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Libros
El paraíso vedado. Ensayos sobre la poesía chilena (1975-1995). "Tabla de contenidos"
El sol y los acorralados danzantes: "Indice de secciones del libro"
La iluminada circunferencia
El sol y los acorralados danzantes: textos iniciales y finales
El sol y los acorralados danzantes: "La guerra de las serpientes del agua y de la tierra"
El sol y los acorralados danzantes: "Mito-historia"
El sol y los acorralados danzantes: "Transfiguraciones"
El sol y los acorralados danzantes: "Paisaje con un cuchillo en el centro"
El sol y los acorralados danzantes: "Murmullos y misterios"
El paraíso vedado. “Prólogo”

Libros

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El sol y los acorralados danzantes: "La guerra de las serpientes del agua y de la tierra"
Sergio Mansilla Torres

Los poemas que siguen corresponden, íntegramente, a la sección “La guerra de las serpientes del agua y de la tierra”, sección I del libro “El sol y los acorralados danzantes”. Valdivia: Paginadura Ediciones, 1991, 149 pp. Este sello editorial valdiviano ya no existe, y el libro mismo, del que hizo una tirada única de 500 copias, distribuidas en su momento por canales no comerciales, no se halla disponible en el mercado.
Este conjunto de poemas, con leves modificaciones, se vuelve a reimprimir en “Cauquil”. Santiago: Cuarto Propio, 2005.



LA GUERRA DE LAS SERPIENTES DEL AGUA Y DE LA TIERRA


“La pobreza no es lo peor porque persiga al hombre hasta la muerte,
porque no quiere andar con zapatos demasiado estrechos por el sendero de la vida.
La pobreza es lo peor por el odio interior que pare,
por la eterna pelea de alfilerazos
que mata con mayor seguridad que cualquier cosa en los hogares pobres,
hasta que el hombre ya no sabe a fin de cuentas lo que sería mejor
cuando ya no nota más ni el viento ni el sol.”

(Harry Martinson)



LA QUEBRAZON Y EL OJO QUE LAGRIMEA HACIA ADENTRO


El 22 de mayo de l960 fue el gran terremoto en el Sur de Chile. Mi padre estaba entonces en la Patagonia argentina; mi madre estaba aquel día sola cuidándome y tejiendo en casa. Mi abuelo paterno, el único abuelo vivo entonces, estaba enfermo en el hospital de Puerto Montt. Y yo, con mis dos años, entonces reptaba, aún sin memoria, por el mundo.
Y a eso de las tres de la tarde comenzó a temblar.
Don Esteban Muñoz, nuestro vecino, estaba en medio del mar pescando en su bote, y vio que los barrancos se quebraban como vidrios y caían al mar, y sintió que el aire se estaba llenando de espíritus misteriosos; volvió atolondrado de miedo a tierra. Mi madre salió conmigo en brazos al patio y entonces dice que vio cómo los álamos se inclinaban hasta tocar con su follaje el suelo y la casa saltaba igual que un caballo arisco con jinete y los bueyes corrían mugiendo por el campo como enloquecidos. Ella se cogió de un cerco, y sujetándome a mí y sujetándose ella, soportó lo peor.
Cuando llegó la noche, parecía que sólo los no nacidos y los muertos habitaban las casas abandonadas. Los vecinos se juntaron e improvisaron carpas en los descampados bajo un cielo que ya miraba los exilios presentes y futuros.
Durante la noche hubo una salida de mar: el agua entró a las casas ribereñas; se llevó tinas, mesas, barriles; flotaron las camas; abrió y cerró puertas a su antojo. Y algunas casas se fueron navegando como barcos salidos de sueños. Y sobre el techo de una bodega iba un perro como un solitario marinero por los océanos secretos del tiempo.
A la mañana siguiente el mar y la tierra dormían su borrachera. Pero ya habían desaparecido los bancos de mariscos y unos días después las playa estaban llenas de peces muertos. Y cuentan que el olor de los peces podridos inundaba todas las islas. Y los campesinos bajaban con sus carretas a la playa a buscar peces muertos para hacer abono con ellos y tener buenas siembras. Entonces no hubo agua porque los ríos sólo corrían debajo de la tierra; y no llovió tampoco porque el cielo estaba seco igual que un cuero estaqueado muchos días al sol. Y la gente tenía que cavar en el barro para sacar una jarrita de agua sucia y maloliente.



