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Sergio Mansilla Torres." Buque de Arte. Poesía reunida 1975-2005".
El paraíso vedado. Ensayos sobre la poesía chilena (1975-1995). "Tabla de contenidos"
El sol y los acorralados danzantes: "Indice de secciones del libro"
La iluminada circunferencia
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El sol y los acorralados danzantes: "Mito-historia"
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El sol y los acorralados danzantes: "Paisaje con un cuchillo en el centro"
El sol y los acorralados danzantes: "Murmullos y misterios"

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El paraíso vedado. “Conversación con Jorge Torres”
Sergio Mansilla Torres

“Uno cuando escribe no sabe de qué escribe”

Sergio Mansilla: Jorge, hojeo tus libros y me saltan nombres como Fernando Pessoa, César Vallejo, Jorge Teillier, William Carlos Williams, Gérard de Nerval, entre otros. Nombres de autores en los que te apoyas, con los que dialogas, con los que te enojas, a los que les robas ideas, versos. Me gustaría que hables en general de las “leches” literarias que has mamado y que te han ayudado (o impedido, nunca se sabe a veces) en tu formación como poeta. Me gustaría también que te refirieras específicamente a Gérard Nerval (El buen Gerardo) y su papel en la concepción de Poemas renales, especialmente en el tratamiento de la enfermedad como metáfora que encierra una ácida crítica al orden de las cosas, orden histórico y orden cósmico-divino de eso que llamamos mundo o vida. ¿Hay algo de “Aurelia” de Nerval o de otros textos de este autor? ¿Por qué Nerval?

Jorge Torres: En rigor, habrá pocos poetas chilenos que hayan leído a los autores [en lengua no castellana] de sus preferencias en su idioma original. Desde la perspectiva de las influencias somos, pues, poetas de segundas aguas. Ahora bien, esto lo expreso no para descalificar ni subvalorar nuestra producción poética, sino para dar una real medida de esas supuestas influencias: otros han puesto en nuestra imaginario y han poblado nuestra subjetividad con ideas acerca de una cierta poesía francesa o inglesa, según sea el caso. He bebido de distintas y disímiles leches literarias y habré estudiado con seriedad a algunos más que a otros. Descubrí tempranamente, a los 15 años, a Fernando Pessoa, por ejemplo, y la originalidad, la hondura y el espesor metafísico de su dolor me han conmovido desde entonces. Cito de memoria: “hombres... cadáveres a plazo que se procrean.” O a Vallejo: “tuve un día feliz el año pasado que ya ni supe qué hacer con él...” Me preguntas por el buen Gérard; por qué Nerval... Sí, debo decirte que sí lo he leído con atención, pero no tanto su obra, valiosa desde luego en el concierto de sus contemporáneos románticos franceses, sino ciertos aspectos de su vida y su fin. Le veo colgado de una verja (otros dicen que de un poste de gas) en una calle parisina como el ejemplo patético de un hombre, de un poeta, abatido por el exceso de “realidad”. Es cierto, escribió pocos versos y su prosa es más abundante que su poesía. Pero es también el más moderno de los románticos franceses. Me interesó siempre su afán por aparecer fuera del circuito de los poetas, de no ser objeto de la exhibición ególatra, hecho que podemos afirmar con una anécdota importante de su vida: cuando el famoso fotógrafo Nadar lo retrata, él mismo escribe al pie del grabado: “Yo soy el otro”. Luego solicita a un amigo que diga por allí que “es un retrato parecido pero póstumo...” como reconociéndose ya en su muerte venidera... Como tú sabes, yo incorporo estos elementos en el poema con que cierro mis Poemas renales que desde la precariedad de la vida saluda al futuro y su incertidumbre diciendo: “mi situación es buena, pero todo pertenece al futuro”, ocho meses antes de quitarse la vida. Para mí, Nerval es una figura tan querida porque representa el delgado hilo por el que caminamos y particularmente quienes hemos buscado en el arte y la literatura el consuelo necesario para seguir este tránsito. Nadie más alejado que él de la fanfarria y de los honores con que suele alimentarse el ego habitualmente hipertrofiado de los poetas y, más aún, de los poetas oficiales. Su muerte anunciada, oscura y anónima, ha llegado hasta nosotros como una muestra de conducta y consecuencia. Por cierto, no estoy haciendo la apología del suicidio; sólo digo que me parece absolutamente legítima esa opción, que es la opción de la máxima lucidez en un poeta, la rúbrica de su último verso del largo poema que ha sido toda su vida. ¿Que está llena la historia de poetas y artistas suicidas? Pues bien, yo me quedo con el suicidio de Gérard de Labrunie, alias Gérad de Nerval.

