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Poesía y capitalismo. El poder de la economía, el poder de la palabra
Sergio Mansilla Torres

Ponencia, inédita hasta ahora, presentada en el Congreso de Escritores realizado en Puerto Varas en enero de 1993. La presente versión ha sido ligeramente modificada en algunos aspectos de estilo y de referencias de época en relación con el texto original.

Como dice el crítico norteamericano Fredric Jameson, “si uno no puede resolver las contradicciones, al menos éstas pueden ser usadas unas contra otras en formas fecundas” (117)[1] Una contradicción es, por ejemplo, el hecho mismo de que con fondos gubernamentales o al menos administrados por el gobierno se financie un congreso de escritores, como éste, mientras la edición, distribución y difusión de los libros y revistas -productos tangibles que al fin de cuentas contribuyen decisivamente a legitimar a un escritor- están por entero libradas a las leyes de un mercado competitivo a ultranza o, en su defecto, a una circulación persona a persona movilizada por los amigos del gremio. El escritor, además de imaginar mundos posibles y escribirlos, está obligado a asumir el rol de administrador de su empresa intelectual, hasta un punto en que muy probablemente esta situación está condicionando de un modo fundamental la imaginación poética misma. Por decirlo de alguna manera, la economía política de la imaginación literaria se modela a través de la práctica de colarse por los intersticios de las relaciones de producción y reproducción capitalista que son, obviamente, también relaciones de poder. Tales relaciones, a estas alturas, son lo suficientemente poderosas y estabilizadas como para pensar que los escritores tenemos sólo dos opciones: una es sobrevivir dentro del poder cooptándolo para la propia expresión personal y construcción del ego de escritor, pero siendo a la vez cooptado por este mismo poder que convierte al escritor y a su obra en significantes ideológicos y culturales, y por lo tanto políticos, del sistema.

El que hoy estemos aquí nos convierte de un modo u otro en sujetos interpelados por el establishment, es decir, sujetos a un orden ideológico y político que constituye, querámoslo o no, nuestro horizonte de cotidianeidad inmediata. Que no sólo funcionamos como órganos reproductores de ideología y de relaciones de poder ya dadas es asimismo muy cierto: la movilidad de la imaginación así como el carácter utópico que en última instancia tiene toda ideología -lo que presiona por una suerte de comunitarismo estético por encima de las diferencias de clase y afiliaciones partidistas de todo tipo- hace que siempre sea posible generar sitios de resistencia en el interior mismo de las redes de capital y su aparato político-cultural.

La otra opción es no bailar con los lobos. Pero el problema es que, dado el efecto envolvente global del capital, estar fuera del juego es estar al mismo tiempo dentro de él de otra manera, en la medida en que los límites y la marginalidad son también sitios pre-vistos por el poder. En cierto sentido, se trata de zonas cuidadosamente planificadas en tanto el impulso subversivo de éstas se vuelve condición de reafirmación de lo oficial. La oposición, la diversidad, la diferencia y la indiferencia están ahí como categorías que funcionan como el equipo rival que hace posible el juego. Por cierto, estar “dentro“ o “fuera” es una decisión personal que compromete los valores del sujeto individual, aunque la construcción y autopercepción del sujeto libre no sea, al menos en parte, sino el efecto provocado por la ideología de la modernidad liberal que enmascara las sujeciones e interpelaciones mediante la exhibición de un espectáculo de presunta absoluta libertad del individuo para ser o no ser, estar o no estar. La verdadera libertad individual es un lujo sólo de los poderosos.

El carácter globalizante del capitalismo articulado con la libertad política de un sistema que negocia constantemente con los herederos de la dictadura, no impide, sin embargo, la existencia objetiva de situaciones de marginalidad y/ o descentramiento por más que éstas funcionen como elementos constituyentes de un orden que crea sus propios hoyos negros y negocia con ellos las consecuencias subversivas, controladas, de éstos. De aquí tal vez el carácter esquizofrénico de la condición del sujeto poeta y del sujeto poético en la modernidad (el primero es la condición de posibilidad del segundo y éste una forma de concretización de aquél), debido a la erosión del sentido direccional de la historia alguna vez imaginada como un tránsito hacia la sociedad sin clases o hacia el gran mercado igualador de oportunidades. Hoy sabemos que el futuro puede ser una peligrosa fuente de esperanzas alienantes, que sólo contribuyen a perpetuar la desigualdad en el aquí y ahora, desigualdad que se experimenta como una imposibilidad casi cósmica de construir otra historia. “Estamos cansados de hechos; queremos promesas”, rezaba un irónico graffiti que alguna vez leí en los muros de una ciudad chilena. Y es cierto: estamos cansados de los hechos que derivan de promesas que ya nadie cree. Habrá, pues, que reinventar la promesa para que cambien los hechos.