REMEN, REMEN, BOTEROS, CONTRA EL VIENTO

En medio de la niebla
oímos
el murmurar de las playas ahora empobrecidas,
saqueadas, cerradas con alambres de púas
por Transnacionales.

Remen, remen, boteros,
contra el viento.
/………………/Un faro de luz roja
indica el camino que no tiene principio ni fin.

En medio de la niebla
oímos
la quebrazón del aire que reclama a gritos
nuevos puntos cardinales.


Remen, remen, boteros,
para que no se termine la eternidad.



SORDA LA SIEN DEL QUE AQUI RESPIRO

Cuando niño alcancé aún a conocer algunas cruces solitarias en medio de los campos de Changüitad y Curaco de Vélez. Dicen que antes hubo una peste de viruela, y que la gente dormía en los corrales de las ovejas para no contagiarse. Y a los muertos de viruela sus familiares los enterraban solos en el campo, porque estaban prohibidos los funerales y nadie ayudaba ni acompañaba, y todos se apartaban de la familia del muerto.

Sorda la sien del que aquí respiró, cana la cabeza
atravesada por la luz de las lejanías.
Se averiguó que el pie fue ligero; se supo
que el aliento jugó a volar. Y quebróse
el costado cuando
la noticia cruzó los umbrales: "¡Llegó el barco
de los encadenados!".
Faltó Vía Láctea para tanta enfermedad: no juntarse con nadie, no
hablar con nadie; ni una pupila
podrás prestar al vecino ciego que se lamenta.
La enfermedad entró
con el aire. "¡Sálvese quien pueda!", gritaron
los caminos. Tú eres aún joven: ¡vete al establo
y duerme bajo la panza de los carneros!. Yo,
viejo de las más vieja demencia,
me entregaré a la carnicería: ¡enterradme lejos
y que se olvide el mundo!



LA MUJER QUE HABLABA CON EL AIRE

Pasamos incontables veces delante de la mujer que hablaba con el aire, porque el camino pasaba delante de su casa. La oíamos hablar a gritos contra el viento; veíamos su cabellera plateada agitarse como un pequeño cometa extraviado. Se vestía con harapos; usaba medias de lana cruda y calzaba unos viejísimos zapatos de hombre. Nosotros, niños entonces que volvíamos del colegio orillando la playa, evitábamos encontrarnos de frente con ella, aunque era inofensiva. Pero nos daba miedo su mirar sin mirada, su rostro seco y misterioso que después solíamos ver en pesadillas. Si al volver nosotros a casa ella andaba por el camino, nos escondíamos entre los arbustos o en medio de las quilas para oírla hablar en su lengua torpe como de borracho. Decía que los brujos se la querían llevar, que andaban rondando su casa día y noche, que no podía dormir porque los brujos corrían y saltaban sobre el techo de su casa y que andaban desenterrando los muertos del cementerio para hacerse chalecos voladores con la piel del pecho de los muertos.

20 años después he pasado por el mismo camino. Donde estuvo la casa de la mujer loca que hablaba con el aire es ahora playa. Vi una escalera de cemento que permanecía muda entre las piedras y la arena. Cerré los ojos y pensé que 20 años es el tiempo de la juventud, de las carreras del jolgorio, de las risas y de los primeros grandes enamoramientos; pensé en los ojos vacíos de esta mujer que sólo veían apariciones fantasmales de brujos con cara de perros desenterradores de cadáveres. Grité también mis insultos al aire: "Brujos asesinos, quieren comerme vivos, malditos". La tierra inmutable oyó el grito, pero no quiso detenerse por un solitario más que aullaba mirando el cielo. Sólo un par de pájaros volaron desde los arbustos más cercanos y se pararon un poco más lejos a cantar la misma canción de plata.



MANANTIAL PARA QUIEN SE FUE VOLANDO

Durante el mes de enero de l988 visité a mis padres en Changüitad. Me enteré entonces de que Jenaro Zúñiga, vecino por muchos años y un poco pariente de mi padre, había fallecido. Un mes antes de su deceso lo encontraron caído sobre el arroyo en el que había ido a buscar agua. Algunos decían que en su juventud fue un brujo volador. Estaba pobre, solo y aplastado por el tiempo.