S. M.: El tema de la enfermedad o del accidente, en general, el tema del desvalimiento físico y espiritual está presente desde Recurso de amparo hasta en tus últimos poemas. En concreto, a la luz de una relectura desde el presente de tu libro Graves, leves y fuera de peligro, ¿quiénes serían los graves, los leves y los que están fuera de peligro? En buena medida, pregunto por la validez estética, histórica, antropológica de este libro, visto a más de una década después de su publicación. Por otra parte, ¿en qué medida la insuficiencia renal completa que te afectó durante un tiempo bastante largo contribuyó a cambiar o acentuar ciertas tendencias temáticas y/o estilísticas de tu escritura? Me refiero a si esta difícil circunstancia en tu vida condujo también a una difícil circunstancia en la escritura, a una práctica “agónica” del escribir. ¿En buenas cuentas, cómo vinculas vida y escritura en tu caso particular?

J. T.: Un sector importante de la sociedad chilena vivió una época de conmoción que no ha dejado indiferente al resto por más que se hagan esfuerzos por olvidar. Pero ya sabemos que el olvido es una medicina que actúa a largo plazo

Después la historia se encargará de destruir e inventar los mitos. Por mi parte, siempre he considerado que durante ese tiempo de tragedias personales y colectivas todos los que sobrevivimos quedamos graves, leves, o fuera de peligro, en el decir de la retórica periodística. Los poemas que aglutina ese libro son una especie de sumatoria de dos pequeños libros anteriores:Recurso de amparo (1975) y Palabras en desuso (1978).

Uno da cuenta de su circunstancia, quiéralo o no. Digo esto en mi nombre y en nombre de todos aquéllos que no hablamos por boca de ganso. Esto es hacer de palabra y vida, escritura y vida, la cantera de donde vienen los materiales de tu poesía. Desde luego, el haber vivido una circunstancia de vida terminal y tener una “segunda oportunidad” en la recuperación de tu salud -como ya he dicho- no te hace mejor o peor poeta. Te hace adquirir un nuevo status: el del sobreviviente y por ello entonces escribes de ese viaje y su regreso. Claro que para ello debí demorarme casi diez años, pues necesitaba el debido distanciamiento con la emoción y el miedo; necesitaba que mi valor retomara su puesto. Uno cuando escribe no sabe de qué escribe, por más que visite el Cuarto de Derrota,[1] lugar en donde se fija el derrotero en una nave, hasta que al fin comienza uno a darse cuenta de que es capaz de doblegar la emoción por medio de la palabra adecuada, el adjetivo preciso, la idea lúcida, la palabra medida, la imagen feliz. Y aun cuando siempre te rodeará un estado de insatisfacción, cuando la crónica de tu viaje la consideres completa al haber verbalizado tu pequeña Odisea, habrás cerrado otro círculo de los nadiesabecuántos te corresponden...

Por ello, pienso que la vida de los poetas, como la vida de cualquier ser humano, a veces está hecha de retazos, de puras anécdotas, chistes acaso; otras, de historias más extensas; otras, de peripecias más intensas y más o menos dramáticas... En fin, algunos logran contarlas, otras son materia de cominillo, otras se pierden en la banalidad de la conversación cotidiana. La “maldición” del poeta es que él sabe qué hacer con esos materiales y ése es su trabajo. Los demás no tienen obligación alguna frente a los avatares con que la vida nos entrampa.

S. M.: “Toda caricia, toda confianza/ se sobreviven”, escribías, más bien transcribías, como epígrafe en un poema de amor ya bastante antiguo (“El descubridor”).[2] ¿Repetirías a Eluard hoy nuevamente con la misma confianza? Te lo pregunto porque me consta de que el tema del amor es un tema recurrente en tu escritura. ¿Cómo concibes el amor para efectos poéticos? ¿Estamos ante la continuidad de un cierto romanticismo, quizás más ligado al bolero (del que eres también cultor) que a la literatura misma, o habría un especial afán de torcerle el cuello al amor, a Don Amor, como diría Juan Ruiz, el Arcipreste?