A diferencia de las “sociedades saciadas” del primer mundo que han llegado al “postfordismo” y/o “postmodernismo” por los caminos de la sobresaturación de bienes culturales y simbólicos, además de políticos, nosotros -chilenos postdictatoriales, y a estas alturas post genuinamente democráticos, aquejados de enormes desigualdades de todo orden- sufrimos el efecto erosionador del neoliberalismo y su abismante falta de memoria histórica sobre el yo que ya no es percibido como entidad homogénea ni unitaria. El efecto “postmoderno“ de lo dictatorial, postdictatorial y postdemocrático pasa entonces por una crisis del sujeto en el sentido de que el yo “como ego completo y cerrado”, se ha vuelto “como más fragmentario e incompleto, como compuesto de múltiples ‘yos’ o identidades asociadas con diferentes mundos sociales” (Hall, 126)[2] .

“Las sensibilidades emergentes [de fines de los años 80 y de los años 90] están atravesadas por las expectativas de un tiempo ‘post’” (Cárcamo, 103)[3] . Un tiempo post que tiene que ver con la aguda espectacularización de la historia, la crisis de las grandes utopías políticas, la percepción consciente y no menos aguda de la etnicidad como componente de formaciones sociales abiertas y atravesadas por múltiples diferencias, el grotesco espectáculo kitsch de la justicia en el ámbito de los derechos humanos (hasta lo años 90), la legitimación de la subjetividad femenina desde una posición femenina y/o femenista del sujeto -gesto que tiende a poner en evidencia, con más energía que la escritura masculina, que lo personal, incluyendo lo sexual, es político-; en fin, un tiempo post que marcado por el hecho de que en el terreno de la literatura se rehuye de los compromisos ideológicos que suponían una confianza no cuestionada en grandes narrativas ideológico-culturales y políticas imaginadas sin fisuras. No nos extrañemos entonces que la nueva literatura chilena, desde y con estilos, procedimientos y sensibilidades individuales diferentes, deje esa sensación de gozosa “decadencia”, simultáneamente pesimista y optimista; de una confianza nada inocente, una desconfiada desconfianza, en el lenguaje y su capacidad de representación. Probablemente lo que Iván Carrasco llama “neovanguardia”[4] sea el tipo de poesía que con más claridad y conflictividad exhibe estas paradojas. Pienso, por ejemplo, en los trabajos de Juan Luis Martínez y en Poemas encontrados y otros pre-textos de nuestro Jorge Torres. Pero no sólo en tales muestras extremas de la (des)escritura poética encontramos huellas de los nuevos tiempos; también las hallamos en escrituras mucho menos transgresoras del verosímil poético así llamado tradicional[5] (adjetivo, por cierto, contenedor de sentidos encontrados): las contradicciones del yo no solucionadas pero convertidas en material de una imaginación literaria que inevitablemente negocia con una historia brutal que ha descentrado al sujeto y nos ha arrojado no a los márgenes necesariamente sino, como ya lo sugerí antes, a los intersticios del aparato de estado neoliberal, en la incómoda posición de testigo de cargo contra el mundo; incómoda en la medida en que si lo personal es político entonces atestiguar contra el mundo es también en alguna medida atestiguar contra sí mismo.

Me inclino a pensar que esto, de ser así, no constituye en absoluto una novedad. Desde que el romanticismo vino a echar por tierra el proyecto literario ilustrado que concebía a la literatura como un producto legitimado a priori por el gran relato del progreso y la iluminación laica de los espíritus y afiliado plenamente a éste, la literatura moderna se ha debatido en el conflictivo cruce subjetividad-objetividad precisamente en tanto uno y otro ámbito no son entidades homogéneas y separadas sino un territorio por donde transitan esos flâneurs de Baudelaire, vagabundos, exiliados de sí mismos, y, sin embargo, atrapados en la red de un sistema que empuja a los creadores a ser un cierto tipo de piezas especializadas dentro del aparato de reproducción ideológica por encima del contenido específico de sus obras: ser creador o ser intelectual, en cuanto hecho que contribuye a legitimar la división del trabajo, es ya un lugar donde ocurre la modernidad y su orden capitalista. El capitalismo tiene la capacidad de convertir en mercancía todo lo que toca. De ahí que imaginar y escribir en la modernidad pasa por una negociación con la economía, y no estoy pensando en el simple circuito comercial de producir y vender y comprar. Se trata de algo más profundo y sutil: la configuración de una economía del inconsciente estético que tiene que ver con batallas no definidas del deseo. El sujeto, entonces, aparece objetivado en múltiples imágenes que unas veces compiten entre sí por la legitimación social y otras, o más bien de un modo simultáneo, hacen causa común con el fin de constituir un espacio ególatra paradisíaco anterior a toda contradicción. El punto es que la erosión de las grandes narrativas que daban unidad y profundidad política al yo, ha hecho que estas múltiples imágenes sean el sujeto, de modo que ya no estamos sino ante un cúmulo de superficies ligadas por una especie de gozoso vacío, de una ausencia que, eso sí, tiene el mérito de habernos vuelto ideológicamente más móviles o, si se quiere, menos comprometidos con posiciones que no sean aquellas que se legitiman a sí mismas dentro del espacio local de la estética y de la imaginación artística misma, y aun éstas son asumidas con el optimismo de la derrota. No se confunda esto con la vieja idea del arte por el arte. Lo que tenemos al frente y dentro de nosotros es un escenario carnavalesco, tragicómico, una eufórica “jouissance“, donde lo serio no es serio sin dejar de ser serio. Porque tampoco se trata de disolverlo todo en un puro movimiento azaroso, sin sentido, en el que las superficies duras de la historia, en particular de nuestra historia nada feliz, se vuelva una pura blandura desmemoriada, un movimiento que ha perdido todo punto de referencia. Y eso ya no es movimiento.

