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El paraíso vedado. “Capítulo 2. Textualizando la temporalidad histórica: La ficción poética como resistencia política ”
Sergio Mansilla Torres

La idea de Walter Benjamin de que “la esperanza de lo nuevo futuro sólo se cumple mediante la memoria del pasado oprimido” (Habermas 23) bien podría ser un punto de partida posible para hablar de la poesía chilena en los últimos 25 años del siglo XX.[1] Una profunda y refractaria conexión con la historia pasada, presente y futura, así como una rigurosa -y a menudo atormentada- autoconciencia escritural que da paso a una escritura que se piensa a sí misma como un decir poderoso y precario a la vez, son, a muy grandes pinceladas, algunos de los rasgos caracterizadores de la poesía chilena en el período antes indicado.[2]

En un artículo cuyo propósito es rastrear ciertas huellas de Vallejo en los nuevos poetas chilenos, Carlos Trujillo ve en la poesía de la “generación post-golpe” una “coherente coincidencia” en el “temple anímico del hablante” con la poesía de César Vallejo, dado que “nada podía parecerles [a los nuevos poetas] más cercano a ese sentimiento de dolor y a la angustia del vivir-morir que ellos sufrían bajo un régimen opresor y negador de la cultura que una poesía del dolor y de la solidaridad como es la de Vallejo” (“Presencia” 106-107). El juicio de Trujillo, si bien exacto en lo tocante a los poetas por él comentados, requiere de alguna precisión.[3] El “dolor” y la “angustia del vivir-morir” no sólo afectan al “temple anímico del hablante”, sino que tienen alcances mucho más vastos. El vivir-morir es una contradicción no resuelta en varios niveles: escritura / ausencia de escritura (voz / silencio, página escrita / página en blanco), memoria histórica / olvido, confianza en la palabra poética / desconfianza y escepticismo, realizaciones plenas del ser / ausencia de realizaciones o realizaciones fallidas del ser, utopía / cuestionamiento radical de la utopía, solidaridad comunitaria / soledad del sujeto, ruptura / continuidad con la tradición poética. Estas oposiciones podrían, desde luego, multiplicarse; pero lo importante es que, por encima de cómo se despliegan y se intersectan en trabajos específicos de determinados poetas, existe, a mi parecer, por lo menos un eje común en la poesía del contragolpe: su fundamental y problemática conciencia histórica, en el entendido de que la historia no sólo es la contingencia exterior al texto sino que éste -y he aquí tal vez lo más significativo- es parte constitutiva de esa contingencia. Así, cuestionar o rechazar la historia presente equivaldrá, no sin contradicciones por cierto, a cuestionar o rechazar la propia escritura poética en su capacidad de significar la historia soñada, ese “destino” inalcanzable de plenitud. El texto machacará sobre su propio deseo de constituirse como espacio utópico en el que presumiblemente, de un modo imaginario, se podrían generar las condiciones para la satisfacción de los impulsos de justicia, libertad y plenitud ontológica del existir histórico:

La poesía chilena emergente de los ‘80 replanteará significativamente las relaciones entre discurso e historia, texto y realidad, acusando los efectos refundacionales del período dictatorial en el conjunto de la sociedad chilena. En términos particulares, en el proceso creativo desarrollado en los últimos años, resulta imposible disociar escritura y política, literatura y sociedad. (Cárcamo 31)

Y más adelante, el mismo Cárcamo agrega:

La poesía emergente de los ‘80 es un conjunto de obras poéticas diversas, que no sólo polemizan con la historia dominante, sino que, marcadamente, abren una polémica en su propio interior, unas con respecto a otras en la medida de su diversidad, colocándose en crisis la posibilidad de representación absoluta de alguna de ellas en relación a todo el proceso post-73. Este es representado, más bien, por un rico tejido plural y colectivo de prácticas poéticas. (33)[4]

Jaime Giordano, por su parte, propone la noción de “macrorrelato” como criterio de comparación para visualizar los cambios de la poesía chilena a partir de la década del 60.[5] Según Giordano, en los años 60 hallamos un macrorrelato triunfalista que en los años 70, principalmente a raíz del golpe de estado de 1973, es reemplazado por macrorrelatos derrotistas “en que la reacción de la derecha económica [y su poder militar, habría que agregar] se entiende[n] como actuando gratuitamente, en forma inesperada, contraria a los derechos del hombre” (“Tomás Harris” 9). En los años 80, en cambio, “cuando la catástrofe se ha hecho vida”, los macrorrelatos del patetismo de los 70 son desplazados por “macrorrelatos fragmentarios, sin tiempo, aherrojantes” que sobrepujan los esquemas de mundo anteriores, configurando “una situación comparable a la de esperar al borde del abismo, a punto de dar el paso hacia el desolado y liberador grado cero en que culmina la modernidad” ( 9).

