Los poemas que siguen corresponden, íntegramente, a la sección “Mito-historia”, sección II del libro “El sol y los acorralados danzantes”. Valdivia: Paginadura Ediciones, 1991, 149 pp. Este sello editorial valdiviano ya no existe, y el libro mismo, del que hizo una tirada única de 500 copias, distribuidas en su momento por canales no comerciales, no se halla disponible en el mercado.
Este conjunto de poemas ya se había publicado antes en “Noche de agua” (prólogo de Iván Carrasco). Santiago: Ediciones Rumbos, 1986. Y se vuelve a reimprimir en “Cauquil”. Santiago: Cuarto Propio, 2005.
MITO-HISTORIA
“En las noches negras
cuando azota la tormenta,
ya los pescadores vestidos de mar
entran en las nubes
se estrellan y revientan
y al hombre lo envuelven
los peces y la sal.”
(Vals chilote de "Los Remeros de Compu")
En esta casa, mientras afuera llueve y es de noche, todos los moradores duermen. No hay luna en el cielo, y el ruido sordo de los árboles movidos por el viento se confunde con el sonido de la lluvia que picotea incansable el techo. Todos duermen. Los muertos, mojados y taciturnos, duermen también en sus camas que ya no existen. De cuando en cuando, ladra un perro o se oye algún pájaro nocturno cantar en los manzanos. Cuando amanezca, quizás ya no podamos recordar; lo hayamos olvidado todo en algún remoto rincón de nuestros sueños. Cuando amanezca, quizás podamos hacerlo todo de nuevo, diferente y mejor.
ALONSO DE ERCILLA EN EL DESAGUADERO
Heme aquí llegado
donde otros ya han llegado.
Heme aquí escrito mi todo yo
en el tronco de este árbol
cuando con 10 hombres
pasé el Desaguadero
de los ojos llorosos.
Heme aquí en Hebrero
del 58 entrado
y andando en derechura
a la muerte.
Pisé tierra y saltó sangre.
Miré el cielo y cayó fuego.
Heme aquí entonces
con mi cuchillo grabando
mi última letra en la corteza
de este árbol bendito.
He de volver por donde vine:
¡vamos pues, soldados,
a la mar los botes
y a remolque los caballos!.
Adiós, Desaguadero;
adiós huilliches de terribles sueños;
adiós islas muy amadas
hasta los huesos.
Se me han caído las manos,
perdí los pies en el agua.
Los pájaros carpinteros
picotean mis últimos recuerdos.
Estoy sentado en la cumbre de un cerrito, de los que la gente llama "altos"(aquí en la isla), desde donde se tiene un panorama impresionante: el mar azul, de un azul desteñido, quieto como una muchedumbre postrada ante un altar; la costa de la isla cercana casi encima, sus casas nítidas, sus árboles, sus murras. Y hasta se puede ver, aguzando la vista, la gente que trabaja en la siembra de papas. A la izquierda y lejano, el pueblo de Curaco de Vélez. Se ven las casas de una blancura apagada, aunque son de diversos colores, y, al centro, una iglesia por donde pasan los muertos y los vivos en un camino desconocido. El viento marino que me enfría el rostro es la vida. Y esta rama de radal o de maqui, y este sol achacoso, y estas calles como ríos secos, y esta gente como sangre, y este dolorazo de caballo que se sienta tras una mesa porque sí, porque le dio la gana. Esto es también la vida.
ANDA AL PUEBLO, HERMANO
Anda al pueblo, hermano,
anda;
y tráete plata y azúcar.
Anda, hermano, al pueblo
a vender estas cuantas gallinitas,
y tráete también esa luna grande
que siempre vemos reflejada
en nuestros ojos.
Seguro que allí debe estar
porque en el pueblo hay muchas cosas lindas
y allí debe de estar la luna.
Y tráete plata, hermano,
mira que el camino es difícil
y está oscuro debajo de la lluvia.
Anda al pueblo.
Yo aquí esperaré hasta que vuelvas
y te tendré tortillas en el fogón.
Apúrate, y tráete plata y azúcar y luna
porque estamos quedando atrás
y tenemos que alcanzar como sea
la orilla donde los otros llegan.