J. T.: Quisiera responderte con una frase atribuida a Wittgenstein y con la cual concuerdo plenamente: “Quien está intranquilo por amor, obtendrá poca ayuda de una explicación”. Para “efectos poéticos”, concibo al amor como cualquier mortal que haya sido atacado en alguna fase de su vida por este sentimiento misterioso. Y claro, me refiero al amor erótico de los adultos. Aquél que hoy en día tiene sus propias leyes, reglamentos y códigos y que goza de cierto prestigio y validación para quien lo ejecuta según las reglas en boga por determinadas comunidades culturales. Por tanto, cuando escribo sobre el amor, lo hago desde la paradoja misma, es decir, desde su propia naturaleza; con su propia dialéctica y naturalmente desde la perspectiva del varón, al que los códigos occidentales le han encargado los ritos activos del apareamiento y cuya visión es sustancialmente distinta a la de las hembras. En la actualidad, estoy dando término a un libro que se llama La dicha vacante, libro que intenta sumergirse en los tropiezos de este gran equívoco humano que, como bien apuntas en tu pregunta, es un tema recurrente en mi escritura, y que, a la vez, constituye la fuerza más poderosa, que como sentimiento colectivo, ha justificado gran parte de la empresa humana, sea ésta de la índole que sea.

Mi visión del amor de pareja es bastante desconsoladora vista desde la perspectiva de espíritus ingenuos, pero la veo también como fuente inagotable de humor y contrasentido. Definitivamente, estoy más con el amor pasión que con la caricatura que vende la sociedad de consumo en un paquete que incluye flirteo, romance, noviazgo y matrimonio hasta-que-la-muerte-nos-separe.

¿Qué por qué canto boleros entonces? Primero, porque me gusta cantar; segundo, creo que es una faceta más y la prolongación de mi oficio de actor; tercero, el canto ha sido para mí parte de una estrategia de sobrevivencia también. Cantando he ayudado a que mi magra economía no se desmorone del todo. No te olvides que he cantado y he hecho grabaciones, profesionalmente.[3] De otro lado, creo que el bolero junto con ser el himno latinoamericano del amor de pareja de la clase media urbana de nuestra América, es, además, un resabio de las ideas románticas puestas en canciones de estructuras musicales simples. No hay que olvidar la influencia que en los compositores de boleros tuvieron poetas como Rubén Darío, López Velarde, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera, quienes, inscritos en la escuela modernista, proveyeron durante cuatro décadas [del siglo XX] de tópicos suficientes como para iluminar el cielo romántico de nuestros abuelos y padres, amén de dar a conocer una forma de poesía popular -la de sus letras-, tal vez la única a la que las clases populares de Latinoamérica tuvieron acceso en esos momentos.

S. M.: ¿Por qué la práctica de armar un libro como Poemas encontrados y otros pre-textos con textos recortados, amplificados, sacándolos de su contexto original? ¿Respondía a una expresa voluntad de renunciar a una escritura propia o a la compensación -siempre imperfecta como toda compensación- por una cierta, digamos, “incapacidad” de escribir con una palabra propia? ¿O fue una manera de hacer notar que no hay palabra propia, que la poesía es de todo o de nadie? ¿Cómo evalúas hoy día ese libro que ha sido bastante estudiado y comentado, por cierto?

J. T.: En tus preguntas están las respuestas pero además me gustaría agregar una teoría novedosa que recientemente me planteaba el poeta David Miralles. Esta es que este libro quizás no sea sino un suerte de espejo en donde se miran todos mis demás libros. Me explico: el haber sido el autor de un libro con estas características, no sería sino la intención inconsciente de poner en evidencia los lenguajes que me interesan y que de una u otra manera me han permeado cotidianamente. Desde esta perspectiva, yo sería autor de un sólo libro, escrito y reescrito, teoría, por lo demás, bastante extendida en la creación de todo escritor.

La evaluación que hoy día hago de ese libro que aparece en mi producción como algo “exótico”, como un ejercicio de originalidad y excentricidad, fuera de los cánones aceptados como lo-que-debe-ser-un-libro-de-poesía, la evaluación, digo, de ese libro es sumamente gratificante. A la postre, ha resultado ser una cantera inagotable de materiales y motivaciones varias. Claro que no estoy para nada de acuerdo contigo cuando expresas: “ese libro que ha sido bastante estudiado y comentado”, pues considero que el libro de marras ha sido comentado por ti y algunos compañeros de viaje literario como César Díaz, Yanko González, Julio Piñones, por ejemplo, y que esa crítica ha quedado circunscrita a un pequeño grupo de “iniciados”. Para qué vamos a hablar de sus lectores. Éstos sencillamente deben ser contados con los dedos de una mano. Bueno, pero lo importante es que es parte de mi pequeña obra y parte indisoluble de mi propia “escritura”, tan mía que hasta el nombre de mi último libro proviene de estos poemas encontrados y sus pre-textos.