Quizás el esquematismo de Giordano, en lo que dice respecto a la descripción del cambio de macrorrelato de una década a otra, no es congruente con la complejidad y pluralidad superpuesta en el tiempo de los registros de la poesía chilena desde los años 60 a los años 90. Recordemos que Juan Luis Martínez, cuyo trabajo desborda largamente el mero despliegue de un macrorrelato derrotista -poesía “inclasificable en los moldes habituales”, según Soledad Bianchi (59)-, dio a conocer sus libros La nueva novela en 1977 y La poesía chilena en 1978. Giordano, sin embargo, apunta a un hecho indesmentible: el que la poesía de los poetas post 73, poesía que emerge en el contexto de la destrucción del orden democrático del país, asume, en general, una distancia crítica no sólo con la contingencia inmediata sino también, y de un modo decisivo, con la capacidad del lenguaje poético para representar, en términos éticos, políticos y estéticos, dicha contingencia. Tal como veremos más adelante, algunos textos poéticos son en realidad textos metapoéticos, con la paradoja de que es justamente a través de esta condensación textual tautológica (“un perro mordiéndose su propia cola”, diría Jorge Torres) que se realiza el registro de la historia. Es por los intersticios de un decir desrealizante que se cuela la realidad. O dicho de otro modo: la precariedad de la palabra poética para referir lo sublime del horror de lo dictatorial, en tanto el acto de habla mismo se lleva a cabo en condiciones de (auto)represión, funciona a la vez como tema y condición para la constitución de textos liberados, o al menos severamente cuestionadores, de las afiliaciones político-doctrinarias tradicionales. Representar, entonces, la precariedad de la representación es representar el hecho real de la precariedad y, de paso, la imposibilidad de representar las vastas dimensiones de una historia signada por la violencia, la represión, la inseguridad constantes. Así, la “metapoesía” se vuelve testimonial, precisamente por dar cuenta de lo problemático que es atestiguar. En este sentido, la poesía de los años 80 y 90 se ve empujada hacia el “liberador grado cero de la modernidad”, al silencio mismo de un decir desgarrado que hace agua por todas partes.[6]

El propio Giordano escribe en otro lugar:

La ficcionalización [en la poesía chilena de los años 80] no consiste [...] en una máscara totalmente ajena al sujeto, sino, por el contrario, parece llevar hasta una exasperación lírica una figura sentida como real y propia. La ficcionalización se transforma, entonces, en un desarrollo. Dicho de otra manera, este discurso logra una reapropiación de las técnicas de la ficción para expresar imágenes definitorias que se sienten o presienten verdaderas. (“Poesía chilena” 320)

La cita, a propósito de la poesía de José María Memet, hace eco de la tesis de Cintio Vitier de que nos ha tocado vivir la poesía “no como literatura, sino como historia”, lo que equivale a decir, siguiendo siempre a Vitier, que la poesía se “distancia cada vez más de la ficción [...] para acercarse cada vez más a la encarnación” (citado por Giordano, “Poesía chilena” 340). Sí, pero distanciarse de la ficción no es sino una forma especial de articular la ficción de manera que produzca precisamente el efecto de la “encarnación”, lo que en la práctica significa que la “encarnación” es una manera de decir que lo real se vuelve ficticio y a la inversa, y que esa tensión no se resuelve sino como una especie de rotación interminable entre la ficcionalización y lo que podríamos llamar “desficcionalización” del discurso. La pluralización del sujeto de que habla Giordano puede leerse como el signo elocuente de la autoficcionalización múltiple con la que se constituye el yo. Se pone, así, en la superficie textual, la referencia al hecho de que las simulaciones enmascaradoras y el consiguiente vaciamiento de la profundidad unitaria de un yo esencial son la nueva “profundidad” del ser; la nueva realidad que no puede constituirse sino a través de la ficción; la nueva ficción que no puede leerse-vivirse sino como historia real. El yo se ha vuelto ahora plural, fragmentario, contradictorio, lejano de ese majestuoso y monológico yo colectivo nerudiano. Es por eso que el extraordinario florecimiento -en los entonces llamados “espacios alternativos”- de la poesía en los años de dictadura y en los de la renaciente democracia, constituye, de hecho, un signo de resistencia político-cultural y no sólo fenómeno literario en un sentido textual restringido. De ahí el legítimo reclamo de Cárcamo en el sentido de que si la crítica quiere leer con propiedad la poesía chilena de estos años tiene que fijar la mirada en el proceso colectivo, articulado como resistencia-propuesta política y no simplemente como continuidad o discontinuidad de la tradición literaria a través de ciertas figuras presumiblemente señeras.

