“[En chile] hay más socio-escritores que escritores de verdad”
David Miralles: Yo pienso que mientras menos se preocupe el Estado por los artistas estamos mejor. En esto coincido con los economistas partidarios del libre mercado. El Estado siempre tiene un efecto -y esto es una opinión muy personal- alisante, pues el Estado trata de organizar las cosas, trata de encauzarlas, de darles un cierto sentido político. Y en ese momento aparecen los encargados de cultura que le van a decir al poeta: “Mire, necesitamos que nos haga diez poemas sobre tal cosa”. Aunque quizás sea exagerado de mi parte decir esto, pues ¿por qué no pensar que el buen artista, a pesar de tener que hacer retratos de los infantes, de los reyes, se las arregle de tal manera que pueda hacer arte? Lo que sí es claro es que yo no tengo grandes esperanzas con respecto al Estado, aunque hay que reconocer que la situación del artista es mejor ahora que durante la dictadura, lo que no significa en modo alguno que yo esté avalando el sistema, que diga que todo marcha bien, no. Yo sigo manteniendo mis críticas sobre la situación actual, pero debo ser justo también: la situación es menos precaria. Por lo menos existen becas a las que se puede postular, y algunos la han ganado.[1]
Sergio Mansilla: Lo malo sería pensar que por haber ganado alguna beca tú ya eres un poeta consagrado, o que, por lo mismo, las cosas están dadas para que los poetas puedan vivir tranquilos y contentos.
D. M.: Es azaroso eso de ganar becas. No sé en realidad cómo es el procedimiento, los criterios que se tienen en cuenta. En cualquier caso, ganar una beca no es garantía de nada.
S. M.: ¿Por qué Los malos pasos? ¿Por qué la frase “los malos pasos” como título de un libro? ¿Y esos pasos siguen siendo “malos” o están siendo enmendados y, si lo están, en qué sentido?
D. M.: Siguen siendo más malos que nunca.
S. M.: Entonces van por el camino correcto
D. M.: Tomo la expresión de nuestro dialecto: “andar en malos pasos” es andar haciendo cosas prohibidas, al margen de las “buenas costumbres”. Trato de dar cuenta de la maldad, de un lugar tabú. Aquello que se denomina maldad es maldad dentro de cierto contexto cultural. Hay una serie de juegos semánticos que yo propongo y que en definitiva es el lector quien tiene que dilucidarlos. El título hace lo mismo que los poemas: provocar, incitar un sentido, provocar el libre juego de las concurrencias semánticas en el cerebro del lector.
S. M.: “Agresivo lector, el libro que ahora lees es mío, pero es tuyo lo que entiendas”. ¿Por qué a Charlie Brown la dedicatoria, además de la dedicatoria a los compañeros de “Matra” e “Indice”?
D. M.: Charlie Brown es un antihéroe; es un niño que a mí me provoca mucha ternura; es un niño bien intencionado al que le salen mal las cosas. De alguna manera todos somos Charlie Brown. Nos insertamos dentro del mundo con mucha ilusión, con muchas esperanzas. Quizás estoy diciendo algo que no es justo; quizás los niños no tienen esperanzas; los niños viven: todavía no están maleados con la idea de la esperanza. Pero es un chico que podría ser yo, que podría ser el lector. Y a mis amigos de “Matra” e “Indice”, porque ellos son los Charlie Brown también.