Anda, hermano.
Yo aquí, mientras tanto,
prepararé el fuego y la tierra
para que la hagamos florecer
cuando tú traigas plata y luna.
PALAFITO
Aquí ha comenzado un viaje. Lentos efluvios
de espuma hay en los sueños.
Lejanos gritos de ahogados hacen
abrir los ojos a toda la familia
en lo más recio de la noche.
Las mareas una y otra vez
van y vienen y terminarán inevitablemente
gastando los fundamentos;
mas nadie ha de morir. Aquí ha comenzado un viaje
cuyo destino desconocemos;
pero nadie saldrá nunca
de esta casa: en cualquier parte que estés
siempre verás estas ventanas con barrotes de madera,
el piso manchado de barro y sal;
te sentarás con los conocidos brujos que sienten
miedo por las agujas en cruz,
y la eterna siempre eterna lluvia sobre el techo.
Ahogados muy distantes me llaman en la noche:
hacia ellos voy, fatigado;
una avara esperanza llevo sobre
los campos que tiemblan de temor.
Un violento instante me tumba
sobre la espuma, y mi alma
al sereno palidece y queda
una blancura de sal que llama y llama
desde el fondo más terrible del mar.
Me abruma el silencio. Y el silencio estalla en una visión: veo a mi madre de pie junto a la mesa; como venida de la eternidad corta, con nazareno gesto, el pan y reparte su alma en cada plato que sirve. Veo la lluvia mojando los cristales. Se inunda mi mente: mi mente es una laguna, es un río, es un mar. Por ella navegan negros veleros de blancas velas y marineros que desde la trinquetilla de su lancha otean el horizonte. Mi mente tiene murmullos marinos, conversaciones de trieles en la noche, ladridos de perros eternos y hojas de ya muchos otoños acumulados en el pecho.
Cierro los ojos y veo un niño lleno de espuma que navega sobre la noche de agua.
TIEMPO
Tiempo tiempo tiempo de mis pasos y mi carreta,
lleva el nombre de esta amplitud bulliciosa del mar
a la última morada de los mortales;
oculta estos oscuros trenes sin pasajeros,
sin pueblos, sin conductor,
como un pájaro ciego sin viento,
a través de los días y de los ríos errantes
de la tierra de Chiloé.
Y nos vendrá el mar como un perro de agua
a echarse a nuestros pies,
y nos mirará soñoliento
con sus ojos llenos de barcos y marineros
que echan a flamear sus almas como banderas.
Nos vendrá un pan al hombro.
Nos vendrán cánticos de gente dura
en la que anidan los pájaros.
Tiempo tiempo tiempo.
Estás en la puerta definitivamente
sentado debajo de mi poncho
mirando el invierno que viene quebrando los cristales
con su bastón de ciego resentido.
ATARDECER EN CHANGÜITAD
El creciente aire, fino, entre hierbas,
alejado de toda duda posible, infla la blusa
entre sombra de póstumos ganados.
Se oye el mar, lejos, pero lo apaga
el ruido interior que emerge desorbitado
hasta el cielo, cual negra columna de humo.
Hora es de recogerse y guardar las herramientas;
pero, semicerrados los ojos
ante el crepitar de luces anodinas,
permanecen inmóviles los sentimientos
y giran sobre sí mismos.
La hoz ha segado el eterno instante
del encuentro en paz con el propio destino;
sólo el viento y las primeras estrellas
se instalan en los ojos.
Y en mitad del campo, solitaria,
una mujer levanta sus brazos
y vuelan los pájaros chillando hacia los ramajes yertos.
DE LO EFIMERO
En los camillones, de cuerpo entero, está
granando la vida;
aunque por los caminos no dejamos
de andar enormemente
con este lacónico estirón de huesos
hinchados de humedad pasajera.
Y viene el río
que corrió entre los dedos guerreando
desde un ojo del tiempo
a los dornajos, donde hemos molido
la nuestra mía juventud
hasta que todo es líquido
y se evapora
sobre ruedas que no ruedan.
Y el hijo nace del parto seco
de una estrella,
para que siga otro más
de trigo, otro más de viento.
