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Sergio Mansilla Torres." Buque de Arte. Poesía reunida 1975-2005".
El paraíso vedado. Ensayos sobre la poesía chilena (1975-1995). "Tabla de contenidos"
El sol y los acorralados danzantes: "Indice de secciones del libro"
La iluminada circunferencia
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El sol y los acorralados danzantes: "Murmullos y misterios"

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El paraíso vedado. “Conversación con Rosabetty Muñoz”
Sergio Mansilla Torres

“Que las frases uno las termine no con el pensamiento, sino con su vida y con la emoción”

Sergio Mansilla: Has publicado cuatro libros hasta este momento, y hay un quinto libro que está en los umbrales.[1] Llevas un cierto número de años escribiendo y creo que ya existe perspectiva para mirar lo que ha sido tu trabajo poético. ¿Cómo lo percibes en este momento? ¿Qué tan contenta te tiene? ¿Qué tan frustrada?

Rosabetty Muñoz: Yo diría que tengo una relación bien armoniosa con mi trabajo, en términos de que nunca me he hecho grandes expectativas de lo que puedo hacer en poesía y, en general, en varios ámbitos de mi vida. Lo que he hecho en poesía diría que me asombra más que lo que me frustra, porque, insisto, no tenía expectativas en ninguno de los momentos en que fueron publicados los libros. Actué más bien intuitiva y emotivamente. Yo diría que cada uno de mis libros fue cumpliendo una relación de honestidad con lo que me pasaba en ese momento de mi vida, la que no dejo de verla vinculada con mis libros. En ese sentido, si yo los tuviera que mirar por separado, hay libros que, con la mirada de hoy, no me satisfacen. Hoy no los suscribiría, como “las ovejas”[2] por ejemplo, por el lenguaje que ahí manejo. Hay una ingenuidad que yo creo que de alguna manera se ha mantenido en los otros textos, pero del modo en que está planteada allí es muy obvia. Ese trabajo no es un trabajo que yo considere maduro. Si hubiese esperado tal vez tres años más, no lo habría publicado; pero me parece que el valor que ha tenido cada uno de los trabajos en su momento emana precisamente del hecho de que se publicaron ahí, justo ahí. Me parece que haber publicado “las ovejas” cuando tenía veinte años y en el momento histórico de los años 80-81, por sí mismo lo rescata de esa evaluación negativa que yo le hago hoy...

S. M.: Digamos que “las ovejas” y los demás no fueron libros anacrónicos...

R. M.: Exacto. Y eso es lo que rescata a un libro como “las ovejas”. Pienso de otra manera de los libros posteriores; por ejemplo, En lugar de morir -y en especial la sección “Esperando a Ganímedes”- me parece que tiene el germen de lo que va a ser el desarrollo posterior de otros de mis libros. Por eso, a este libro le tengo mucho apego, y también por las circunstancias en que nació y fue publicado. Claramente lo considero superior a Canto de una oveja del rebaño, y, en ese sentido, cada uno de los libros ha ido ampliando el radio de acción del anterior, así como cuando uno tira una piedrecita en el agua y los círculos que produce se van ensanchando: mejorando el trabajo propio del lenguaje. Yo diría que estoy satisfecha de lo que he ido consiguiendo. He escuchado a escritores, a compañeros, que me dicen: “yo pude haber hecho mejor ese libro”. Si lo veo desde hoy, claro que sí; pero en cada uno de esos minutos fue todo lo que pude hacer. Siento que mi trabajo, dentro del coro de la poesía del Sur, es uno más, no es sobresaliente, ni creo que sea muy definitivo; simplemente es una parte de lo que nos ha tocado hacer aquí.

S. M.: Comprendo, pero yo quisiera avanzar un poco hacia el fondo de la pregunta. Estoy pensando en algo que Jorge Torres me dijo en una conversación similar a ésta que sostuvimos hace algún tiempo en el sentido de que la poesía está en crisis, y está en crisis porque el lenguaje de la poesía se ha convertido en un problema. En Poemas renales de Torres se percibe la idea de que escribir poesía es como “jugar a perdedor” en cuanto a la expresividad misma. El intento de querer expresar el mundo con la palabra es un intento condenado al fracaso. La palabra es una crisis. ¿De alguna forma has vivido esta sensación? O tú te sientes más o menos instalada en un tipo de lenguaje que te representa, que expresa lo que tú quieres decir. ¿No sientes que hay o habría un divorcio entre lo que es la palabra y otra cosa diferente a la palabra?

R. M.: Claro. Parto de la base de que jamás voy a lograr realmente expresar el mundo, por más trabajo que haga, por más que me empeñe. Escribir es una búsqueda, un camino, un nacer medianamente aquello que me anda flotando por allí y que yo sé que puedo decir al mundo, o lo que yo quiero decir del mundo, de lo que vivo.

S. M.: Entonces, debo entender que, en este contexto, la poesía ¿te resulta de alguna u otra forma un lenguaje fallido?

R. M.: Yo diría que sí. Ninguno de los libros que he hecho hasta ahora representa toda la pelea y el trabajo previo que tuve al tratar de expresar todo ese magma que había ahí en ciernes, como base de trabajo, y cada vez me parecen mis libros más pobres en términos de lo que me hubiera gustado que sean. Pareciera que no tengo muchas ganas de buscar otras formas. Por otro lado, pareciera que los recursos que uso en mi poesía son sencillos, simples; sin embargo, trabajo mucho explorando posibilidades dentro de la palabra, sólo que, creo, tengo harta conciencia de mis pocas posibilidades al respecto. No sé si me doy a entender. Por eso tampoco soy tan recrítica con mis textos, porque estoy consciente de que esto es lo que yo soy, lo que he hecho hasta ahora, y en esta dirección voy a seguir buscando. Mi lenguaje es el camino que yo he ido conformando.