S. M.: Me contabas hace un rato que estás terminando un libro, con un proyecto financiado por el Fondo de Desarrollo de las Artes. Me decías que el libro está en proceso de hacerse. ¿Ves alguna importante diferencia entre este nuevo libro en preparación y Los malos pasos en término de temática o de elaboración de los significados?[2]
D. M.: Hay un lenguaje que está ahí ya consolidado y que no cambia demasiado. Pero si hay alguna diferencia, ésta va por el lado de afianzar la idea de que a la poesía no hay que sobrecargarla con expectativas o con tareas que no le son propias; hay que tomarla como en realidad es no más, y sin que esto signifique restarle dignidad: un arte cuya función es provocar placer, estético, espiritual, en los lectores. Se trata de un juego de este tipo, como todo arte, sin pretensiones excesivas. En Chile -no podría hablar de poesías de otros lugares- nosotros hemos jugado un juego más cultural que literario. En Chile siempre han estado confundidos los roles socio-literarios con la literatura misma. De hecho, diría que aquí hay más socio-escritores que escritores de verdad: hay gente que se hace pasar por escritor, pero de lo que menos preocupado está es de su obra. Escriben bien muchos de ellos; escriben montones de libros, además, porque lo que les interesa es el status. La poesía chilena y el poeta han estado sobrecargados de una especie de rol [socio-cultural]: el poeta como vate, adivino, conductor, hombre clarividente. Es obvio que el artista -y lo remarco- debe ser una persona crítica; pero eso no significa que el artista tenga que asumir roles de guía, de adivino, de conductor. Yo no estoy con esa idea y eso lo he afianzado en mi último trabajo. En ese libro [en preparación] me dedico a trabajar sobre ciertas zonas de mi entorno urbano, trabajando con muchos clichés de la poesía amorosa, del amor como sentimiento y como esquema cultural en el que uno se mete; por ejemplo, los tópicos de las despedidas amorosas, de los encuentros, en fin, del juego del amor que jugamos y que en algún momento se llamó el amor cortés caballeresco. Lo que ocurre es que como estamos todavía imbuidos de romanticismo, para nosotros el amor es cosa de vida o muerte. Entonces esos tópicos culturales del amor, del enamorarse, del desenamorarse, del sufrir por el amor, todos esos lenguajes culturales que atraviesan nuestro “corazón”, yo los trabajo en ese libro que se titula El deseo de matarte.
S. M.: ¿Es el título definitivo?
D. M.: No puedo imaginar el conjunto con otro título. Es un título suficientemente ambiguo como para que se piense que uno quiere matar a una mujer, por lo menos metafóricamente, y matar también ciertos lenguajes, cierta poesía, exorcisar(se). En el fondo, matar significa ver, y ver es ver que no hay nada; mirar una cosa fijamente y ver cómo se desaparece por la fuerza y perspicacia de tu mirada.
S. M.: El descubrimiento de su ausencia es también el descubrimiento de que ahí puedes construir algo.
D. M.: El descubrimiento de su ausencia es terrible, es como la muerte...
S. M.: Pero es un espacio disponible...
D. M.: Sí, es un espacio disponible. Yo quiero ser, ejercito ser -como poeta, como artista- una persona que no busco creerme nada. Por ejemplo, yo no quiero hacer pensar a los demás que tengo la película absolutamente clara, que tengo una estética definida, porque eso sería mentira. Tengo algunas intuiciones, algunas percepciones, algunas ideas bien claras, cada vez más claras con respecto a esto. Pienso que si uno va a escribir poesía, uno no tiene que desasirse inmediatamente del lenguaje de la tradición que a uno lo atraviesa, como pretenden algunos escritores. No sé cómo lo pueden lograr. En realidad no lo logran, pero hacen como que lo logran. Es como el tipo que dice: “yo escucho música clásica solamente; yo no escucho rancheras”. No. Yo asumo mis rancheras y mis canciones románticas y todo eso que ha estado en nuestra cultura de la cual no puedes llegar y sacudirte sin más y salir. Las asumo, pero las asumo sin piedad; si las tengo que matar, las mato.
S. M.: Hace un rato atrás, fuera de grabación, nombraste tú a Fernando Pessoa. Cito a Pessoa para introducir el tema del “árbol genealógico” que todos los poetas tenemos. Árbol donde están al menos las principales voces que nos han provisto de los materiales suficientes para ir construyendo nuestra casa de lenguaje (perdona la metáfora poco feliz, pero es ilustrativa). Te veo cercano a Fernando Pessoa, en el contexto de la poesía no chilena; y dentro de la poesía chilena, te veo cercano a un Enrique Lihn. ¿Qué otros poetas sientes tú que han sido relevantes para tu formación como poeta y como “problematizador” de las cosas?