S. M.: ¿Qué validez le ves tú a la noción “poesía del Sur”? ¿En qué términos se puede efectivamente usar? ¿Cuánto nos ayuda a situarnos en el escenario de nuestro trabajo creador?

J. T.: La noción ha sido usada, consciente o inconscientemente, por nosotros mismos como herramienta estratégica para reivindicarnos frente a las escrituras que se hacen en otros lugares de este espacio geográfico que es Chile, tan largo ¿no? Sin embargo, a mí me parece que hemos caído tal vez en nuestra propia trampa. Hablar de “poesía del Sur” también significa -no sé si con un ánimo separatista o no- hablar de una poesía del Norte, una poesía del Centro... No obstante, creo que para nosotros está claro que la poesía que escribimos lo hacemos en el Sur de Chile, pero urbi est orbi; una poesía que está señalada por un tiempo preciso, por una cultura común. Hoy día resulta un poquitito anacrónico pensar en una poesía en el Sur de Chile cuando vemos que la globalización, que la internacionalización de las culturas, es un hecho tan evidente, lo que nos obliga a tener otra perspectiva de estos atisbos regionalistas.

Hoy día ya casi hemos dejado de ser naciones-estado para ser, tal vez, meras zonas geográficas, ámbitos de consumo o de producción, en una cultura cada día más homogénea. Pero, por otro lado, también estamos los que pensamos que habría que reivindicar ciertas culturas regionales, defenderlas del tremendo influjo que tienen hoy día los medios comunicacionales que buscan hacer de todas esas culturas una sola. Borrar de la faz de la geografía todas esas manifestaciones que son plurales, que son diversas, que son diferentes.

En verdad, estamos viviendo en una época contradictoria. Nosotros dos llegamos a la cola de este fenómeno y nos cazamos en nuestra propia trampa, como he dicho. Pero yo siempre creí que todo esto era una manera de señalar, en el mapa de la producción literaria chilena, a la zona Sur como un polo de producción constante, que busca hacer prevalecer la calidad por sobre la cantidad, y que ha mostrado durante bastantes años una producción interesante, importante, que no tiene su símil en lo que ha ocurrido en Santiago, por ejemplo. En Santiago, ha habido una dispersión de esa producción; están los mismos de siempre, y los que no están, están en el extranjero; pero siempre vienen a dar una vuelta de cuando en vez para decir: “¡Presente!, estoy aquí yo, no se olviden de mí”.

Y está el otro fenómeno también: la internacionalización de nuestros intelectuales. La mayoría de ellos ha salido fuera del país, generalmente a los Estados Unidos en búsqueda de su “realización profesional”, por un lado, y, por otro lado, para acrecentar su visión del mundo que nos ha tocado ver, vivir y sufrir. Yo no creo en una literatura puramente regionalista y, desde luego, no creo que nuestra literatura sea regionalista. Si en ella se hace de pronto evidente que estamos hablando de un sector determinado, es para decir que tenemos “residencia en la tierra”, residencia en nuestra tierra. Creo que la visión del mundo se está expandiendo cada vez más y el desafío de poetas futuros va a consistir probablemente en no dejar de ser o pertenecer a una cultura en la que a uno le han dado de mamar y ser a la vez un poeta del mundo.

Ahora, respecto de la producción de los últimos poetas, de los poetas del fin de siglo, yo considero que la calidad de la poesía que me ha tocado ver y leer es floja, es deficitaria en lectura, en cultura literaria, en cultura general incluso; los veo desmañados, no los veo entusiasmados por sus propios espíritus. Han llegado a la poesía por otras razones tal vez, que más bien tienen que ver con el fenómeno sociológico o psicológico de satisfacer una necesidad creativa. Supongo que será porque todavía en Chile los poetas gozan de la fama de chiflados y, como los locos medievales, todavía el poeta es la figura a la que se puede respetar y de la cual uno mismo se puede también mofar. Estamos todavía al lado del “tonto del pueblo”; pero de uno depende poder decir verdades y que no lo metan preso, por lo menos. Le van a tener entonces algún grado de respeto, lo mismo que decía Jorge Teillier hace tiempo atrás.