S. M.: Claro, pero el lenguaje poético resulta del despliegue de ciertas metáforas circundantes; un poco la idea, tantas veces repetida, de que el poeta escribe el mismo poema con variaciones. Eso es cierto, pero si queremos afinar un poco más las cosas habría que decir que en realidad no es el mismo poema con variaciones en un sentido literal. Lo que existe son ciertas formaciones, ciertas claves de imaginación, ciertas representaciones. Estas representaciones son la base desde la cual tú construyes los pisos superiores del edificio poético. A tu modo de ver, ¿cuáles crees que son algunas de esas bases, de esos marcos o las grandes metáforas fundantes de tu mundo imaginario-poético? Pienso, por ejemplo, en lo religioso; pero no lo religioso en un sentido filosófico sino en cuanto cuerpo: cuerpo de virgen, de santo, cuerpo de madre sufriente... Son, me parece, aspectos recurrentes y la base desde la cual elaboras las representaciones complejas del mundo a partir de ciertos elementos primarios. Me gustaría que pudieras referirte a alguna de las cosas fundamentales que sientes que vuelven una y otra vez.

R. M.: Siempre he encontrado que es definitiva en toda la conformación de mi poesía la vivencia de isla y de la isla, que se ha ido convirtiendo, desde un espacio propiamente geográfico, en una cuestión mítica que ha adoptado varias formas dentro de mi poesía; una isla que se convierte en una mujer que sufre el asedio de navegantes y de piratas. Es un territorio, pero también es una mujer. La desintegración, el estar solo, el estar desligado de los otros, son tópicos que arrancan de esa vivencia inicial de isla que yo creo que es una de las cuestiones que más se repiten dentro de mi poesía. Por ejemplo, el imaginario que desde niñita yo viví en Chiloé, con todos los miedos de infancia que transmiten esas historias que hoy día aparecen como tan anecdóticas pero que poblaron absolutamente el mundo infantil. Yo he ido después nada más que reescribiendo y retransmitiendo, es decir, tengo la conciencia de formar parte de una cultura distinta, que cultiva ciertos valores que hasta los días de hoy son los que yo trato de propiciar en todo ámbito: en la crianza de los hijos, en las clases que hago, etcétera, aun cuando estos valores estén muy poco en boga en el mundo en que estamos viviendo. Toda la base de mi poesía está en esa infancia vivida en Chiloé, aunque parezca lugar común decir que en la infancia a uno le ha pasado todo. De hecho, todos los trabajos que he estado desarrollando hasta los días de hoy recurren constantemente a esa fuente. En La santa, que es mi trabajo último, he recurrido otra vez a todas las imágenes de las procesiones cuando era niñita, cuando me vestían de blanco y salía ahí arriba de una silla, recitaba poemas, invitaba a la procesión, y sentía todos esos impactos de los santos que miraban cuando uno estaba en la iglesia con las velas prendidas; esos ambientes que son como emborrachantes y que a uno cuando es niña le llegan tanto. En Chiloé hay seres extraordinarios para todo y la religión funciona en el mismo sentido, y, obviamente, no es un accidente cuando uno traspasa todo ese tipo de vivencias, que no son discursivas sino absolutamente vitales, a la poesía. Es pasar de un espacio mágico a otro espacio mágico, que así es como vivo la creación poética.

S. M.: Pero fíjate que, a propósito de la metáfora de las islas que tú trabajas sobre todo en Hijos, yo percibo que los sistemas de representación que tú elaboras en tu poesía a partir del material que te provee la cultura de Chiloé y, particularmente, el segmento cultural vivido durante tu infancia, se organizan en función de una idea central: la idea del desmembramiento que se representa con la metáfora de las islas. El desmembramiento como metáfora de la pérdida del sentido de totalidad, totalidad que, al parecer, ya tampoco se puede reconstruir, a la que no se puede acceder sino como constatación de la imposibilidad... En este marco, me pregunto si el lenguaje también se ha perdido, si también el lenguaje está desmembrado, si ha perdido todo sentido de plenitud. Estoy pensando especialmente en el poema “Eramos los elegidos”, que recuerda un poema de Huidobro.[3] Ahí, en tu poema, se expresa la idea de que éramos los elegidos y ahora ya no lo somos; antes estaban los profetas que decían palabras verdaderas y ahora ya no están. Sin embargo, aún los escuchamos. Escuchamos, entonces, una ausencia, puesto que los cuerpos que producen ese sonido ya no están. Las islas serían los restos, los “salados restos”, para citar tus propias palabras, de un continente entero que alguna vez se desmembró en alguna parte. ¿Qué me puedes comentar a propósito de lo que estoy diciendo?

R. M.: A mí siempre me ha abismado lo que uno hace en poesía, porque en mi vida cotidiana yo soy resistente a ese desmembramiento del que tú me hablas. Yo navego en la poesía donde soy más honesta a mi pesar, porque si yo pudiera mandar sobre el lenguaje, realmente no sería éste el discurso que trabajaría sino el del rearmado de ese desmembramiento. Pero tengo que reconocer que a uno le cuesta muchísimo... no puedes decir otra cosa que lo que honestamente las palabras te están ofreciendo, lo que te permiten decir. A mí no me están permitiendo decir nada más que esto, aunque yo quisiera que las palabras dijeran otra cosa, que dijeran otra vez un retorno a ese supuesto minuto en que todo fue uno. Yo, como católica no practicante pero creyente, creo que va a llegar de nuevo esa unidad, ese todo donde cada parte tiene su sentido y su justificación; pero a mí no me alcanza el lenguaje para llegar a ese punto, no me ha alcanzado hasta ahora.

S. M.: Pasemos a otro aspecto de lo mismo. En relación con otros poetas de tu momento, de tu promoción, hombres y mujeres ¿qué puntos en común o qué grandes diferencias ves? ¿Cómo sitúas tu escritura dentro del escenario de la poesía chilena post ‘73?

R. M.: ¿En qué sentido?

S. M.: En el sentido de si este tipo de preocupaciones que tú tienes -el desmembramiento, el uso recurrente de ciertas formas culturales- ¿tú las ves en otros autores que te son contemporáneos?