D. M.: Hay muchos poetas a los que yo no me canso de leer, de admirar. Por ejemplo, aunque yo no comparto mucho su imaginario, me gusta mucho la poesía de Jorge Teillier. Yo no soy teillieriano por ninguna parte; pero ahí vemos claramente el caso de un poeta que construye, a partir del lenguaje, un sentido, un significado para visualizar una determinada forma de comprender lo real; elabora toda una imaginería que, incluso, lo hace vivir de una cierta manera, y ésa es la fuerza de su expresión. No podemos decir que esa poesía él la haya encontrado en alguna parte, sino que él la instaura, y tiene tanto efecto esa poesía que a él lo hace vivir de la manera en que vivió y a muchos otros los hace teillierianos, los hace vivir esa atmósfera. Eso a mí me interesa mucho, porque él es un poeta genuino, genuino por donde lo des vuelta; incluso en sus malos poemas está su talento. Tú nombrabas a Enrique Lihn. Evidentemente es un poeta que admiro, aunque tampoco creo yo que me parezca mucho a él. Hay zonas de él que me interesan. Y poetas extranjeros, como Cesare Pavese, Salvatore Quasimodo. Hay una sintonía de sensibilidad con esos poetas, que no me cansan. Me acuerdo de Seguei Esenin, que lo leí en los tiempos de la Universidad en la traducción de Teillier.[3] Por ahí se va creando un cierto hábito poético, que a uno lo va, de alguna manera, no sé si formando -no sé si será esa la palabra-, lo va alimentando, sensibilizando con ciertas cosas. También Jacques Prévert. A Prévert lo conocí en tiempos de “Matra”, cuando yo tuve a cargo la preparación de la lectura poética de poemas de Prévert.[4]
S. M.: Veo que en uno de tus últimos poemas publicados hay un epígrafe de Pablo Neruda. ¿Cuál es tu relación con nuestro Premio Nobel? Te lo pregunto porque yo mismo he pensado en la relación que tengo con Neruda. A mí resulta, digamos, no una figura contradictoria, sí una figura un tanto dividida. Hay algunas zonas de Neruda que me cuesta mucho leer, especialmente esa zona del poeta militante sin tapujos. No así por ejemplo otras partes de su obra como Memorial de Isla Negra, Residencia en la tierra, o cierta poesía póstuma en la que, sin ser una gran poesía, yo veo ahí a Neruda sin el ropaje del poeta de partido.
D. M.: La posición que yo tengo frente a Neruda es la misma posición que yo tengo frente a cualquier persona. Evidentemente Neruda es un universo como lo es, en buena medida, cualquier persona. Hay zonas de ese universo que me pueden dejar frío, hay zonas de ese universo que me pueden dar miedo, hay zonas en las cuales nosotros podemos estar muy complacidos. Entonces me sitúo ante Neruda como ante cualquier persona. No es mi ídolo en ningún caso, ni porque sea Premio Nobel (eso me tiene sin cuidado). Si no me gustaran ciertas zonas de la poesía de Neruda, no tendría ningún problema en olvidarlo para siempre, no tendría ningún reparo, ni siquiera me lo preguntaría. Hay en su poesía zonas más amables que otras, otras incomprensibles, otras que son anacrónicas, otras riquísimas que sólo ahora las estamos descubriendo. Me interesa mucho la poesía de Residencia en la tierra, que la he leído (releído) con mucho placer. Se dice que es de su época surrealista; pero no es el surrealismo el que me interesa. Hay aquí, a propósito, una cosa que no entiendo: que alguien se defina como surrealista y lea sólo a los puros surrealistas y rechace todo aquello que no sea surrealista es algo que deja de tener sentido. No sé por qué ponerse semejantes cortapisas. No porque yo vaya a leer la zona surrealista de la poesía de Neruda voy a ser yo surrealista. Uno busca otras cosas: elementos impactantes desde el punto de vista artístico, fragmentos de sentido, busca emoción, placer. Yo soy una persona que lee absolutamente por placer. Si yo leo algo es porque me gusta leer; no como esos lectores sacrificados que dicen: “tengo que leer”. Hay zonas de Neruda que no he leído, y seguramente me estoy perdiendo muchas cosas, pero no me siento como un escolar. Nunca me ha gustado ser escolar. Aunque seguro que sí va a llegar un momento en que las leeré con mucho placer. Yo admiro a Neruda en lo que me gusta. Como persona es un tipo extraordinario, más allá de montones de pequeñeces, veleidades, de todas las cosas que nosotros sabemos, de su tonta poesía política (a lo mejor tenía muchas presiones; a lo mejor, quién sabe, se reía al escribir esos poemas; acuérdate de que era militante disciplinado y a su partido le debía la vida; lo sacó vivo de Chile; le debía muchas cosas). Tal vez uno es injusto con Neruda cuando descalificamos su poesía política de poco vuelo; quizás él no hubiera sido lo mismo sin el Partido Comunista ni el Partido Comunista el mismo sin Pablo Neruda. De partida, sin el Partido, él no hubiera escrito esos poemas políticos...