Me llama la atención, por ejemplo, el afán de éxito fácil de muchos jóvenes. Sé que son productos e hijos de su época; nunca como hoy día es tan fácil ser escritor. Es más fácil ser poeta probablemente; se escribe menos, como me dijo una vez un muchacho, y uno pretende decir más; como que no hay tanto trabajo en ser poeta como en ser novelista. Estamos viviendo, entonces, el oficio por la cantidad de producción. Me molesta muchísimo el afán por hacerse un espacio como intelectual forzando las cosas; por ejemplo, llamarse a sí mismo “traductor” cuando no se conoce el idioma, si bien puede que yo sea capaz de hacer una recreación de poemas traducidos por otros, pero eso no me convierte en traductor. En general, me llama la atención la falta de rigor para situarse dentro de sus propias capacidades; hay antologadores que no tienen ningún conocimiento o un conocimiento muy parcial sobre la realidad de la creación poética de una zona equis. Allí tenemos antologías como la de Erwin Díaz, por decirte algo. Como faltaba una antología, ha sido un éxito de ventas. Creo que lleva la tercera o cuarta edición, y es tan poco seria que cada vez le va agregando uno o dos o tres poetas más. Entonces es una antología acomodaticia. Una vez escuché a un intelectual gringo que me dijo: “Yo estoy en una antología definitiva”. ¿Existe ese concepto de las antologías definitivas? ¿Será una antología que no crece más? Lo cierto es que esta otra antología crece.

Jóvenes que publican revistas, pero que les falta el aliento para continuar con ellas; les falta también la hidalguía, la bizarría de enfrentarse a la polémica. Dan dos o tres mordiscos y se arrancan, y no son mordiscos intelectuales. Eso me preocupa: la situación mendicante, de pobreza intelectual en la que los jóvenes aparecen de pronto con un libro y lo publican. La falta de crítica ha estado produciendo este tipo de delirio, sin ninguna exigencia de rigor. Me preocupa, además, no ver que haya gente superando lo que nosotros hemos hecho. No digo superar en el sentido generacional: quiero decir que no los veo debatiendo, no los veo estudiando. Ha habido muchas historias de talleres y muchos talleres, pero habrá que esperar no sé cuántos años más; lo cierto es que yo siempre pensé que detrás de nosotros venía otra gente, y no se ven ni en cantidad ni en calidad. No los veo.

S. M.: Hay que considerar que el clima intelectual que vive el país a partir de la transición a la democracia, iniciada en 1990, se ha caracterizado no precisamente porque se generen espacios polémicos; digo polémicos en un sentido recto: diálogos de alto nivel en el terreno político, por ejemplo. Las polémicas que se generan son realmente de un nivel lamentable y de temas que a mucha gente les interesa muy poco. Ciertos temas, que son de fondo, se los rehuye y se los rehuye porque hay acuerdos, arreglos y arreglines, o vaya a saber uno qué es lo que hay. Lo cierto es que hay miedo. Persiste el miedo, el temor, ya no a la represión física brutal o a que se allanen las casas a ciertas horas, sino el miedo a decir lo que se piensa de una manera recta, directa, que eche por tierra ciertas cosas que se asumen simplemente como obvias y que en realidad no son obvias.

Creo que en este sentido el clima intelectual del país no favorece mucho a los muchachos jóvenes que están en un momento de formación inicial. Muchos de ellos son estudiantes; el sistema educacional sabemos cómo está en este país: llegando a un punto crítico muy grave por el desfase del que este sistema adolece en relación con el tiempo histórico real. Uno podría rastrear algunas causas sociológicas por este lado.

En cierta medida quizás también nosotros mismos, como miembros de una promoción anterior, hemos fallado en lo que tiene que ver con la capacidad para posicionar un decir, una manera de ser y de escribir. ¿No habría una suerte de excesivo aislamiento o, si no aislamiento, al menos sí una restricción en términos de difusión del trabajo nuestro y que eso, de alguna forma, estaría afectando el conocimiento de la historia de la literatura chilena de fin de siglo XX?