R. M.: Yo creo que sí. Leo bastante a los poetas de mi promoción y me parece que es de la manera en que tú lo planteaste, con ese desmembramiento, esa pérdida de un cierto mundo que se va desgajando. Puedo citar a Tomás Harris. Cuando lo leo, me identifico en la ciudad que se está cayendo a pedazos y por la que viajan todos esos seres que son absolutamente náufragos de un tiempo que es difícil de determinar, y es que son náufragos de quienes ni siquiera se sabe si alguna vez tuvieron un mejor destino que el que hoy tienen. Por otro lado, José Angel Cuevas, quien también habla de un tiempo “mítico”, de un modo absolutamente crítico, irónico respecto de un supuesto estado de cosas pasado mejor que el de ahora. El trabaja el despedazamiento de eso en lo que antes se creyó; la falsedad que fue, en su minuto, considerar que había algo realmente construido. A mí me gusta mucho cómo trabajan ellos este mismo tópico del que estamos hablando. De Elicura Chihuailaf, en cambio, diría que, aunque está preocupado de lo mismo, va en una dirección contraria; hace, en este aspecto, un trabajo que a mí gustaría hacer. Me da la impresión de que ese discurso es el reverso del que yo hago, precisamente porque es del mundo mapuche y porque, por el minuto histórico que se está viviendo, él está juntando los pedazos, recuperando ciertos elementos, y les da unidad dentro del texto. Eso a mí me sorprende; es al revés de lo que estamos haciendo nosotros, al menos como yo percibo su trabajo.

S. M.: Sí, coincido en que Elicura está más cerca de una poesía que se ve afirmando y creando una identidad.

R. M.: Justamente.

S. M.: A diferencia de tu propia poesía o de la poesía del mismo Clemente Riedemann, que atestiguan una cierta identidad que se está cayendo.

R. M.: La coincidencia de preocupaciones en todos estos trabajos que yo he nombrado hablan de la potencia y la profundidad que tienen, porque no es solamente que cada uno de nosotros trabaje en solitario ciertas preocupaciones personales, sino que hay un aire de fin de siglo que está presente en todos nosotros. Cierta espera de que algo tiene que pasar, si es que va a pasar.

S. M.: Ahora una pregunta bastante obvia, pero no puedo evitar hacerla. ¿Cómo ves esta misma preocupación en poetas mujeres de edades similares a la tuya?

R. M.: No sé. No me he sentido, como dirían, “en sintonía” con otras poetas mujeres, salvo con María Teresa Adriazola, que es una mujer que trabaja el tema de la ruptura, del desperdicio, del romperse algo fundamental. En general, la poesía femenina que conozco ha estado demasiado preocupada del tema de la inserción de la mujer en este mundo de ahora; hay, incluso, algunas que son estrictamente programáticas respecto de esto, y eso les ha quitado “vuelo poético” y, de hecho, han terminado por desaparecer del escenario poético. No veo que haya una consistencia muy fuerte en la poesía de mujeres en el país. Hubo una aparición simultánea de muchas voces, y eso le dio a la poesía de mujeres una cobertura que fue mucho más como fenómeno sociológico que propiamente estético; en el camino no fueron apareciendo estos temas que son sustanciales, sino que ha quedado en muchas de ellas la periferia. Con harto respeto veo intentos de fundar miradas nuevas desde lo femenino estrictamente, como el de la Soledad Fariña. Eso yo encuentro que es un aporte a la poesía chilena, pero en general no creo que la “poesía de mujeres” tenga valor como movimiento. He leído últimamente a mujeres como la Rosario Castellanos, que está a “años luz” de todo este proceso que estamos viviendo nosotras aquí en Chile como mujeres, porque la preocupación de Castellanos no está puesta en este puntito que es el ser mujer dentro de la poesía. Y no es por una cuestión de estar criticando simplemente; yo creo que ha sido muy beneficioso para muchas de nosotras el que haya aparecido ese “boom” de mujeres.[4] Ha dado espacio como para que una pueda integrarse y desarrollar mejor su trabajo, pero como aporte a la historia de la literatura chilena creo que no podemos considerar que ha sido muy enriquecedora la poesía de mujeres, salvo, diría, esta mirada de gente como la Soledad Fariña que poetiza esto del balbuceo y del inicio. Y otra vez volvemos a esto de tratar de fundar algo nuevo, completamente distinto, partiendo de nada, como un ser que empieza.

S. M.: Me parece que una parte importante de la poesía chilena de mujeres se halla en la etapa épica de afirmar una identidad femenina en términos todavía bastante reduccionistas, de una manera que recuerda cierta literatura medieval en la que la afirmación del caballero cristiano es bastante simple. Pero, probablemente, es la etapa necesaria que se tiene que vivir, como la etapa que todavía está viviendo la literatura chicana en los Estados Unidos, la que en muchos sentidos es muy meritoria pero no siempre por razones literarias. Pero ha abierto las puertas a nuevas discusiones, ha ampliado el mundo de la academia a través del estudio y enseñanza de temas que antes no estaban en el escenario sino en la oscuridad y el silencio completos.

Miremos ahora tus lecturas, tus poetas, quienes de alguna u otra forma han modelado tu imaginación literaria más allá de los materiales que la propia cultura de Chiloé te ha dado. ¿Cuáles son tus “leches maternas” en ese ámbito?

R. M.: Aparte de todo lo que tú hayas vivido como una infancia plena de estímulos, de magia, yo diría que la lectura, por supuesto, es la leche fundamental, determinante. Y la primera lectura a la que tengo que aludir es la Gabriela Mistral. No era una lectura seria como la podría tener hoy día, sino una lectura que estaba al alcance de una escolar. Pero yo recuerdo que todos mis trabajos del grupo “Indice” estaban absolutamente teñidos de la Gabriela Mistral.[5] Todos esos dolores prestados de ella eran esos grandes dramas y esas grandes palabras de las que yo siempre me sentí muy enamorada; enamorada de su modo de usar el lenguaje, de sus giros y de esa solemnidad que tiene para decir las cosas.