Y viene que somos un arado
que hace surcos en el mar,
día y noche arreando a varillazos
un organismo momentáneo
con palabras hermosas para llamar por las tardes
las gallinas y los recuerdos.
Cuando llegó el día de ir al molino -ese viejo molino de piedra que funciona a agua-, en casa nos levantamos muy temprano; aún era de noche. Fuimos al establo alumbrados por una linterna y sacamos la yunta que dormía sobre el estiércol. La enyugamos y, con la carreta llena de trigo en la noche, partimos a Curaco de Vélez. Sobre la playa negra los cauquiles iluminaban nuestros pies, y éramos como sombra de sueño a orillas del mar, y el sol comenzaba a pintar de colores el paisaje.
CAUQUIL*
Cauquil, Cauquil.
El mar aúlla en la noche como un lobo hambriento:
Cauquil, Cauquil.
Y hay sombras en mi carreta que se aleja
del mundo
rechinando sobre una playa negra
que amanece corcheteada a un ayer sin terminar.
Y aúlla el mar
y Dios sopla y sopla sobre Cauquil hasta que desordena los años
y se desinfla su cabeza de tanto soplar:
pero Cauquil permanece invariable
como una espada prohibida en medio de un millón de kilociclos por segundo.
En junio,
cuando el invierno es una boca a medio abrir,
Cauquil sube sube
con una lágrima en su motor
a rayar el cielo con un arco iris.
Pero Cauquil tiene una araña en el fondo de sus ojos,
y yo no tengo tiempo de mirar la hora
y me alejo del mundo
en mi carreta
y Cauquil se va quedando atrás, muy atrás,
y me alejo y me alejo,
porque mi corazón lo tengo anclado
en la tumba de mi retrato.
Y el mar aúlla en la noche
como si fuera un lobo prisionero en el tiempo.
*Fosforescencia de color verde-azulado intenso que se produce al caminar sobre la playa barrosa durante las noches estrelladas.
CARRETA JUNTO AL MAR
Avanza, avanza la carreta junto al mar;
el paso del yuntero con arco iris de ojo a ojo
queda en las piedras
como sombras crucificadas en los cercos del alba.
Y la delgada luz
que atraviesa las manos
y rompe el pecho, de cuya herida
mana la llovizna.
Y en mitad del cielo, un menguante enhollinado
de tanto siempre y siempre
que humea desde las pestañas quemadas.
Y el bosque arroja sus pájaros al mar
para que la sal se llene de alas.
Adiós adiós, madre; lejos va mi pensamiento semejante
a un caballo desbocado contra las rocas.
Junto al mar, la carreta de mis sueños es interminable
como la arena.
PARTIDA
Cuando los marineros de una-sola-pierna
vinieron a buscarte,
dormías en tu cama y soñabas con un inmenso [perro negro
que te perseguía por un camino desconocido
ladrando y mordiendo tus talones, haciéndote correr
hasta caer de cansancio sobre un charco de agua roja.
Te despertaron y te dijeron: "es la hora, ¡arriba!".
Silenciosamente te levantaste, te vestiste
y, por el sendero lleno de chucaos
que cantaban a mano izquierda,
llegaste hasta la playa que parecía
iluminada como una ciudad.
Una suave y dulce música acompasada con las olas
hacía ondular los barrancos que se trizaban como vidrios,
y, hechizado, semejante a un grano de sal en una laguna,
te disolviste en la noche misteriosa.
Corro por los rastrojos a toda carrera, salto los cercos, trepo en los avellanos, las ramas me chicotean el rostro cuando paso veloz por el angosto sendero en medio de una ramazón de radales. Soy todavía un niño y mi corazón galopa sobre un caballo de palo. Ando descalzo; sangro del pie derecho porque he pisado un vidrio. Ahora camino. Una huella de sangre queda por donde paso. Soy ya un hombre: el niño que fui se cansó de correr por los campos. No tiene cama, pero duerme en el viento. Soy ya un hombre y la hora de emigrar ha llegado.
CORRIA Y CORRIA
Corría y corría por los campos, saltaba
con ágiles pies los arroyos, se trepaba en los árboles
hasta la copa y descendía raudo hasta la tierra.
