Humberto Díaz Casanueva, Enrique Lihn, Jorge Teillier, Raúl Zurita... Ellos, sin embargo, no constituyen toda la poesía chilena.
[1] Tal como sugiere el título, se trata sólo de notas iniciales que tienen por finalidad entregar información pertinente para situar histórica y culturalmente a los autores y las obras que se estudian más adelante. Espero, asimismo, que estas notas contribuyan a motivar la realización de investigaciones históricas exhaustivas sobre la poesía chilena de los últimas tres o cuatro décadas del siglo XX. [En 2007 la Región de Los Lagos se dividio en dos regiones: Región de Los Ríos, con capital Valdivia, que comprende las provincias de Valdivia y Lago Ranco, y la Región de Los Lagos, con capital Puerto Montt, y que comprende las provincias de Osorno, Llanquihue, Chiloé y Palena. Dado que el libro se redactó antes de la división regional, la expresión “Región de Los Lagos” incluye las actuales provincias de Valdivia y Lago Ranco. Nota, septiembre 2007].
[2] Además de sus poetas fundadores, “Trilce” estuvo integrado por Federico Schopf, Walter Hoefler, el propio Juan Armando Epple. El grupo atrajo también la simpatía y colaboración del cuerpo académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades; Guillermo Araya, Félix Martínez Bonatti y, sobre todo, Luis Oyarzún, entre otros, son algunos nombres ligados a “Trilce”. Esta vinculación orgánica con la Universidad hizo posible que “Trilce” organizara en 1967 y 1972 el segundo y tercer Encuentro Nacional de Poesía Chilena Joven (Campos 17-38 y Epple 67-80).
[3] Producido el golpe, los militares allanaron la Universidad, sacaron, con las manos en alto, a todos los profesores que estaban entonces en dependencias de la Facultad de Letras. A un profesor de fonética lo detuvieron acusado de tener una radio clandestina (en realidad se trataba de instrumentos acústicos para hacer experimentos de fonética); a otro profesor lo detuvieron a la salida del campus, fue encarcelado y liberado más tarde al no haber cargos en su contra; pero se le prohibió caminar por los terrenos del campus. Se le canceló la matrícula a la totalidad de los estudiantes, los que fueron luego rematriculados; pero en este proceso se dejó sistemáticamente al margen a todos los estudiantes que habían sido partidarios del gobierno de Allende.
[4] Para el caso de los poetas de Osorno, la figura de Delia Domínguez, notable poetisa oriunda de esa ciudad y contemporánea de Jorge Teillier y Enrique Lihn, constituye un referente casi obligado. De hecho, Delia Domínguez siempre ha mantenido vínculos con los poetas de Osorno. Sin embargo, por el hecho de que Domínguez reside la mayor parte del tiempo en Santiago, en rigor no se puede considerar que sea parte activa permanente de la vida literaria osornina (no lo fue en los años 70 ni lo es ahora).
[5] Existe actualmente en Puerto Montt el sello editorial Polígono, que ha publicado libros de poesía; mayoritariamente de autores directa o indirectamente ligados al Grupo Polígono de los años 70.
[6] La mayor parte de la poesía chilena joven de los años 60 se desenvolvió como actividad de grupos, no sólo en el sur. “Arúspice” en Concepción, “Tebaida” en Arica, “La Tribu No”, la “Escuela de Santiago”, el “Taller de Letras” de la Universidad Católica, estos últimos en la capital (ver al respecto Campos, La joven poesía...;Yamal, La poesía chilena...; Bianchi, Poesía chilena...).
[7] Entre 1960-1973, en el sur de Chile, las ciudades de Concepción, Valdivia y Temuco, todas ciudades universitarias, lograron consolidar circuitos de producción y consumo literario propios.
[8] Me limitaré a un breve bosquejo histórico entre 1975 y 1990 principalmente. No se consideran, para efectos de estas notas, las agrupaciones y actividades que jóvenes poetas vienen realizando en el sur de Chile a lo largo de la década del 90 (salvo algunas menciones colaterales).
[9] En enero de 1976 se funda en Ancud el grupo “Chaicura” (palabra veliche que significa “la voz de las piedras”) integrado por Mario Contreras, Rosabetty Muñoz (poeta adolescente entonces), Amado Mansilla y Milagros Mimiéa. Tras un par de años de actividad, el grupo desapareció, pero Contreras y Muñoz pasarían a vincularse con “Aumen”, aunque no como talleristas activos.
[10] Para un recuento pormenorizado sobre el origen de “Aumen”, sus primeros integrantes y profesores guías, remito al libro Carlos Trujillo: un poeta del sur de Sudamérica, de Zelda Irene Brooks, pp. 49 y ss.