S. M.: El tono.

R. M.: El tono. Yo diría que ella fue el primer acercamiento vital al lenguaje que tuve. Fue con ella. Entre medio tuve un emborrachamiento total con García Márquez, más que con el mundo que él mostraba, más que con los personajes, me emborraché con esa forma de hacer esas oraciones que tiene, la adjetivación que usa, el poner palabras totalmente impensables al lado de otras. La primera vez que me impactó el lenguaje que usaba fue por su disloquio; una estaba acostumbrada a cierto tipo de discurso y él lo transforma totalmente. Después he descubierto que muchos hacen cosas como esas, pero fue García Márquez quien primero me impresionó y me hizo ver que era posible hacer muchas cosas con las palabras. De las lecturas realmente maduras, después de mi etapa universitaria, César Vallejo, en primer lugar, y Vicente Huidobro.

S. M.: ¿Qué has aprendido de ellos? ¿Por qué Vicente Huidobro? ¿Por qué César Vallejo?

R. M.: A César Vallejo lo leí muchísimo. Todo lo que pude leer de él, desde todos los vértices; leí sus propios textos y estudios sobre él. Me maravilló esta gran ambición que tiene uno cuando empieza con la poesía: ser carne con la palabra, que diga uno no cosas sino que las cosas sean, pero que las cosas sean como son en Vallejo, que las frases uno las termine no con el pensamiento, sino con su vida y con la emoción. Esa maravilla que él lograba haciendo que todo quedara a medio terminar, y entonces es uno el que coloca lo que falta; eso me parece brillante. El lo logró de una manera realmente ejemplar. Y Huidobro lo mismo; él quería fundar una palabra que sea la que diga este mundo sin tener que copiarlo. A mí me pareció que en su poesía él utilizaba el lenguaje como lo hizo la Gabriela Mistral: esto de maravillarme otra vez con la forma de usar las palabras, sus imágenes. Por más que él tuviera un programa, yo creo que las palabras lo superaban tranquilamente en sus poemas. Yo trabajo mucho con imágenes más que con cualquier otro material, y eso es, creo yo, “herencia huidobriana”.

S. M.: “Eramos los elegidos...”

R. M.: “Eramos los elegidos”. Fíjate que yo no había leído el poema de Huidobro. Son parentescos, esas orillas a las que tú te vas acercando de repente, y te acercas tanto a veces que llegas a decirlo de una manera similar, porque no tenemos más material que la lengua a la que accedemos todos. Y cuando tú te acercas tanto a los mismos terrenos por los que andaba el otro, llegas a unas conclusiones parecidas.

Siempre me he imaginado que cuando copiaba a Gabriela, lo hacía como cuando una cabra chica se pone los zapatos de la mamá. Me ponía todos esos términos, que a mí me parece que en ella podrían haber sido carne alguna vez pero que en cualquier otra persona me parecen poco creíbles. Ella es una mujer muy difícil de ser, de tener herencia de ella, es decir, si uno usa sus recursos o sus palabras o su aire, de alguna manera suena completamente falso, y no es posible... La considero como una lectura fundamental, porque fue una introducción a un modo de usar las palabras.

S. M.: Me parece que tu reiterado tono dolido es mistraliano.

R. M.: Puede ser; pero es el mismo tono dolido de Vallejo; por eso los parentescos. Otro de mis gustos profundos es Teillier, que no es dolor como en la Mistral o Vallejo; pero todos sabemos que detrás de esa “pérdida de mundo” obviamente hay un dolor que él trata de esconder con esa media sonrisa que tenía como persona. Es la misma media sonrisa que está dentro de sus poemas, y que es dolor.

S. M.: Y en estos momentos, ahora cuando tú estás armando “La Santa”, ¿qué lees o no qué lees? ¿Qué resonancias líricas de otros sientes que están ahí palpitando?

R. M.: Leí harta literatura religiosa, de distintos ámbitos, desde historias de santos de esas que una leía cuando era niña y que es impresionante el lenguaje que usan: las palabras que los mismos santos usaban en esas historias son absolutamente poéticas. Yo copié textual algunas cosas. Estuve leyendo a Sor Juana, he leído bastante de los místicos, lo que ha estado a mi alcance para leer, porque me parecía que era necesario para trabajar el tema con profundidad, tal como yo quería hacerlo. Igual he recurrido a escritos de las colonizaciones, de las evangelizaciones en Chiloé.

S. M.: ¿A Santa Teresa no?

R. M.: No, no la he encontrado simplemente.

S. M.: ¿No conoces el Libro de la vida?

R. M.: No. Es que ¿sabes?, yo vivo en la total precariedad de lecturas. Parece que fuera una forma de decir, pero la verdad es que yo leo lo que hay en la biblioteca en los liceos. Y como aquí sólo hay un liceo... El año pasado, con el proyecto Fondart que me financiaron, tuve alguna plata para fotocopias y textos. De hecho, ésos fueron los de literatura religiosa que leí.

S. M.: Por circunstancias históricas, personales y familiares en este momento estás en Chaitén que es un lugar aislado, lejano de los centros importantes donde se produce la información, donde los libros circulan.[6] Pero ese problema es prácticamente el de todos los escritores latinoamericanos que viven en cualquier parte que no sea en las grandes capitales. Este tipo de dificultades para acceder a la lectura, para estar “al día” -lo pongo entre comillas porque también tiene un sentido negativo-, ¿en qué medida puede afectar la estética misma, se puede convertir en un problema no sólo extraliterario sino de la creación misma?