Pienso que por aquí toma cuerpo la función subversiva de la literatura, precisamente porque se reconoce que la subversión más radical de la estética tuvo quizás su mejor expresión en los años 20 pero que hoy por hoy la subversión de los códigos estéticos y políticos es un juego de espejos entre el pasado y el presente, un cruce de “alta” y “baja” cultura, una intersección, en suma, de registros reciclados que exhiben la polifonía dialógica de que habla Bakhtin. Jameson es de la opinión de que el arte moderno ha perdido la capacidad de representar la totalidad y lo que diferencia el arte moderno del postmoderno es que el primero, a pesar de la consciencia de que la totalidad es inconmensurable, emprende seriamente la tarea de representarla; tarea obviamente condenada al fracaso de antemano, pero es justamente al fracaso que los escritores le sacan partido. El arte postmoderno ha renunciado a todo intento de representar la totalidad, fijando, en cambio, la mirada en la representación misma construyendo y deconstruyendo simultáneamente los códigos que establece[6] . No quiero decir con esto que todos los escritores chilenos de los años 80 y 90, como obedientes a una orden de mando, estemos escribiendo literatura postmoderna. Lo más seguro es que nuestra literatura, en cuanto discurso(s) representacional(es), transita indistintamente entre lo tradicional y lo nuevo, por así decirlo, y lo que quiero enfatizar no es ni lo uno ni lo otro como si fuesen compartimientos claramente delimitados, sino el tránsito mismo de la imaginación poética en tanto movimiento refractario de lo que Jameson llama la lógica cultural del capitalismo tardío, tan desigual en nuestros países periféricos; gesto de reconocerse en una sublimidad poco y nada heroica. Si hay algo de sublime será el horror mismo al vacío y el auge del simulacro. Ahora bien, la tarea puede ser buscar signos del efecto simulacional del capitalismo dictatorial y/o democrático (o pseudodemocrático) en autores y textos particulares; pero también, y quizás con más énfasis, analizar el modo en que la literatura se articula en el tejido social con el imaginario político y cultural en general dando cuenta justamente de la transformación de las grandes soluciones estéticas (e.g. realismo socialista, superrealismo en sus formas más canónicas) en productos discursivamente reciclados cuya naturaleza citacional no los vuelve necesariamente parasitarios de una escritura anterior.