Caído en el río: el río lo lavó para nadie.
El cuerpo pugnaba por aletear, ya era
casi invisible; ancianísimo
el hombre ya sin mujer
sin hijos, porque nunca tuvo hijos. Ahí
en el correntoso hilo
estaba cuando lo encontraron boca abajo; lavado
para nadie, lavado
para Dios.
Vivió todavía un mes con esta humedad
y entonces, rodeado
de perros y gatos, se fue. Apagóse
el fogón; la ceniza duró caliente
toda la noche. Por la mañana
vinieron los pájaros que le picotearon los ojos.
Fue invisible en ese instante
el río, fue
invisible la casa; lo evidente
confundióse con la transparencia perfecta.
Cuando llegó la gente
por las exequias,
vieron sólo un monte espeso desde cuyo centro
elevábase una columna de humo
azulado
que el viento extendía sobre los campos.



ESTE VIEJO ARADO DE HIERRO ABANDONADO

Yace aquí este viejo arado de hierro
abandonado entre los chacayes y las murras
donde antes hubo sembradíos florecientes.

Si uno se detiene
y escucha atento
el rumor de la maleza, de la hierba
y de los arbustos agitados por el viento,
oye a lo lejos los gritos de los campesinos
azuzando los bueyes
y sus risas y el rumor del arado
rompiendo la tierra
y la algarabía de los tiuques
disputándose los gusanos de los surcos.

Nadie sabe ahora dónde están los dueños
de esta tierra; se han ido lejos.
Lejos porque los pobres soñamos
con otras tierras,
con otros lugares donde el mundo nos reconozca.
Allá donde tal vez todo no sea sino
una única tarde lluviosa y fría eternamente.



LA GUERRA DE LAS SERPIENTES DEL AGUA Y DE LA TIERRA

La gente sube a los cerros,
a los árboles más altos,
a los techos de las casas
para escapar de sus destinos: El mar se hincha, sube, sube
como una leche hirviente de atardeceres.

¿Qué grito entrañable
despertó el agua sonámbula de eternidades?

Será que los dioses buscan mirarse
en las lejanas pupilas de los hombres;
será porque desean aquellos ojos
amantes de las armonía
y de las constelaciones.

Nosotros sólo soñamos con las hermosas tierras que no son nuestras. En pesadillas vemos los valles anegados, los animales sin cabeza y las mujeres de negro y sin rostro que vagan por los caminos perdidos de la lluvia. La Cruz del Sur señala los cuatro puntos cardinales; ¿pero dónde estará el Sur si no podemos ver las estrellas?. Aquí, encaramados en los altos, sólo podemos vernos cuando relampaguea.



HUENTEO LEVANTA SU BRAZO IZQUIERDO
EN MITAD DE LA VIA LACTEA

7 puntas amarillas tiene
la estrella del sol. Relampaguea
sobre la cabeza del cacique Huenteo,
mientras la ceniza caliéntase
en huilliche allá lejos.

Es el signo de la autoridad que gobierna
las cosas.

Te reverenciamos, hermano Huenteo, porque
eres el primero de la procesión
de los abandonados.

7 puntas amarillas tiene
la estrella del sol:
miradla cómo estalla sobre la cabeza
del primero que viaja hacia la noche.



LOS PESCADORES OLVIDADOS

Los brujos del Engaño y del Poder
vuelan de una isla a otra
durante la noche.
Se ven sus luces saltando
de cerro a cerro;
se oye el oleaje
como un colmenar de estrellas
trabajando.

Nosotros, que hemos visto
la cara del Diablo
bajo la quilla de los botes
cortadores de olas,
nos persignamos en silencio
y con un cuchillo dibujamos
una cruz en el aire
y nos ponemos la ropa al revés
para ahuyentar a los demonios.

Dormiremos esta noche
con los ojos abiertos,
sentados en el bote
lleno de peces
moribundos.

El agua y la sal murmurantes
son la cama de los pobres.