R. M.: Uno pierde bastante cuando no tiene acceso a otras lecturas. Hay gente, a lo mejor, en el mismo nivel de trabajo en que está uno, digamos, con los mismos tópicos, las mismas preocupaciones y, sin embargo, ha llegado a mejores resultados. Y uno no avanza simplemente por no conocerlos, por no poder leerlos en profundidad, y desarrollar así mejor su propio trabajo. Me acuerdo de que me empecé a percatar de eso cuando empecé a ir a encuentros de escritores en los que venían escritores internacionales. Recuerdo uno en el que vinieron varias poetas mujeres y me di cuenta, por ejemplo, de que tenía mucha más sintonía con unas que venían de España que con varias de las poetas chilenas en términos del trabajo propiamente poético. Algunas venían de vuelta de toda este feminismo a ultranza, para iniciados, y que estaban recuperando el lenguaje amoroso. Y esto, de alguna manera, a uno le quita aprehensiones, permite mayor libertad en tu trabajo. La cosa es que el ambiente confinado provoca que uno esté remitiéndose siempre a lo mismo, es como estarse encerrando dentro de una pared. ¿De dónde sacas ventanas para mirar para otros lados y seguir tu vuelo hasta donde te dé?

S. M.: Tú piensas que en alguno de tus libros ¿habrían muros sin ventanas?

R. M.: Sí, en “Las ovejitas”.

S. M.: Claro, pero hay que considerar que “Las ovejas” es un libro juvenil, tu primer libro. Normalmente los primeros libros son gérmenes de cosas que van a venir a posteriori, es decir, el primer libro puede tener muchos defectos, pero es el primer libro, escrito en un momento en el que se ha vivido menos que ahora. De manera que yo dejaría un poco ese primer libro fuera. Y hablemos de los dos o tres últimos. ¿Sientes tú que en ellos hay muros sin ventanas y que esos muros sin ventanas han sido resultado de no disponer de las lecturas necesarias, de no tener la posibilidad de intercambiar ideas o de conocer ciertos lenguajes que son seminales?

R. M.: Creo que sí. Esta sensación de que me faltan elementos para poder enriquecer más el trabajo yo la estoy teniendo desde hace bastantes años. Pero yo vivo con los elementos que tengo a mi alcance; no significa por eso que sea conformista. Construyo lo que está a mi alcance construir. En Baile de señoritas sentía que era un libro que podría haber sido en la línea de lo que se está haciendo de la poesía etnocultural, trabajar la inserción en la historia, este proceso de invasiones. Finalmente quedé bastante disconforme; creo que podría haber sido mucho mejor si yo hubiera tenido más elementos a mi alcance para haberlo trabajado, más investigación.

S. M.: ¿Qué cosas de lo que haya dicho la crítica sobre ti te llaman la atención? Cuando hablo de crítica estoy pensando naturalmente en personas que en algún momento, en forma sistemática o no, han dicho algo sobre tu obra. ¿Hay algo que te haya sorprendido, algo que tú digas: “esto no lo había pensado, no estaba dentro de mis esquemas”?

R. M.: Hay tres trabajos académicos que me han interesado particularmente. En los tres veo una iluminación inesperada hacia dos cuerpos de poemas diferentes. El primero, es tu propia lectura sobre Hijos, bastante descarnada, usando para la interpretación elementos que sólo al identificarlos toman cuerpo para mí, me sorprenden y me inquietan. Ha sido ese trabajo motivador de una reflexión posterior sobre tópicos como el papel del hombre en mi imaginario, por ejemplo. El otro, se trata de una trabajo de Iván Carrasco: “Etnoculturalidad y género. La problemática del invasor en la poesía de Rosabetty Muñoz” que se refiere al libro Baile de señoritas; el nudo central de ese trabajo es el planteamiento de que la mujer representada en estos poemas, de un modo complejo, se hace cómplice del invasor en una especie de mirada anticipada y preparatoria que da pie a una nueva historia. Descolocante idea que provoca. También me interesa mencionar la lectura de Walescka Pino-Ojeda: “Poesía insular y mujer-isla: Baile de señoritas de Rosabetty Muñoz”. Básicamente sentí al leerlo el placer del encuentro por la sensibilidad femenina que alude con agudeza al tema del deseo, que, en mi opinión, está en el meollo de ese texto poético.[7]

S. M.: Canto de la oveja del rebaño en algún aspecto puede ser un libro ingenuo, un libro inicial, pero, por otro lado contiene, algunas cosas que, a mi modo de ver, son muy interesantes. Por ejemplo, en ese libro se desliza, en el entramado poético, la idea de que las ovejas descarriadas son las únicas ovejas que, en definitiva, tienen algo que decir, porque son las únicas que conocen el paraíso.

R. M.: Que son los poetas hoy día...

S. M.: Claro; constituye una metáfora de los poetas mismos, y de la poesía. La poesía misma viene a ser una de las ovejas descarriadas. Entonces, creo que ahí hay una formulación metafórica muy rica que puede dar para muchas cosas y, en gran medida, los libros posteriores son despliegues de esa formulación básica inicial. Entonces, yo no vería tu libro primero como un libro ingenuo. Si se trata de un libro que tiene una serie de características por las cuales tú te legitimas como poeta ante los ojos de otros, debe ser por algo; no creo que muchas personas estén siempre equivocadas. Tu primer libro es una buena radiografía de tu mundo poético, y tal vez porque por ser el primer libro las cosas están dadas de una forma más clara, con menos matices. Si lo pensáramos con la metáfora de los colores, diríamos que ahí trabajas con los colores primarios. Luego, aparecen otros colores en los libros posteriores; pero los colores primarios, en la misma gradación y en la misma jerarquía, siguen estando.

Pasemos ahora a otro asunto.

Fíjate que Eduardo Llanos Melussa, a quien tú conoces, es de la idea de que la poesía chilena en estos momentos está pasando por una especie de decadencia, en el sentido de que no habría en este instante poetas de tallas monumentales como los hubo en ciertos momentos en Chile, tales como Huidobro, Neruda, el mismo Gonzalo Rojas, gente que a los treinta años o treinta y cinco eran ya figuras consagradas. Lo ha escrito en el prólogo de Los dominios perdidos, la antología de Teillier; algo de eso lo ha reiterado en el prólogo a la antología de Enrique Lihn. También lo ha manifestado en alguna conversación que he sostenido con él. El cree que Zurita viene a ser el último intento de construir una “gran poesía” (de un ego expandido) que va unida a la figura del “gran poeta”, intento fracasado, en mi opinión y, hasta donde puedo entender, en la opinión de Llanos Melussa también.[8] ¿Crees que efectivamente existe una crisis de grandes poetas en Chile en estos momentos o habría que mirar el asunto desde otra perspectiva?