S. M.: Quizás nunca hubiera ido a Macchu Picchu y nunca hubiera escrito “Alturas de Macchu Picchu”.
D M.: Independientemente de eso, uno tiene que entender debilidades de los seres humanos. Somos complicados.
S. M.: ¿Tú le ves sentido hablar de “poesía del sur de Chile” o “en el sur de Chile”, como se ha dicho también?
D. M.: Con Oscar Galindo hicimos una antología de poetas actuales del sur de Chile, en la cual tuvimos la osadía de autoincluirnos deliberadamente y ex profeso. Partimos problematizando la teoría de lo que es un texto antológico.[5] ¿Qué es un texto antológico? No es sino un texto de creación como cualquier otro; entonces, desde esa perspectiva, y como no hay un canon del texto antológico, nos incluimos a nosotros mismos. Ahí nos vimos enfrentados al problema de tratar de definir la “poesía del sur”. Y nuestra definición -queda bien claro en la introducción- es una definición artificiosa; es para comodidad del seleccionador, arbitraria, porque todo corte antológico es cuestión de voluntad. Se supone que las cosas se nombran habitualmente respondiendo un poco a una “esencia” de esas mismas cosas; pero es algo que pongo en duda. Es cuestionable hablar de poesía del sur, sobre todo si ya es cuestionable hablar de poesía chilena. Pienso que la poesía no tiene ningún apellido, porque la poesía tiene vasos comunicantes con toda literatura. Lo que sí es legítimo, me parece, es hablar de poesía en una lengua determinada; eso me parece lógico. Pienso que los poetas del sur se llaman a sí mismo “poetas del sur” por una cuestión más bien de orgullo herido; en realidad les gustaría llamarse los “poetas chilenos”, como efectivamente yo creo que lo son, o lo somos. En el trabajo que uno hace, uno puede elegir desarrollar ciertos temas locales; pero eso no tiene ninguna importancia real en definitiva. Lo que más me interesa de la poesía que se ha hecho aquí en el sur es la línea de producción de sentido, de producción de identidad; no porque crea que esa identidad que se está produciendo sea la correcta, sino porque creo que es eso lo que, en realidad, hacen los discursos artísticos. En definitiva, el hecho de que se escriba poesía acá le da identidad a esta zona del país. Si uno se pusiera hablar de poesía del sur, habría que encontrar la “esencia de lo sureño”, cosa que me parece es algo difícil de “encontrar”. Es, en verdad, algo tan absurdo pretender encontrarla. Nosotros aquí en Valdivia pensamos que Santiago está al norte[6] y los santiaguinos piensan que están al sur y piensan que el norte es La Serena, por lo menos. Pero resulta que para los peruanos todo Chile es el sur. Este asunto de las posiciones es tan menor que no creo que pueda ser tomado en serio. Lo que sí me parece atendible -y no me cabe ninguna duda- es que la poesía que se ha producido durante estos años en esta zona tiene elementos singulares, algo ya reconocido por la crítica. Que se llame poesía sureña o no, no es relevante. Piensa que en Santiago es donde hay provincianos más que en ninguna otra parte del país.
S. M.: Se habla por comodidad de “poesía de...” o porque al fin de cuentas es necesario establecer algún sistema de nominaciones que hagan manejable ciertas acumulaciones de objetos culturales. Está bien hablar de poesía en lengua española, que obviamente es distinta de la poesía escrita en otras lenguas, pero también es verdad que estas designaciones nominan ciertas diferencias de tradiciones. Por ejemplo, la tradición de la poesía peruana difiere de la tradición de la poesía chilena, por más vasos comunicantes que hayan. Hay líneas de trabajo o estilos de sensibilidad, como quiera llamarse, que son más propios de un país o región que de otros, por historia.