APARICION

El barco negro parecía que volaba sobre las olas. "Es el fulgor del ojo que no puede ver a nadie", pensamos. De pie en la borda, un marinero sin rostro nos gritó con un megáfono: ¿Es aquí donde queda la isla de los hambrientos?". "Sí", contestamos con la boca llena de arena; porque teníamos sólo arena para echarnos a la boca. "Es el espejo que nos devuelve la imagen de un sueño"; eso pensamos con el cerebro hirviendo de hambre, hirviendo de desvelos sin comienzo ni fin. Entonces nuestros hijos ya se habían vuelto invisibles y nuestros animales eran de aire. "¿Qué es el sol en el cielo?", preguntaron los huesos que reclamaban su agua. "Eres el marinero errante que engendró la primera ave que vive en nuestro corazón"; así le dijimos al marinero sin rostro. Y pensamos en lo que significa dar cuerda al brazo para indicar el camino correcto. Le dijimos: "Lleva noticias nuestras adonde vayas". No sabemos si escuchó, no sabemos si hablamos bajo la luna irreal, en la playa irreal. Y el barco negro parecía que volaba sobre las olas.



A MEDIANOCHE SE DESHACE
EL HECHIZO

Hago la señal de la cruz
en el aire
con este cuchillo que brilla
en la noche
bajo la luz de la luna llena.

/…………../He aquí
el conjuro:
que se vuelva hombre el hombre
que tiene apariencia de cerdo o de caballo;
que se vuelva mujer la mujer
que tiene apariencia de lechuza.

Levanto el cuchillo y lo clavo
en la tierra
como matando.

Queda la mano
vacía.
/……/Y todo el silencio
de las sombras
empieza a lagrimear.



LOS PRIMEROS PAJAROS DE LA MAÑANA

Los primeros
pájaros de la mañana
elaboran las constelaciones
con sus cantos.

Las palabras
están sumergidas en el sueño; pero
ya palpitan
bajo los ojos dormidos.

Color negro azulado es
el cielo. Y las primeras luces
anuncian los fuegos que se encenderán
en las estufas y en los fogones
sobre la ceniza todavía caliente.

Véote tras el humo
soplando para que se enciendan
las constelaciones.



LOS BOTEROS DORMIDOS
ESTAN RODEADOS DE PAJAROS DANZANTES

Baila, baila, baila. Los
pájaros danzantes
sostienen la tarde
en sus ojos.

Baila, baila el pie
alado sobre
la playa negra
hasta envejecer.

La danza es conjuro
que rejuvenece
los botes.
Y los boteros
van penetrando dentro
de la roca
que canta.

(A Juan Díaz, perdido
en el mar.)



TEJENDERA ENVUELTA EN NUBES

Hilé mis lanas para tejer todo el universo en los quelgos de Dios: Toda mi vida me la pasé arrollada tejiendo para los ricos y me enfermé de reumatismo y de várices. Crecieron los hijos y mi viejo y yo hemos venido a quedar solos en esta inmensa casa que se llueve.
Pienso en ti, marido mío, cuando toses: Estás hermoso como un barco que tiene todas sus luces encendidas en la noche.
Pienso ahora en la tierra que nos llama. ¿Por qué no vienes, muerte anónima, a cortar el trigo que se nos quedó en el rastrojo porque ya no tuvimos fuerzas?.

Pido que alguien anuncie la misa que cantarán los gallos.



MUJERES DESMENUZANDO EL SOL

Esta, la primera de todas, es Edilia Torres, mi madre; la que está al otro lado es Elba Mansilla, nuestra vecina. La de más allá, la que tiene su casa junto al río, es Celia Cerón. Y por el otro lado, donde corre otro río, viven Blanca Barría y Elisa Cárdenas y Sofía Aguilante. Y detrás de los cerros viven Ernestina Vidal, Bernardita Zúñiga, Rosario Calbún: Todas hilanderas, tejenderas, navegantes, amamantadoras de cometas. ¿No las habéis visto remando a media noche bajo la luz azul de los ojos encendidos de las serpientes del agua y de la tierra?. Escúchalas, que te cuenten la historia de las primeras que llegaron a las playas perdidas de estas islas cuando todavía no se separaba la luz de las sombras.
Descalzas desembarcaron sobre las piedras y la arena. Iban vestidas con largos refajos y arrebozadas con chales. Fue en el inicio; fue cuando los barcos navegaban a vela por el cielo. Y después se casaron, y los hijos, y los maridos que se iban y no volvían, o que volvían pobres, o que volvían viejos. Una anda de rodillas sobre el piso de una iglesia con una vela encendida en cada mano; otra deja su guaga en un cajón mientras siembra papas. Gritos de mujeres porque los toros están alborotados con la luna.
Doña Jesús Gallardo, la rezadora: Que rece 9 noches al muerto y después que los caminos se tuerzan hacia donde nace la lluvia. Por ahí iremos empujando la carreta del tiempo que nunca se detiene hasta cruzar la noche. El vientre de mamá es el cielo donde ruedan los astros: navégate ahí dentro hasta que tus pies toquen tierra. Son ellas, las hermosas, las iluminadas. ¿No veis que están en la cocina desmenuzando el sol en luciérnagas?