[11] Entre los grupos y talleres dirigidos por ex talleristas de “Aumen”, destacaron el Taller del Colegio Alemán de Valdivia, dirigido por Oscar Galindo; Taller Literario de Fresia, dirigido por José Teiguel; Taller Literario del Colegio El Pilar, Ancud, dirigido por Jaime Márquez; Taller del Colegio Seminario, Ancud, dirigido hasta 1994 por Rosabetty Muñoz; Taller del Liceo Ramón Freire, Achao, dirigido también hasta 1994 por Ramón Mansilla; Taller Literario del Liceo Politécnico, Castro, dirigido por Mario García y Nelson Torres. En Castro, además, funcionaron, entre 1979 y 1988, los llamados “Talleres Culturales”, entre los que hubo un grupo de literatura. Se trató, en realidad, de agrupaciones expresamente creadas para la actividad política del Partido Comunista, prohibido entonces, en el “frente artístico-cultural”. En lo estético no produjeron, ni buscaban producir, frutos importantes; pero sí, en su momento, contribuyeron a dinamizar la actividad literaria de Chiloé.
[12] Los poetas seleccionados y más tarde incluidos en el libro Poesía joven del sur de Chile fueron Milagros Mimiéa, Mario Contreras, Clemente Riedemann, Nelson Vásquez, Sergio Mansilla, Jermaín Flores, José María Memet, Gustavo Becerra, Nicolás Miquea y Farid Hidd. La mayoría de estos autores ha continuado escribiendo y publicando hasta el presente. También en 1977, la Universidad, a través de Walter Hoefler, intervendría en la publicación de las revistas Palabras: Revista de Crítica y Literatura Né 1 (y único), dirigida por el propio Hoefler, Poesía. Cuadernos de Poesía, editada por Pedro Guillermo Jara con presentación de Hoefler (sobre publicaciones en Valdivia entre 1975 y 1989, ver Jara, "Bibliografía literaria en Valdivia, 1973-1989”).
[13] Pedro Jara se refiere en detalle a este episodio en la entrevista “Escribir en la provincia es escribir para los amigos”, en Héroes civiles, santos laicos. Ver especialmente pp. 92-95.
[14] Una muestra tragicómica del clima represivo lo constituiría el hecho de que en 1982 un grupo de estudiantes de letras, organizados como grupo “Indice”, invitó al poeta Jorge Teillier a Valdivia, a quien, increíblemente, se le prohibió leer su poesía en dependencias de la universidad y todavía más: se le prohibió asistir como poeta invitado a una clase de poesía chilena del siglo XX para estudiantes de letras. Con todo, y a pesar de las condiciones represivas, Iván Carrasco, profesor de literatura de la Universidad Austral desde 1977, colaboró siempre con los jóvenes poetas y los apoyó cada vez que pudo, dentro y fuera de las aulas universitarias.
[15] Participaron en “Matra” Clemente Riedemann, Jermaín Flores, Hans Schuster, Pedro Guillermo Jara, Jorge Torrijos, Maha Vial, Rubén González, Jorge Ojeda, David Miralles, Sergio Mansilla, Miguel Gallardo, entre otros. También músicos, actores y pintores, entre éstos últimos Ricardo Mendoza y Roberto Arroyo, quienes hasta la actualidad siguen estrechamente unidos a la literatura en Valdivia como ilustradores y, en el caso de Mendoza, además como autor y editor de libros de poesía. Arroyo, en 1999, se trasladó a vivir a Estados Unidos.
[16] “Indice” estuvo integrado por Miguel Gallardo y David Miralles, quienes habían participado en “Matra”; Rosabetty Muñoz, Oscar Galindo, José Teiguel, Jamadier Provoste, Nelson Torres, Luis Ernesto Cárcamo, César Díaz-Cid, Cecilia Alvarado, Walescka Pino-Ojeda, más la participación de Iván Carrasco. Para detalles historiográficos sobre la literatura en Valdivia, remito a González Cangas, “Ritos de pasos...”
[17] Las “peñas” eran locales públicos autorizados donde se iba a beber vino tinto “navegado”, a comer comida típica chilena (empanadas) y a cantar. Normalmente había uno o dos grupos de músicos invitados, folkloristas o trovadores del “canto nuevo” que mezclaban el folklore con la música popular comercial y/o con las canciones de protesta. También cantores y poetas de entre el público podían subir al escenario y cantar o leer poesía. Por años, estos locales fueron los únicos espacios públicos donde se podía expresar la cultura contestataria al régimen. Entre el público asiduo a estas “peñas” estaban los agentes de seguridad, quienes asistían como “infiltrados” por motivos de vigilancia y control. Había que poner, como era obvio, cuidado en lo que se cantaba o recitaba; pero así y todo fueron verdaderos espacios de libertad política y cultural sin llegar al choque frontal con el gobierno.