Recuerdo que en el ya lejano año de 1980 fui invitado a un Encuentro de Arte Joven en Las Condes. Tuve entonces la oportunidad de presenciar la “lectura” poética de Ronald Kay quien no hizo sino extender unos pliegos de El Mercurio en una de las paredes de la sala y leer textos del diario seleccionados más o menos azarosamente. Recuerdo que hice notar en la discusión posterior que eso a mí no me parecía poesía en absoluto y que, en todo caso, la acción vanguardista era anacrónica. La dictadura vivía por entonces sus mejores años y la urgencia de denunciarla directa o cifradamente y alentar de cualquier manera un futuro mejor volvían un lujo suntuario cualquier otra acción en la que no se reconociera de buenas a primeras el horizonte político de la contingencia inmediata. Hoy estimo que lo que entonces hizo Ronald Kay pretendió ser un atentado a la institución burguesa de la literatura, concretamente representada en la alta burguesía de Las Condes; pero un atentado apenas con una bomba de humo y ruido que no alcanza a recodificar las significaciones del discurso del poder. En apariencia es algo similar a lo que Jorge Torres hizo más tarde con sus Poemas encontrados y otros pre-textos; pero hay una importante diferencia: el gesto “neovanguardista” de Torres no arremete contra la institución literaria en sí sino que la refuerza mediante la apropiación del discurso extra-literario que, arrancados, de su contexto original, exhiben sus energías poéticas. Torres escribe todo un testimonio de una época, su propio personal testimonio no sólo de lo que ocurría en el Chile de los años 80 sino también de lo que ocurría en su propia subjetividad, cuya marca más evidente es la imposibilidad de escribir excepto leyendo y (foto)copiando lo ajeno que se vuelve así propio. No creo que Poemas encontrados... sea el resultado de una mera “choreza” semiótica más bien anárquica, superficial en última instancia. No obstante, cabe decir que lo superficial es también signo de un estado de cosas que pasa por el vaciamiento de las “profundidades” del ser, y en la medida en que estas profundidades pretendían ser colmadas en 1980 por el imaginario de la dictadura, la acción de Kay en Las Condes sí tuvo en su momento alcances subversivos aunque éstos no sean más que la pura y simple ruptura de las espectativa de un público que quería escuchar un recital de poesía.

Me pregunto ¿hasta dónde esto que he dicho sobre la condición de la literatura en la etapa del capitalismo tardío de la provincia efectivamente es así y no se trata del despliegue de ciertas conceptualizaciones que no describen las reales condiciones de nuestro ser literario? Pero ¿a qué vamos a llamar “reales condiciones” si al final lo real es siempre una conjunción de cosas y sueños? La representación de los hechos es ya un hecho y, en cuanto tal, una materialidad histórica susceptible de interpretaciones y nuevas representaciones. Es el efecto multiplicador del simulacro que se vuelve realidad dura. Me pregunto también si esta pretensión de leer una zona específica del tercer mundo como lo es la nuestra con categorías que tienen su origen en el primer mundo no sería signo de la transnacionalización cultural y política que en los hechos no es sino una diseminación del poder del imperialismo. Digamos que sí, pero ¿no tenemos acaso las neocolonias, la periferia sureña, de interceptar las energías ajenas para nuestro propio beneficio? ¿Vamos a acusar, por ejemplo, a Jorge Torres de simpatizante de la dictadura por “escribir“ un libro utilizando textos y fotografías provenientes de órganos del vociferante aparato de reproducción ideológica de ésta? Por otro lado ¿cómo asumir la femenización y etnización del cuerpo social en la literatura tensionando los estereotipos del macho y del blanco presentes en la historia de nuestro país informada por relaciones de dominación sexual y de clase y de discriminación racial? Sospecho que estas preguntas no pueden responderse satisfactoriamente en el terreno de la crítica con criterios que suponen que la literatura y la vida son dos cosas muy distintas, que la cultura y la política son como el agua y el aceite o que el texto y sólo el texto se basta a sí mismo enmascarando la necesaria negociación semiótica que éste supone con las estructuras sociales, las matrices ideológicas del sujeto, el inconsciente estético, etc. Bien vale aventurarse por los territorios de la libertad; en algún momento sabremos si son ilusorios o no.

Universidad de Los Lagos

Enero de 1993


[1] Fredric Jameson. “De la sustitución de importaciones literarias y culturales en el tercer mundo: el caso del testimonio”, Revista de crítica literaria latinoaericana 36 (1992): 117-133.

[2] Stuart Hall. “Brave New World”, Revista Casa de las Américas 198 (1992): 125-130.

[3] “A partir de una mirad abierta y abismal”, La ciudad poética post. Diez poetas jóvenes chilenos. Eds. Luis Ernesto Cárcamo y Oscar Galindo. Santiago: Fondo de Iniciativas Culturales, Instituto Nacional de la Juventud, 1992: 101-108.

[4] Cf. “Poesía chilena actual: no sólo poetas”, Paginadura 1 (1989): 3-10.

[5] Sería largo detenerse a comprobar los alcances de esta afirmación. Basta por ahora señalar que en una poesía como la de Rosabetty Muñoz en Hijos (valdivia, el kultrún, 1991), con todo lo “tradicional” que pudiera parecer, encontramos a un sujeto lírico femenino contradictorio, irresuelto, incluso en su condición misma de madre que constituye el eje central de su configuración en cuanto sujeto poético.

[6] Cf. Fredric Jameson. “Conversaciones con Jameson” (Horacio Manchín, entrevistador). Nuevo texto crítico 7 (1991): 3-18.




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 Referencia
Sergio Mansilla Torres.  "Poesía y capitalismo. El poder de la economía, el poder de la palabra."  Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    9 de mayo de 2006.
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