La poesía fue una formidable arma política en los años 70 y parte de los años 80. La crisis provocada por el golpe de estado obligó a recomponer la institución literaria, a recomponer los códigos poéticos, a hablar sin decir y decir sin hablar, a leer entre líneas, a aprender a deconstruir los manidos discursos del poder, a reimaginar la historia en/con la ficción, a reficcionalizar el presente para rescatar y recomponer el pasado y viceversa, a balbucear una nueva utopía (proceso que no ha terminado obviamente; muy al contrario):

De esta manera, parece visible que la poesía se vio en la necesidad de contrarrestar un discurso público que interpretaba la historia y el presente a través del lugar común, el kish [sic] y la censura; pero, por otro lado, se vio también en la necesidad de recordar que la misma realidad era posible de ser sometida a las operaciones del lenguaje, fundando nuevas maneras de imaginar el mundo. Así, develación y enmascaramiento son claves permanentes de una escritura todavía en tránsito y búsqueda. (Galindo 205)

No es de extrañar, entonces, que Riedemann proclamara, en un texto escrito en 1984, que “se es poeta para la liberación”:

El trabajo del poeta consiste en tornar sensible en el sujeto y de modo sintético, la relación existente entre ambos niveles de opresión [el de la “red interna“ que constituye al sujeto y la “red externa” que “determina, condiciona y legisla la existencias de rasgos internos del sujeto, estableciendo así su opresión”] y expresar la posibilidad humana de alcanzar una forma de vida adaptada a las transformaciones continuas. En eso consiste la liberación.” (3)

La “belleza” poética en sí misma se vuelve subversiva porque es ya una forma de reimaginar el mundo y, por lo tanto, de chocar con la ideología oficial intolerante y excluyente. Pero a la vez, como indica Alexis Figueroa, este “compromiso” ético nada tiene que ver con las viejas y previsibles adscripciones y/o militancias político-doctrinarias que alimentaron por años el imaginario de la izquierda chilena y cuyas raíces vienen de la época del Frente Popular (1938). “Hay -nos dice Figueroa- una generación bastante cansada de la palabrería acerca de la ‘función del arte y su praxis’, una generación que se dedica a escribir, a inventarse a sí misma ella y su espacio de comunicación & la vida, no importándole acceder a los ‘huecos’ en lo oficial o la ‘disidencia oficial’” (20).

¿Estamos ante una nueva ética, un nuevo código de valores que autoriza a negociar, sin escrúpulos, con el poder, sin cuestionar la alienación que esto podría implicar? Federico Schopf, por ejemplo, al referirse a Primer arqueo de Riedemann, desliza la acusación de que el sujeto de la escritura “no cuestiona suficientemente su propia interioridad.”

La escritura de Riedemann no se hace siempre cargo -ni en la aplicación de estos códigos ni en la indagación de su mensaje encubierto- de las ideologías implícitas que hay en estos usos aparentemente espontáneos de la lengua y sus códigos [se refiere a las jergas juveniles de moda], resultando, así, instrumentalizada por sentimientos y representaciones propios de la praxis social denunciada. (“Fronteras...” 2)