[18] A diferencia de la jóvenes de 1975-76, los de 1990-91 no tuvieron la necesidad de refundar la institucionalidad literaria. Desde sus inicios, su labor se ha circunscrito a escribir y publicar. La calidad de los textos publicados es un punto sobre el que la promoción de poetas de los años 70 en general tiene reservas (ver entrevistas contenidas en el presente libro). Consignemos que entre 1990 y 1994, sin contar las revistas, se han publicado en el sur una serie de libros de autores surgidos a fines de los años 80: Voz Sero: muestra de poesía joven valdiviana (Yanko González Cangas, 1994), Desde Los Lagos. Antología de poesía joven (Jorge Loncón, 1993), Palabra inaugural. Muestra de poesía joven valdiviana (Jorge Torres, 1991), Arcosanto (Pedro Antonio Araya, 1991), Hombre sangrando a solas (Rodrigo Gaínza, 1993), Jóvenes poetas de La Unión (Yanko González Cangas, 1994), Poemas del Domingo 7 (varios autores, 1992), Primeros juegos literarios 1994 (varios autores, 1994), Antología poética. Nuevas voces (Grupo Arte Osorno, 1992), Zonas de emergencia (Bernardo Colipán y Jorge Velásquez, 1994). Para hacerse una idea más aproximada de las precarias condiciones de producción para los jóvenes autores en los años 70, remito al trabajo de Pedro G. Jara “Bibliografía literaria en Valdivia, 1973-1989”, en el que se describe las características físicas de las publicaciones de entonces. Ver datos bibliográficos completos en Apéndice.
[19] En 1977 Venegas edita Poesía X Región, antología de jóvenes poetas sureños de Valdivia a Chiloé. Ver Apéndice.
[20] Los talleres literarios en Santiago, en cambio, se desenvolvieron en un sentido distinto. Hacia mediados de los años 80 surgieron los talleres pagados (varios de ellos aún subsisten), especies de academias particulares de escritura creativa, a cargo de diversos escritores de cierto renombre que hicieron de estos talleres una fuente de ingresos económicos; por ejemplo, “Taller 9”, dirigido por Miguel Arteche; los talleres de narrativa de José Donoso y de Pía Barros; taller de poesía para las presas políticas dirigido por Bruno Serrano (con aportes de los países nórdicos). Desde 1991 funciona el taller de la Fundación Neruda cuya dirección ha estado en manos de Jaime Quezada y Floridor Pérez; aquí participan jóvenes poetas becados por la Fundación.
[21] Sobre la idea de anuncio de un nuevo futuro en la poesía del contragolpe y el fracaso de esta utopía, ver capítulo 8.
[22] González Cangas propone algunas marcas características de la poesía y los poetas chilenos (y valdivianos en particular) de los años 90. Según González Cangas, la caída del socialismo y de los “grandes relatos” políticos y el triunfo irrestricto del modelo de libre mercado han terminado por “acentuar la tendencia del joven a permitirse a no creer en nada y 'tener derecho a pasarlo bien' después de la instrumentalización profunda sufrida por la dictadura” (173). Este severo debilitamiento utópico se combinaría, en la poesía, con “imaginarios” de raíces religiosas, láricas, del “óxido” (“mueca burlesca y ambigua que corrobora el descreimiento de todo”), con “la subversión del género y lo profundo” (“Ritos..”, 170 y ss).
[23] Ya me he referido a la relevancia de Hoefler en Valdivia. Jaime Quezada, formado en el grupo “Arúspice” de la Universidad de Concepción, contemporáneo de “Trilce”, ha mantenido una permanente actitud de contacto con los escritores del sur, no obstante su residencia en Santiago (en 1989 vivió un año como escritor en residencia en la Universidad Austral). Ha sido un buen puente de información entre los poetas de la década del 60 y los post 73; pero su poética no ha sido nunca un referente muy significativo en términos de modelo literario. Floridor Pérez, originario del sur, también ha sido un puente de conexión entre “generaciones”; pero tampoco su poesía despierta un interés muy grande y no propone, para los poetas sureños óal menos hasta ahoraó, modelos de escritura productivos.
[24] No pretendo, como se comprenderá, hacer una lista exhaustiva de autores; sólo he nombrado a quienes, siendo inéditos o publicados, poseen cierta figuración pública en el ambiente literario regional y/o nacional, y que, además, han demostrado persistencia en el oficio de la escritura.