R. M.: Yo creo que esa percepción es la que tenemos varias de las personas que hacemos poesía. Yo me adscribo bastante a lo que él dice. Ya no es el tiempo de esas grandes figuras unidas a obras monumentales. Nosotros, después de estos tiempos que nos ha tocado vivir, estamos en una etapa yo no sé si llamarle de “reconstrucción de una historia”. Intentamos buscar entre los restos nuestras formas de decir y de hacer poesía, y todos estamos en la misma. No creo tampoco que dentro de los propósitos de nosotros esté el fundar la historia contemporánea ni la de Chile ni la de la poesía. Una de las cosas que ha sido fundamental en la formación de todos los poetas del sur ha sido que nuestra ambición no está en hacer figuras particulares, únicas, fundantes de lenguajes; hemos partido de la base de que la tradición en nosotros nos aporta elementos pero estamos frente a una historia que no es la que vivieron estos grandes poetas que tú nombrabas hace un rato. Nuestra historia es una historia que está totalmente atomizada, desintegrándose de los modelos y los principios en los que bebimos, como de fuentes. Pero no creo que podamos decir que por eso la poesía está en decadencia; sí creo que hay algunas cosas absolutamente nuevas dentro del panorama de la literatura chilena; nuestra ambición no es la misma que la que tenían los poetas anteriores. Nuestros esfuerzos tampoco van encaminados hacia lograr esos objetivos que eran los que delimitaban sus figuras.

S. M.: ¿Cuáles serían, a tu juicio, las marcas definitorias de este cambio? Estoy pensando, por ejemplo, en el hecho de que todos los poetas vivieron momentos difíciles; el propio Neruda tuvo que autofinanciar su primer libro; pero de alguna manera u otra pareciera que estaban dadas las condiciones para que el poeta pudiera vivir si no de la poesía al menos sí de un trabajo conseguido gracias a la poesía.

R. M.: Porque el poeta tenía un papel dentro de la sociedad, tenía un papel dentro de la historia que era reconocido por la sociedad misma...

S. M.: O por instituciones con poder.

R. M.: Claro, cuestión que está absolutamente fuera de lo que nosotros vivimos hoy día. El papel que estamos teniendo, yo creo, es cada vez más marginal dentro de la sociedad, y no parece estar claro qué es lo que tenemos que decir dentro de ella... Cada vez es más confuso el panorama; de hecho, yo siempre he creído que todos estos apoyos a la cultura son como para dejar que sigan los poetas en un cierto ámbito todavía elitista...

S. M.: Para que los poetas puedan seguir viviendo en sus reducidos espacios de marginación con la cabeza fuera del agua por un tiempo.

R. M.: Con la cabeza fuera del agua por un tiempo, claro...

S. M.: Tengo a veces la impresión de que esto ha sido siempre así. La diferencia está en que en algún momento se creyó, se pensó que el poeta tenía algo que decir, tenía un papel importante. Estoy pensando sobre todo en la supuesta efectividad que, en algún momento, se pensó que la poesía podría tener para la construcción de la conciencia colectiva. Estoy acordándome de un texto de Vallejo que escribiera por allá por los años treinta en el que dice algo bastante sorprendente, pensando que Vallejo era un marxista declarado. Aunque se la juega por una poesía muy vinculada a lo histórico y a lo vivencial en sus formas más profundas, dice que la poesía no derriba ningún gobierno, la poesía no tiene ningún poder político; quienes tienen el poder político son los que tienen las armas, los que tienen dinero; el poeta es nada al lado de ellos. Entonces me digo, ¿no será que siempre ha sido así? ¿No será que en algún momento confundimos la realidad con la ilusión? ¿O es que efectivamente hemos perdido algo que realmente existió?

R. M.: Esa es la gran pregunta, porque esa pregunta se la pueden hacer varias otras personas, no solamente los poetas. No solamente la poesía está fuera de los márgenes de esta sociedad de hoy, sino que muchos de los valores y los principios que uno considera fundamentales de los valores propiamente humanos están fuera del juego. No fue ilusoria la centralidad de la poesía. Yo creo que en otro momento sí tuvo relevancia la poesía, sí formó parte de las expectativas, de los proyectos colectivos. Yo creo que las ilusiones tienen realidad también; en su momento eso fue una concreción histórica, estos deseos, estas ansias, y eso fue lo que le dio estatura a esta gente, el hecho de que fue real para ellos y no una mera ilusión.

S. M.: Probablemente las doctrinas políticas tal vez son las más afectadas, ciertas doctrinas políticas por lo menos. Pero también creo que tiene que ver con lo que Gramsci alguna vez llamó la “crisis del intelectual tradicional”, vale decir, el poeta en estos momentos no es un intelectual que sea visto como alguien que pueda dar luces sobre los rumbos que pueda tomar la sociedad. Creo que en Latinoamérica hubo ciertos momentos, hablemos tal vez de los años 30, 40 ó 50, hasta los 60, cuando la palabra del intelectual, del escritor, a priori se la leía como una palabra inteligente, como una palabra que podía ser válida para iluminar caminos políticos de carácter revolucionario. Creo que esa eficacia -real o ilusoria- en este momento no se ve.

R. M.: No, en absoluto.

S. M.: Creo que en ese sentido hay un creciente arrinconamiento de los escritores hacia zonas comerciales (tal vez el caso de la “nueva narrativa” chilena sea el más patético) o hacia zonas marginales completamente, en el sentido de que las personas están marginadas por los aparatos de poder; las obras circulan en ediciones muy reducidas, a veces marginadas por la propia mitología que se ha creado en torno a la persona. Estoy pensando, por ejemplo, en Jorge Teillier y también en la figura de Raúl Zurita a quien probablemente la mayor parte de la gente podría nombrar como un poeta importante después de Neruda, y cuya obra, estoy seguro, es poco conocida: sólo se conoce su figura, su nombre, sus acciones de arte medio escandalosas...