La supuesta instrumentalización, sin embargo, bien podría ser la necesaria y consciente concesión de la escritura de Riedemann a la hora de la negociación semiótica con la realidad histórica.[7] ¿No sería esto la asunción de una estrategia de elocución que pasa por un simulacro de enajenación o al menos un simulacro de no cuestionamiento de las bases propias, en la medida en que desmontar el lenguaje del poder dominante es una operación de encubrimiento/ descubrimiento que sitúa al sujeto como si fuese él mismo parte de ese poder? Cabe aquí quizás invertir la afirmación de Foucault sobre el enmascaramiento del poder: la resistencia es tolerable (sobre todo si es resistencia a una dictadura que, con toda impunidad, violaba en forma sistemática los derechos humanos más elementales) sólo si enmascara una parte importante de sí misma.[8] La negociación, entonces, debemos entenderla como estrategia de desgaste del adversario, como autosilenciamiento que funciona, no obstante, como estrategia de intercepción, selección y tergiversación del poder para beneficio de los propios proyectos de resistencia (el libro Poemas encontrados y otros pre-textos de Jorge Torres es magnífico ejemplo de esto último).

Tal vez estemos, en efecto, ante una nueva ética cuyos alcances aún no pueden ser del todo percibidos. Nueva ética que comportaría una estética peculiarmente comprometida con la historia, caracterizada por el afán de refundar/reciclar el imaginario colectivo apelando a las estrategias de tensionar el lenguaje, la representación, desde posiciones subalternas y/o periféricas, de resistencia en todo caso, y negociar con los mecanismos ideológicos dominantes, sirviéndose de ellos para una recomposición del presente desde y a través del pasado [real y/o (im)posible], legando así para “los días venideros” la huella de un tiempo de profundas escisiones.[9] Apropiándonos una vez más de Benjamin, digamos que es posible leer la poesía chilena en el contexto de la dictadura (1973-89) y en el de la transición a la democracia (1990-95) como “una chance revolucionaria en la lucha por el pasado oprimido”.[10] Chance que, dicho de un modo muy general, opera en dos direcciones que se interceptan y unifican: 1) hacia el pasado en tanto la re-visión de la historia pasada ilumina el presente de la escritura (Karra Maw’n, de Riedemann; De la tierra sin fuegos, de Juan Pablo Riveros; En el país de la memoria, de Elicura Chihuailaf; Cipango, de Tomás Harris; De Indias, de Nelson Torres; La gallina ciega y otros poemas, de Mario Contreras, entre otros libros que de modo diferente re-construyen el pasado como metáfora del presente y viceversa); 2) hacia el futuro, en tanto el registro del presente-pasado y sus fisuras funciona como una deuda que se paga por anticipado a las generaciones futuras para que éstas puedan “rememorar los días felices de la memoria” así como “el oscuro café bebido antes que el sol se yerga” (Contreras) (Palabras para los días venideros, de Contreras; Dawson, de Aristóteles España; El invierno, su imagen y otros poemas azules, de Chihuailaf; Los territorios, de Trujillo; Hijos y Baile de señoritas, de Rosabetty Muñoz).[11] Sólo saneando el presente con la palabra, aprendiendo a convivir con sus fantasmas, sus precariedades más profundas y dolorosas, las generaciones venideras no tendrán que pagar una deuda con la historia como las generaciones presentes lo han hecho y lo están haciendo, aunque semejante redención anticipada del futuro sea en definitiva una empresa demasiado grande, imposible, para la poesía.


[1] Habermas parafrasea la tesis XVII de Benjamin “Sobre el concepto de historia”. El texto de Benjamin, en traducción de Pablo Oyarzún Robles, dice a la letra: “En esta estructura [la mónada], [el materialista histórico] reconoce el signo de una interrupción mesiánica del acontecer o, dicho de otra suerte, de una chance revolucionaria en la lucha por el pasado oprimido.” (Benjamin 63-64)

[2] Alonso, Mestre y otros puntualizan algunas características de la poesía post 1973: “la reflexibilidad” del texto sobre su propio proceso productivo; el hablante “es siempre un sujeto violentado”; “generalizada tendencia al uso del lenguaje coloquial y narrativo” en función de potenciar lo “no dicho”, lo “sobreentendido”; uso del “simbolismo icónico”; “resemantización de un espacio simbólico en la poesía de habla hispana: la noche”, unida a la resemantización de la palabra “Chile” (cf. “La diáspora”, Las plumas del colibrí, 9-52).