Corría de la mañana a la noche,
con la picana al hombro, la leña en los brazos,
empujando con los bueyes el arado.
Se le veía en lo profundo, enhiesto,
tan joven, tan espléndido.
Pero ¡ay! no llegó a saberlo acaso:
su última carrera fue también la primera.
Corría y corría, jadeaba, resoplaba
como un caballo. Bajó velozmente el cerro,
toda la noche fue su carrera hasta el alba.
De pronto se detuvo, cayó exhausto, vomitando [sangre.
Se detuvieron los árboles, los relojes,
callaron las campanas, el agua de los ríos
dejó de cantar para verle su hora.
Y entonces sólo fue real
el inmenso paisaje que llovía.
LA BARCA
He llamado con voz desgarrada junto al mar
pidiendo una embarcación para mi alma.
Toda la noche he vagado por la playa
gritando como un loco: "¿Dónde,
dónde estás que he muerto tanto esta tarde?".
En las aguas agitadas perdí mi pensamiento
¿qué haré ahora sin mi pensamiento?.
El mar se llevó mi vida a vela
y ahora estoy apenado sobre las rocas.
Si así llego a casa mamá se va a enojar
¡ay de mí!.
He aquí que la furia del tiempo
me ha dejado a la miseria junto al mar;
mi llamado lúgubre lo desordena el viento en la noche
como si fueran cabellos de mujer encinta.
Y sobre el agua sólo se divisa el reflejo
de un miserable menguante que no es de nosotros.
¿Vendrá la barca esta noche?.
Esperándola estoy con los codos en el acantilado.
EL MAR
El mar me habita de sueños esplendorosos:
botes negros en una bahía azul,
velas blancas con algas y conchas.
Sobre el mástil, una gaviota blanca y negra en el mediodía
recién lavado por las olas.
He aquí el día con la edad del mar en los ojos:
ese vendaval espumoso apretado contra los dedos,
la arena en los pies
o las piedras filudas que hieren de lejos
como dioses armados de dardos invisibles.
Estoy en el fondo de esas cavernas marinas
donde duermen los lobos,
donde pastan los caballos marinos
y hay culebras que a uno le corren por el cuerpo
cuando se alargan las manos
buscando misteriosos tesoros de bandidos muertos.
He aquí el día en que maduran las palabras;
como si fueran cerezas maduras
las picotean los pájaros,
y las marejadas, como palos flotantes,
las estrellan contra los acantilados.
Se triza el vidrio de la juventud
cuando Dios camina sobre las aguas
y la niebla apenas deja entrever
la luz de un faro atormentado.
Aquí: marineros deformes, ahogados
por sus cuerpos de barro y pecado,
yacen en el fondo marino, entre algas, cangrejos,
durmiendo con una sonrisa pálida
que ilumina los huiros dorados de luz.
He aquí el día en cuyas caracolas
resuena el Pacífico; su rumor
“me hiere como un profundo rasguño en la piel
en el que se grabará el tiempo para siempre.” *
*Versos de Odiseo Elytis.
JINETE MUERTO BAJO LA LLUVIA
Un caballo corre, pero no lleva jinete;
un caballo blanco en la noche negra.
Un trueno y un relámpago en la noche negra
y un galope muerto sobre las olas blancas.
¡Llueve llueve! La noche negra y la lluvia blanca.
La luna negra y la noche blanca.
¡Llueve... llueve... !
Corre un caballo sin jinete
por el aire lleno de agua.
Un caballo blanco entre pececillos negros
en el viento pálido.
Corre... y llueve...
y la noche con poncho pardo
cabalga sobre un caballo sin cabeza.
¡Oh la noche negra y la lluvia blanca!
¡Oh la blanca cabeza del jinete
que cayó sobre el barro negro!
¿Dónde encontraremos la perdida alma
del jinete muerto en el agua pálida?
¡Ay, ay, ay, qué lluvia más blanca
en la noche negra!