Sin embargo, bien podemos preguntarnos ¿qué cosa buena tendría el hecho de que los poetas en este momento sean marginales en el sistema económico y comunicacional?

R. M.: El caso de Teillier es decidor. Una de las cuestiones que a mí me llama mucho la atención es todo el arrastre que logró en los últimos años de vida entre los jóvenes. No sé si tú fuiste alguna vez a su último recital en Santiago (“Poetas de regiones leen en Providencia”); absolutamente lleno de gente, por las ventanas, por todos los lados leyendo. Ese tremendo arrastre que tenía él yo creo que tenía mucho que ver con lo que él planteó respecto de su poesía, aquello de que los poetas eran los guardianes del mito. Yo creo que como nunca hoy los poetas tienen esa misión, aunque nadie comprenda la relevancia que puedan tener para la sociedad contemporánea. Yo creo que los poetas son los llamados a guardar todos aquellos principios, valores, mundos, porque en algún minuto las generaciones van a tener la necesidad de volver para atrás y mirar. Y si hoy no los tienen los artistas, no los tienen los poetas, no van tener dónde encontrar lo que las generaciones futuras van a necesitar a gritos. Toda esa insatisfacción que produce la sociedad contemporánea, todos esos miedos terribles, ese vacío que es el gran hoyo negro que están teniendo los jóvenes, el impresionante nivel de insatisfacción que está produciendo esta sociedad en las personas; y yo creo que va a llegar un determinado minuto en que van a decir “necesitamos otra cosa”. Y ¿dónde la van a encontrar? Yo creo que en la única parte donde la van a poder encontrar va a ser en los escritores y en los poetas que siguen tratando de mantener estas cuestiones que son la esencia profunda del alma humana. Esa es como la gran justificación de nuestra existencia: el hecho de mantener ese espacio guardado para lo que van a necesitar las generaciones venideras.

S. M.: El domingo pasado, en La Epoca, se publicó una entrevista a Carmen Castillo, y en ella se habla de la “traición de los intelectuales”.[9] Yo no sé si ella usa la palabra “traición” exactamente o no.

R. M.: No exactamente. Es una interpretación que hace Faride Zerán.

S. M.: En todo caso, ella se queja mucho de los intelectuales...

R. M.: Habla de aquellos que están en el poder, de los que tendrían la oportunidad de marcar las líneas para sustentar una sociedad más humana; de ellos está hablando específicamente, no de los que se mantienen en el margen resistiendo. Está hablando de los que no están en la resistencia.

S. M.: ¿Cuántos intelectuales realmente podemos decir que están encaramados en los aparatos de poder, intelectuales de verdad, poetas de verdad?

R. M.: Ese es un tema delicado. Tú mismo has mencionado a Zurita, y para mí es como el símbolo de un poeta que con el discurso que traía y con todo lo que él podría haber sido, con las posibilidades que ha tenido dentro del Estado, sí podría haber influido para que ciertos temas salieran a la luz y para mover ciertos discursos que aportaran a la nueva sociedad que estamos viviendo. No lo ha hecho; todo lo contrario. Parece absorbido por la máquina. De hecho, hoy día parece que hay una dicotomía muy clara entre la gente que aparece en todo esto de las decisiones, como son los jurados en los premios y los concursos nacionales, y los que están fuera de la maquinaria.

S. M.: Jurados cuyos nombres se repiten...

R. M.: Nombres que se repiten constantemente y que siguen ellos propiciando un estado de cosas que mantiene esta estructura de poder. De lo que se trata es hacer algo por esta nueva sociedad, algo realmente importante, como lo que la misma Carmen Castillo aludía, que es recuperar la memoria de un país; sentar las nuevas bases de la nación sobre una reflexión profunda de lo que somos realmente y de lo que queremos.

S. M.: En el caso concreto de la poesía y poetas del así llamado sur de Chile, ¿cómo ves que están viviendo ellos y ellas este tipo de contradicciones históricas, en las que se mezclan lo ético con lo político, lo estético con lo ideológico?

R. M.: En todos estos años he creído que lo que pasa aquí en el sur de Chile es un verdadero modelo de lo que podría suceder en el país. Hasta hace unos años, unos tres años, uno de nuestros discursos recurrentes aquí en los encuentros que hacíamos era generar dentro de la región todos los espacios que necesitábamos para seguir creando con los temas que a nosotros nos interesaban: armar nuestras propias revistas literarias, encuentros, influir dentro de las comunidades en que nos tocaba vivir para formar un público lector instruido, crítico, reflexivo. Nosotros hemos sido, donde hemos estado, agentes culturales. Ese papel que hemos tenido, más allá de nuestra propia creación, creo que es realmente modelo para el país. Aparte de que la obra de creación de algunos es verdaderamente valiosa. Yo diría que eso es particular nuestro. Sin embargo, en los últimos años se ha ido diluyendo esa perspectiva que hasta hace algunos años teníamos muy clara; se ha ido diluyendo porque ha habido varias personas que ya tienen sus proyectos personales definidos; su trabajo creativo se ha ido solidificando y eso de alguna manera ha ido separando las aguas de esta otra columna que nosotros traíamos que era la cuestión solidaria de pensar la literatura como una reivindicación de país. Yo lo veía como una cosa “cotota”, importante. No creo que esté completamente perdida; de hecho, todavía en muchas conversaciones particulares con algunos escritores, como Mario Contreras o Ricardo Mendoza, llegamos siempre a la convicción de que lo que hemos venido desarrollando hasta ahora tiene la marca de no estar conformes con quedarnos en el margen. Dentro de las carencias, de la precariedad con la que hemos estado trabajando, potenciar la solidaridad literaria, la existencia de talleres literarios como ésos que formaron escritores y lectores, que crearon expectativas en las comunidades en donde hemos estado viviendo.

S. M.: Volviendo a tu propio trabajo, ¿cuáles son tu proyectos futuros? Estoy hablando de lo que tú vislumbras en estos momentos como relativamente armado, y también aquellas cosas que no están armadas pero que constituyen al menos materia de deseo.