[3] Trujillo comenta a Gonzalo Rojas, poeta de evidentes raíces vallejianas, como ejemplo de la presencia de Vallejo entre los “poetas mayores”. Entre los “nuevos poetas” posteriores a 1973 cita “exclusivamente a poetas del Taller Literario Aumen de la ciudad de Castro”: Sergio Mansilla, Rosabetty Muñoz, María Angélica Mansilla, Míriam Torres, Héctor Véliz, Nelson Torres.

[4] Cárcamo intenta, por un lado, elaborar un mapa descriptivo inicial de las principales “líneas de trabajo” abiertas por la poesía chilena de los años 80 que dé cuenta de algunos rasgos distintivos del proceso literario. Por otro lado, su propuesta de lectura desarrolla la tesis de que la crítica, vigente todavía en 1990, permanece anclada en los años 60, “basada en modelos conceptuales de rasgos trascendentalistas”, que, como consecuencia, tiende a buscar el “gran poeta”, los “grandes temas” o la “gran revelación literaria” y no sabe “colocar el acento en el proceso histórico colectivo en juego” (“Convergencias” 31-45).

[5] Giordano entiende por “macrorrelato” “esquemas de mundo que sobrepasan el poema, y que se instauran por encima de la ‘poesía de los poetasí, aunque no necesariamente llegue a formar ‘mundo poéticoí en el sentido que le dan a esta expresión Bachelard y Durand.” (“Tomás Harris” 9)

[6] Zurita estima que “el aparecimiento de lo no dicho como eje ordenador del lenguaje” es una de las consecuencias claves del golpe militar en el sistema del lenguaje en uso: “La comunicación es necesariamente sucia, los términos han dejado de ser unívocos en el sentido más lato de la palabra para ser, en cambio, espectrales. Cualquier afirmación recorre necesariamente todo el rango que va de su contrario a lo no dicho, de su constatación a su desmentido” (6-7). Zurita, sin embargo, no considera el hecho de que lo “no dicho” en poesía venía ya apareciendo desde antes de 1973. Con todo, sí es efectivo que la “espectralidad” del lenguaje se vuelve moneda corriente de vastas proporciones después del golpe militar.

[7] No perdamos de vista lo que el propio Riedemann sugiere en la cita de más arriba: “[..] expresar la posibilidad humana de alcanzar una forma de vida adaptada a las transformaciones continuas.” Se me hace claro que Riedemann busca construir un sujeto poético que se libere de la urgencia de tener que ir contra la corriente de los cambios históricos en un gesto de radical rechazo de lo real presente, que lo vuelve reaccionario en última instancia. Le es más confortable la imagen de un sujeto abierto a la actualidad (imagen identificada con la realidad), adaptado a los cambios históricos; pero torciéndoles la nariz a los estereotipos y a los mitos cultivados por los opresores.

[8] “El poder es tolerable sólo si enmascara parte considerable de sí mismo” (Foucault 113). Y sobre la resistencia al poder, el mismo Foucault afirma: “Pero más frecuentemente nos enfrentamos a puntos de resistencia móviles y transitorios, que introducen en una sociedad líneas divisorias que se desplazan rompiendo unidades y suscitando reagrupamientos, abriendo surcos en el interior de los propios individuos, cortándolos en trozos y remodelándolos, trazando en ellos, en su cuerpo y su alma, regiones irreducibles" (127).

[9] Schopf insiste en que la imaginación y la práctica poéticas de las “marginalidades órespecto a una subcultura oficial a la que no se reconocía legitimidad”, en muchos casos suele reproducir la ideología de la “economía de libre mercado” supuestamente impugnada (cf. “Algunas consideraciones” 27). Es así en efecto; pero esto no significa necesariamente la anulación de los impulsos dislocadores de la poesía como sí parece sugerir Schopf.

[10] “Articular históricamente el pasado ónos dice Benjaminó no significa conocerlo ‘como verdaderamente ha sidoí. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro” (tesis VI “Sobre el concepto de historia”; 51).

[11] Por cierto que todos los libros nombrados dialogan críticamente con la temporalidad histórica. Decir que unos libros “miran” hacia el pasado y otros hacia el futuro es sólo una estrategia metodológica, apoyada, eso sí, en el énfasis temático de estos volúmenes.




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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "El paraíso vedado. “Capítulo 2. Textualizando la temporalidad histórica: La ficción poética como resistencia política ” ."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    7 de septiembre de 2007.
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