Mi hogar es una casa pobre sentada sobre cuatro piedras grandes. Conversa con los animales domésticos mientras hila en el patio bajo el tibio sol de enero. Mi hogar se cubre con un pañolón negro hasta las rodillas y sus ojos están fijos en la llama que arde en el fogón. Mi casa es una casa que tiene en cada tabla, en cada viga, tijeral o soquete, fantasmas de conversaciones nocturnas; muertos que conversan en la cocina mientras dormimos; brujos que se convierten en perros, en gallinas, en culebras. La noche es más oscura cuando estamos tristes y los rumores más furiosos cuando la eternidad arrecia sobre el techo de alerce.
MIS MAYORES
A Padre y Madre que navegan sus secretos mares
Ellos amaron lo suyo.
Tantos años viviendo en el viento,
sacrificándose por un pan,
por un descanso en los hogares de la noche:
Coronación de la astilla que,
al picar leña, entró en los ojos del tiempo.
Aún estamos como estábamos: poco ha cambiado
desde las primeras emigraciones y posteriores regresos.
A la subsistencia de la lejanía
agreguemos la muchedumbre de signos filudos
que hieren la planta de los pies.
No hay remedio para el árbol que dice adiós.
No romperemos el horizonte
con las manzanas que caen al amanecer.
Desde el humo se habla para la memoria ennegrecida
y la lluvia ha humedecido tanto el aire
que no se pueden cerrar las puertas del corazón.
Ellos me arrancaron las murras andando a pie
en esta carrera florecida.
y arrendaron el cielo para instalar
la mesa de las bocas con hambre.
Ellos pusieron el idioma en mis hombros
e hicieron desfilar las palabras
al compás del ritmo de los abrazos.
Ellos pagarán mi deuda de hombre a la redonda
con el efímero cambiante perfil de las hojas.
Ellos hicieron un hijo y varios hijos
y después hicieron llorar a Dios con una cebolla.
Ellos son los fabulosos mendigos de la historia.
MUERTE DE UN PARIENTE
La primera vez que ancló en mis ojos
el barco de la muerte
fue durante el velatorio y funeral
de mi último abuelo. Ocurrió en una noche
que con mi primo la pasamos en vela,
seguida de un día en que hubo granizos y relámpagos.
La adolescencia nos escribía por aquel entonces
sus primeras cartas;
de modo que esa noche hablamos de chicas
y nos reímos de los vecinos más risibles.
Cuando muy temprano llevaron el cuerpo a la iglesia
por la playa, (recuerdo) la marea era de aguas vivas,
y en la orilla andaban pequeños pececillos
que se sumaban al cortejo fúnebre.
Tardamos mucho en volver.
A media tarde por fin estuvimos en casa,
mojados, estremecidos bajo los truenos.
Había en las caras algo semejante al alivio;
pero todos sentíamos el peso de los años vividos
sólo para contemplar el final de un hombre.
La muerte ajena nos hizo más vivos y endebles.
Ahora supimos que la lluvia, el granizo de entonces,
las carreras apresuradas, los pequeños y grandes llantos
no fueron casuales, nada de esto
vino fuera de lugar.
En medio del tiempo
nos cargamos de rumores por una muerte más;
olvidamos lo de antes pero persiste el futuro:
esa muerte pasada será mi muerte venidera.
EL DESTINO DE LOS MIOS
¿Quién es aquel que veo en la ventana
de mi habitación cuando me duermo?
No es nadie, o tal vez es tu abuelo muerto
que recuerdas mucho.
El destino de los míos ha sido
quedarse mirando con ojos cerrados
la tarde cuando pasan rebaños
mudos de ovejas
/……./hacia establos apenas imaginados
y luego en la noche salir a lacear
/……………/ toros de recuerdo
para dormir bajo la ceniza caliente
/…………………../de la juventud
y brillar así por un instante como brasa
/…………./o luciérnaga
en mitad de la noche de agua.
Así esperar la muerte emponchado
como si se esperara una lluvia muy helada
/……/caminando
/……………./a orillas del mar
donde las olas rascan una y otra vez
/…………/las axilas del tiempo.
Hacerse por fin transparente y quebradizo
como un vidrio mal puesto en la ventana
/……...../que tiembla y no cae
/…./pero que sabe que va a caer
/………/que ya está cayendo
para siempre sobre la tierra bienamada.