R. M.: Desde que empecé a escribir, una de las ventajas que creo que he tenido siempre es que, no sé por qué, se me ha dado que cuando trabajo en realidad tengo tres o cuatro cosas en armazón al mismo tiempo. No me he quedado nunca en esos períodos de sequedad total. No me ha pasado nunca; hay períodos en que no escribo porque estoy en esas etapas de sedimentación y de darle vueltas y vueltas a los trabajos... Actualmente estoy con el tema religioso de La santa que tiene otra patita en un trabajo que también estoy trabajando que se llama Actas de Gracia. La Santa es la creación de un personaje que de alguna manera aglutina todas las vivencias, santos de mi infancia; una santidad que yo la trato de rescatar, que es de la vida cotidiana. Yo siempre me imagino que no son santos los que la iglesia postula como tales. Mi gran proyecto era rescatar a estos seres que son héroes en la minucia de la vida cotidiana. No logró cuajar del todo finalmente... tú sabes, uno puede tener ideas maravillosas, pero termina empobrecida total. En Actas de Gracia, espero lograrlo. Es un trabajo en ciernes absolutamente, aunque tengo harto, harto escrito; más que para cualquier otro trabajo que he hecho. Trata la parte de la vivencia religiosa mucho más íntima, más de la razón de ser de la existencia que espera este estado de plenitud que yo supongo está ya al final del camino; esa representación con el lenguaje y el discurso cristianos; este empeño de ir armándose un camino. Todo eso lo estoy poetizando en Actas de Gracia. Para mí, este libro creo que es un trabajo terminante. Me imagino que cuando esté viejita, recién estaré finalizando este trabajo. Hay otro trabajo que anda circulando, anclado en Chaitén y que tiene que ver con la anécdota de la casa donde vivo. Tengo mucho texto escrito acerca de ella, pero esa casa se está convirtiendo en una casa grande, grande, y todas las ventanas, las puertas, los rincones, la magia, los deseos, las ansias, todo eso que durante su vida le circulan por ahí lo estoy situando en un espacio. La casa, aunque no sé cómo se va a llamar todavía, pero hay unos textos que a mí me parecen buenos.[10] Una de las pocas cosas que me gustaría recuperar de aquellos tiempos cuando escribí “las ovejas”, es el tono de ironía, ironía sobre esta vida tan de jolgorio que viven casi todos alrededor de uno, los que tienen, en apariencia, tan claro lo que quieren pero en el fondo no tienen nada claro, eso de cómo buscan y se tiran de cabeza a ese hoyo negro que yo encuentro que es el vacío completo, y con el disfrute que les produce ir hacia allá.

Chaitén, agosto de 1996.


[1] El quinto libro es La santa. Historia de su elevación, publicado, a inicios de 1998, por LOM Ediciones, Santiago.

[2] Alude a Canto de una oveja del rebaño. “Las ovejas” y “las ovejitas” son maneras que tiene la autora de referirse a este libro a lo largo de la presente conversación.

[3] Me refiero a “Eramos los elegidos del sol”, poema de Vicente Huidobro recogido en Ultimos poemas. Santiago: LOM, 1994. Edic. de Oscar Hahn, p. 62. La edición príncipe data de 1948.

[4] Rosabetty Muñoz hace alusión al período situado entre los años 80 e inicios de los 90 cuando en el ambiente de la poesía chilena se sintió con fuerza la presencia de una corriente importante de poesía femenina. En parte, como resultado de este fenómeno, se publicó la Antología de la nueva poesía femenina chilena. Ed. Juan Villegas. Santiago: La Noria, 1985.

[5] Grupo “Indice” integrado por estudiantes universitarios de la Universidad Austral de Chile. Funcionó en Valdivia entre 1981 y 1983 aproximadamente. Muñoz fue una de sus integrantes más activas. Ver, al respecto, Capítulo 1 de este libro.

[6] Al momento de editarse este libro, Rosabetty Muñoz ya no reside en Chaitén sino en una área rural en las afueras de Ancud, Chiloé.

[7] Muñoz alude, primero, a mi artículo “Las desigualdades de la imaginación poética y crítica. Una lectura de Hijos de Rosabetty Muñoz”, publicado en. Literatura y Lingüística 6 (lo menciono en la sección final de la “Introducción”). El artículo de Iván Carrasco al que se refiere Muñoz es una ponencia que su autor leyó en el IX Congreso de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios (SOCHEL), Valdivia, Universidad Austral de Chile, 13 - 15 de noviembre de 1996. Este trabajo, con el título de “El invasor en Baile de señoritas de Rosabetty Muñoz”, se publicó posteriormente en las Actas del mismo Congreso. Ed. María Isabel Larrea. Valdivia: Universidad Austral de Chile, 1999, pp. 52-55. El artículo de Pino-Ojeda, aludido por Muñoz, es “Escritura insular y mujer isla. La obra poética de Rosabetty Muñoz”, y fue presentado en la VI Conferencia Internacional de la Asociación de Literatura Femenina Hispánica: La representación femenina, imagen y escritura”, Barnard College-Columbia University, Nueva York, octubre 19 - 22 de 1995. El ensayo de Pino-Ojeda permanece inédito.

[8] En otra parte he discutido, con cierta extensión, las ideas de Llanos Melussa al respecto. Remito al lector a “Esa manera oblicua y dolida de ver las cosas (poesía del sur de Chile: 1975-1990)”. Acta Literaria 19, Universidad de Concepción, 1994: 87-100. El mismo artículo se publicó también en Alpha 10, Universidad de Los Lagos, Osorno, 1994: 55-68.

[9] Me refiero a una entrevista de Faride Zerán a Carmen Castillo publicada en La Epoca, Santiago de Chile, el domingo 25 de agosto de 1996.

[10] Hasta el momento de editar este libro, Muñoz no ha hecho público ningún avance del proyecto de “la casa”.




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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "El paraíso vedado. “Conversación con Rosabetty Muñoz” ."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    7 de septiembre de 2007.
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