D. M.: Yo no tengo ningún problema que se denomine de la manera que sea, siempre y cuando se tenga en cuenta que se hace para facilitar la visualización. Me pongo incómodo cuando se asume la nominación con la idea de que “esencialmente” hay algo en esa nominación: que la poesía del es sureña, que exhala un efluvio del sur.
S. M.: ¿Cuál es la percepción que tienes de los nuevos poetas, la gente que por estos días anda por debajo de los 25 años?
D. M.: No podría decir que tengo un cuadro completo ni mucho menos. He leído muchas cosas, sí, de la “poesía joven”. La impresión que tengo de la mayoría es que están en una etapa de búsqueda, que están en una etapa de afianzamiento. Indudablemente a muchos de ellos les falta formación literaria; me da incluso la impresión de que muchos de ellos abominan de la formación literaria; abominan de la lectura, sólo les gusta escribir. Pero habrá alguna escritura que terminará sobreviviendo. Yo no me atrevería a dar ningún nombre. Lo más interesante que veo es un tratamiento desenfadado del entorno urbano, aunque no me parece nada interesante el uso del slang, del dialecto urbano, su sobreabundancia. Creo que es no tener claridad sobre lo que es la literatura; la gente que actúa de esta manera es gente que pasa por alto el pequeño detalle de que la escritura es una cosa y el habla es otra. Por mucho que uno trate de reproducir el habla, uno se ve obligado, compelido, a poner sólo señas de aquello que en el habla resulta tan fácil. Una cosa es utilizar recursos del habla coloquial para la escritura y otra es tratar de reproducir el habla coloquial en la escritura.
S. M.: El uso reiterado de coloquialismo, no sólo en gente joven, sino también en autores que cronológicamente andan bordeando la treintena, pero ligados a una promoción que emerge a fines de los años 80 y comienzo de los 90, digo, se podría interpretar como expresión poética de la irreverencia, una irreverencia que tiene que ver, creo yo, con un descreimiento bastante general acerca de las cosas -la historicidad de la vida-, pero no resuelto con suficiente lucidez todavía. Hay un peso sentimental demasiado grande, una actitud irrespetuosa demasiado reactiva.
D. M.: Entendamos que están en un proceso de sedimentación, de decantamiento. No me cabe ninguna duda de que habrá finalmente buena poesía.
Valdivia, abril de 1997.
[1] Se refiere a un programa de becas concursables para escritores financiadas con fondos de la Ley del Libro, un instrumentos legal aprobado durante la administración del presidente Patricio Aylwin (1990-94) para apoyar a los escritores chilenos. El Fondo de Desarrollo de las Artes, FONDART, dependiente del Ministerio de Educación, financió hasta hasta 1997 proyectos individuales de creación literaria y ediciones de libros inéditos de autores chilenos. A partir del 1998, el FONDART privilegia proyectos culturales de impacto social más que proyectos estrictamente de creación artística.
[2] Como más abajo se indica, el libro se llama El deseo de matarte. A modo de adelanto, Miralles publicó algunos poemas que, en principio, forman parte de este libro en Contrapunto. Schuster & Miralles, Valdivia: Paginadura Ediciones, 1997. 21-30. Hasta ahora, el libro no se ha publicado en su totalidad.
[3] Serguei Esenin. Las confesiones de un granuja. Santiago: Universitaria, 1973. Trad. directa del ruso de Gabriel Barra; versión poética de Gabriel Barra y Jorge Teillier. La traducción en realidad no es de Teillier.
[4] Alude a los “Los martes de la poesía”. Ver, al respecto, capítulo 1 de este libro.
[5] Poetas actuales del sur de Chile. Antología - Crítica. Valdivia: Paginadura Ediciones, 1993. Se incluyen 14 poetas entre los que están ambos antologadores. El libro contiene, además, una breve presentación de cada autor, un extenso estudio crítico final escrito por Galindo y retratos de los poetas antologados dibujados unos por Ricardo Mendoza y otros por Roberto Arroyo.
[6] Esta entrevista se realizó en Valdivia, tal como se indica al final de la misma. Actualmente, a la fecha de edición de este libro, Miralles vive en los Estados Unidos.