Siempre he pensado en viajes y siempre ando viajando. La vida es un viaje: un viaje sobre el mar espumoso, sobre suelos impávidos, por estas ciudades donde el sol es un helado pintado en el cielo; un viaje por la sangre, al interior de las cosas; un viaje poblado de monstruos horríficos en medio de islas flotantes; un viaje cuyo destino hay que inventarlo cotidianamente para ver si- quiera una vez más las estrellas.
EL ALMA VUELVE Y SE VA
LLovía... Y mi alma vino
estilando a verme, cabalgando en un caballo
que le dolía la vida en las patas
esa tarde inmensa llena de milagrosos sueños.
Era una princesa cuando estaba en el umbral.
Era un pájaro encendido con un arco iris
que comenzaba en sus ojos y terminaba
en las bodegas derruidas de los campesinos pobres.
Llovía otra vez desde las viejas nubes
y mi alma empapada temblaba de frío;
pero al acercarse al fuego de la estufa
se fue poco a poco evaporando
como el agua de una tetera que hierve,
se fue haciendo como de vidrio,
y ya no pude verle en la cocina
sino gravitando sobre la hierba de los campos
y borrando para siempre su última sonrisa.
Y la casa quedó como viuda
que recién sabe que es viuda:
la mesa puesta inútilmente
y llorando, desconsolada, como un bebé con hambre
acostado sobre unos trapos grasientos y rotos.
LA MUJER-PAJARO
Y la mujer vomitó sus entrañas
y voló en la noche negra hasta la Casa de sus [Sueños.
El hombre, recostado en su cama, veía
un pájaro aletear afuera ante su ventana;
se alejaba y volvía otra vez a picotear
con furia los vidrios escarchados.
El hombre trató de dormir, mas esa ave
insistía en la ventana una y otra vez incansable,
hasta que, ciego de ira, se levantó
y salió al patio y cogió una piedra
que arrojó a la cabeza de aquella bauda loca
que se reía en las sombras.
Cuando volvió, estaba blanco,
y al otro día temprano, sin saber por qué, se sintió mejor,
y, por la tarde, soltó una carcajada
afirmado en las lajas humedecidas por el mar.
ANIMAS ERRANTES
Al caer la tarde, una multitud de muertos
vuelven a sus casas,
buscan sus tierras y sus hogares
que la memoria les recuerda.
Vuelven, y a cada paso queda
un espacio íntimo vacío
que llenan las estrellas
con brillantes luciérnagas rojavioletas.
Multitudes de sombras andan
en la noche por los campos
y su paso hace andar los molinos a agua
y quejarse los árboles, como agonizantes
abandonados en hondonadas remotas.
Llegan al umbral de sus casas
y ven la humilde cocina iluminada
por dos toscos chonchones de grasa.
Sus casas están cerradas, como durmiendo,
y alzan la mano para llamar a la puerta.
Al llamado, sale un niño a abrir;
mas, aunque mira atentamente,
no ve a nadie: sólo distingue vagamente
un paisaje solitario donde apenas
se escucha el lejano canto de las aves nocturnas.
“Vivimos como locos y hemos perdido el tiempo.”
(Gonzalo Rojas)
Vuelvo a cerrar los ojos, y ahora veo un hombre emponchado que camina de la tierra hacia el mar y una mujer arrebozada con un chal que camina del mar hacia la tierra. No se ven árboles, no se ve un cerro, no se ve una costa. En el límite del mar y en el límite de la tierra se encuentran y entonces son UNO: UNO que estalla hacia dentro de sí mismo como un relámpago que se enciende para no apagarse jamás. Se han terminado los viajes más tristes; se han terminado los vientos que arrastraban los sueños. UNO, antes del tiempo de un país en flor.
“Hay que remar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba, más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo.”
(Octavio Paz)
SUEÑO CON LA NUEVA TIERRA
Sueño con la nueva tierra.
Esa nueva tierra que no está en los mapas,
que no aparece en el itinerario
/……………/ de los trenes,
que no figura su nombre en ninguna
/……./escritura pública.