J. T.: Estoy de acuerdo con lo que tú dices; no había olvidado en mis argumentos anteriores esos antecedentes; los daba por sentados, en realidad. Hay cosas que se omiten por demasiado conocidas y por demasiado conocidas se olvidan. La verdad es que los pocos jóvenes intelectuales que vinieron detrás de nosotros se encontraron en estos últimos diez años, como tú dices, con un ambiente muy “muelle”.[4]

Se encontraron con que habíaFondart, que había Fosis, planes comunales para la cultura, para los jóvenes, es decir, que había programas de apoyo y de ayuda y que, además, no era difícil acceder a ellos.[5] Habrá que preguntarse hasta qué punto también estas apoyaturas para ayudar al arte y la cultura no están haciendo un “flaco favor” a la creación, en el sentido de que a ésta se le asegura por lo menos que va a estar bien ordenada en un papel, con un plan, un método de trabajo predefinido, unos ciertos probables resultados. Pero no se asegura de que eso vaya a tener un valor artístico, porque siempre se está hablando de impacto social, no de arte. “Impacto social” es hoy en día el nuevo fetiche: ¿qué es lo que tendría que entregar el arte eventualmente a la sociedad? Al parecer que la gente tendría que sentirse “más feliz”. ¿Más alienada por la televisión? ¿Más alienada por el teatro? ¿Más alienada por la poesía? Son preguntas que podríamos empezar a hacernos si queremos cuestionar este mismo sistema. Tenemos la obligación de hacerlo, nadie más lo va a hacer; si no van a seguir profitando los pseudoartistas, los pseudointelectuales, y ganar o no ganar un concurso será la medida del éxito.

Hay un cierto ambiente contextualizador, relajado, no cuestionador que viene de la crisis histórica de los años 70 que para mí no ha sido solucionada todavía en la sociedad chilena, y que tiene que ver con la reconciliación. No puede reconciliarse un país a no ser por el olvido que naturalmente produce el tiempo. Un gran segmento social ha sufrido una derrota política, una derrota histórica importante, segmento del que no se da cuenta en ninguna parte y al cual todo el mundo pretende echarle tierra.

S. M.: Derrotados incluidos...

J. T.: Derrotados incluidos. Incluso más, muchas veces la borradura parte de ellos. Creo que ha habido un cierto estado de desapego por la obligación connatural al hecho de ser intelectual o artista, que es de cuestionar estas realidades a través de una mirada incisiva sobre la sociedad, correctora, moralista si tú quieres. Creo que éste ha sido siempre el papel histórico del intelectual a partir de Sócrates en adelante. Los intelectuales nunca han evadido ese espacio de tensiones, con arrojo, con espíritu combativo. Actualmente hay en nosotros mismos, como sociedad chilena, una actitud floja, blanda, para enfrentarnos con estos nuevos problemas. Estamos viviendo un espacio, a pesar de esta luminosidad de neón, bastante oscuro. Ya no hay certezas ideológicas. El error intelectual chileno, creo, es haber pensado que nosotros habíamos sido derrotados en toda la magnitud. Pero no. Sigo convencido de que los intelectuales tenemos la obligación siempre de pensar que el trabajo nuestro es un trabajo de reedición continua, de reedición diaria de los significados, no como gendarmería ideológica desde luego. Pero sí debemos tomar con mucho recelo esta relación, tan débil, tan fugaz, tan veleidosa, tan belicosa, entre el poder y la creación, entre los operadores del poder y el poeta. Tenemos antecedentes de que nuestro trabajo no es inútil, al contrario; creo que es una cosa dialéctica, inevitable de los intelectuales o de los artistas, el que estemos cuestionando la sociedad para hacerla un espacio más habitable, más creíble, un espacio donde se edifique alguna posibilidad de felicidad, de aspiración a felicidad o de aspiración a una plenitud que eventualmente nos ha sido prometida, tanto por los filósofos como por las religiones; por esta necesidad de trascendencia que llevamos todos... Deseo imposible de satisfacer, pero que mueve las energías más fundamentales del ser humano.

Valdivia - Osorno, mayo 1996 y agosto de 1999



[1] “Cuarto de Derrota” es el título de uno de los poemas de Poemas renales.

[2] En Graves, leves y fuera de peligro, p. 65.

[3] En 1993 se editó la cassette “En nosotros”, que contiene 12 boleros clásicos interpretados por Jorge Torres. Se trata de una edición privada de circulación restringida, producida en Valdivia y Santiago por Barba de Palo Ediciones y Salinas y Anzieta Asociados.

[4] Expresión que alude a un estado de mediocridad sin puntos altos, sin zonas de tensión generadoras de dinamismo.

[5] Torres se refiere a diversos programas gubernamentales, creados a partir de 1990, de apoyo a la cultura y a la “inversión social”, administrados algunos por el gobierno central y otros por los gobiernos municipales o regionales.




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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "El paraíso vedado. “Conversación con Jorge Torres” ."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    7 de septiembre de 2007.
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