BUSCADOR DE NALCAS CONFUNDIDO CON LOS HELECHOS


Ando buscando nalcas en medio de la quebrada. Los chucaos me acompañan ocultos en los ramajes. Estoy mojado, embarrado. Pero ya tengo varias nalcas, hermosísimas y jugosas como manzanas recién maduras.
Aquí, en mitad de las tembladeras y de las vertientes, soy el único animal que aúlla, puro pellejo, pura soledad, arrancando las nalcas de la adolescencia: aquella cuando amé mis primeras muchachas, compañeras de banco, compañeras hoy quizás de quién, quizás dónde, quizás cómo.

Soy el perfecto mendigo de los helechos que conversa con los pájaros y con el río hasta que la tarde borra toda sombra.



ESTOY AQUI MIRANDO EL HORIZONTE

Tenía que llegar hasta tu casa
al otro lado de los lejanos cerros azulados;
tenía que ir aún más lejos
y entrar en el tiempo azul de tus ojos.

Pero el único camino de la isla
vuela entre las manos de los dioses:
es la Serpiente de la Tierra
agitándose en las nubes.



TODO LO QUE ES DE ESTA ISLA

Todo lo que es de esta isla
me agrada;
ésta es la prisión que he buscado.
Me quedaré a vivir para siempre
rodeado de estos muros
de aire y de humo. Ahora
puedo abrir la puerta de los días
y salir silbando el murmullo
de los alerces no nacidos
hasta que salga
la luna
y acaricie el monte
con sus cabellos.

Acompáñame, esposa bienamada;
quedémonos abrazados junto
a los yugos inservibles
y a las carretas que se pudren
abandonadas a los inviernos.

¿Hay lugar para mí
en tus ojos
fijos en el fuego?



ZUMBIDO EN EL VIENTO DE LOS ACORRALADOS

Anduvimos saltando de árbol en árbol y volando a ciegas la niebla. Navegamos después este mar tapizado de botellas flotantes con mensajes de náufragos olvidados. Recorrimos los caminos vecinales a pie; cruzamos la noche montados en un caballo que no cesaba de resoplar; fuimos de pueblo en pueblo en buses destartalados. Viviendo, desviviendo, desmuriendo. Aquí una familia nos dio almuerzo; otro vecino nos sirvió unos tragos de chicha, y otro más allá nos convidó alojamiento.
¿Cuántos libros has escrito hasta ahora acerca de esto? Homero nos atendió como reyes; nos cantó al anochecer sus hexámetros sentado en un tronco. Dante y Kafka estaban de fareros en algún círculo de algún infierno. Y los campesinos mataron sus mejores gallinas para los viajeros, los verdaderos amigos que traían los arco iris en el pelo. ¿No escribirás después formidables libros para que los utilicen los tiburones, para que vengan a robar las tierras?. Los libros que escribas serán hojeados con un cuchillo manchado con sangre. Sábelo tú que mamaste leche de mujer y te perdiste en los recovecos de los montes y allí dormiste con los chucaos que anidaron en tu cabeza.

El filo, lo que zumba y el temblor. El pueblo está en la boca de las palabras.



MADRE E HIJO SOLOS BAJO LAS ALAS DE LA TARDE

Cuando doña Jesús Gallardo regresó del pueblo de Curaco de Vélez, adonde había ido de compras, no halló en casa a su hijo Santiago Vidal Gallardo. Lo esperó y no llegó. Lo buscó en los dormitorios, en la cocina de fogón, en la bodega, en la huerta, en el establo de las ovejas, llamándolo a voces. De pronto lo vio colgando de un manzano, ahorcado, lengua afuera como un perro corriendo detrás de Dios.

Queda
el humo
y nada más
que el humo
/…………./que no queda.
¿Por qué no le preguntan
al occiso
qué era respirar
con las ventanas
sin vidrios
y sin paisaje?






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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "El sol y los acorralados danzantes: "La guerra de las serpientes del agua y de la tierra" ."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   28 de octubre de 2006.
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