Pero está en todas partes:
vendida mil veces como una prostituta
o usurpada por el huinca bárbaro
/………/al hermano mapuche.
La nueva tierra
/……./por donde he corrido más que el viento
hacia la noche alanceada por los espíritus.
El lamento de estas ovejas muertas
me derrumba:
/…………/caigo como un manzano
abatido a hachazos.
Ardiente tierra que hierve bajo los pies.
/……/Pero está en todas partes
la nueva tierra. El campesino la perdió
y el ciudadano la olvidó.
La nueva tierra bajo los pehuenes,
/……../los coihues y los raulíes,
aquella que llora por sus hijos,
muertos en los combates.
Sueño con la nueva tierra:
/………………………./cierro los ojos
y un caballo blanco relincha en medio
de un bosque que no tiene árboles.
A veces pierdo las palabras como puede perderse una moneda de un bolsillo roto o un niño en medio de una multitud o un turista en las calles de una ciudad desconocida. El poema se evapora, se hace invisible. Hurgo entonces por toda la casa buscando estas condenadas palabras. Las muy traviesas se han escondido; pero ya aparecerán, siempre aparecen.
Leo un poema de Rimbaud, y allí está Rimbaud riéndose en medio del cielo; su pierna podrida ya no le duele, el mar ebrio le ha lavado las llagas y su cabeza alumbra hasta el horizonte como el sol.
POEMAS ENTERRADOS
Vinieron los peores días de represión,
cuando hasta el aire estaba embrujado
y no maduraban las siembras
ni había comercio en las ferias.
Entonces tuve que enterrar unos cuantos
poemas para el futuro.
Tal vez ya hayan germinado y crecido.
Tal vez todavía estén esperando las primeras
lluvias para levantar su índice al cielo.
En alguna parte del pasado
han de estar ahora,
en alguna quebrada vivirán ocultos
como monstruos de sueño.
Y estos Poemas son los que deambulan
por los montes, los verdaderos
prófugos de las verdaderas prisiones;
éstos que un día sembré bajo la tierra
para el futuro.
FLORECIMIENTO
Habrá estado muy tiritón este avellano celeste,
y este pequeño arrayán inefable
habrá pasado sus lunas muy dormido
en el vientre sin estrellas.
Y aquel maqui junto a la de más allá
mata de chilcas habrán tenido
su fuego guardado en lo más hondo
que andan levantándole la cola
a los cometas distraídos.
Un invierno pasó como un barco,
y se perdió en el mar de los ojos. Y mi paisaje
se sacude la lluvia con rápido movimiento
de alas. El huerto maestro
florece. Así la pavesa vuelve a la llama,
la arena a la roca. El primer hombre
sale desnudo del aire y grita a todo pulmón
desde la copa del álamo más alto.
LA VIDA
Esperamos a nuestros muertos incontables años
afirmados en los cercos.
Abrazados a las estacas soportamos los vientos
huracanados,
el granizo, la escarcha y los soles
que partían la tierra y llenaban
los palos secos de lagartijas.
Nuestras cabezas de jabón
se disolvían por la nostalgia;
se gastaban nuestros ojos por mirar
tanto los mismos cerros,
los mismos manzanos y los mismos álamos
cimbrados por el viento desatado del noroeste.
Levantamos cuanto pudimos nuestras casas,
juntamos piedras y pies derechos,
tijerales y miles de tejuelas partidas a machetón.
Pero se mutilaron nuestras manos
y huyeron de nuestros brazos como pájaros por los aires.
Y cuando regresaron ya estábamos ciegos y mudos.
No supimos de nuestro destino
y echamos raíces donde se deposita el cieno del invierno.
Así, de a poco, nos fuimos desnudando de [nuestras ropas;
primero de las más gruesas,
luego de nuestra ropa interior,
más tarde nos desprendimos de nuestras carnes y [huesos
hasta quedar sólo la transparente y clara esencia
sin forma ni rastro, sin apariencia alguna:
acaso sólo una palabra, sólo una idea pura
de hombre o mujer
en medio del tiempo indescriptible y aullando.
(l977 - l985)