Coppi, uno de los personajes principales de la novela-ensayo Estética de la resistencia, de Peter Weis, en un pasaje del volumen 1 de la trilogía plantea el dilema de fondo que anima esta presentación: “me pregunté cómo podríamos haber conseguido el dominio del arte de escribir. Si llegábamos a comprender algo de la realidad política en la que vivíamos, cómo podríamos transformar con aspiraciones de continuidad, en una imagen escrita, ese material diluido, poco consistente, deliscuecente, que nos llegaba en forma fraccionada. La reflexión y la investigación, reposadas y tranquilas, estaban fuera de nuestro alcance” (p. 147). El personaje, Coppi, lo que describe como “material diluido” es la historia de la resistencia política y militar protagonizada por hombres y mujeres, quienes, conspirando en la clandestinidad, creando redes con los sindicatos obreros o combatiendo, como brigadistas internacionales, en los campos de batallas de la guerra civil española, se oponían tenazmente al avance del fascismo que, como una marea negra, se extendía en la Europa de los años 30. La “estética” con la que Peter Weis nos interpela en el primer tomo de su novela arranca de una denuncia y de un dilema: denuncia, primero, la incapacidad política y militar de la izquierda de entonces para derrotar al fascismo en España, no obstante el desinteresado y heroico esfuerzo de tantos combatientes que pagaron con sus vidas su lealtad inquebrantable para con los ideales revolucionarios de tipo socialista. El dilema que Weis nos invita a compartir es preguntarnos si el arte y la literatura, en una sociedad burguesa, pueden en verdad hacer justicia a la memoria de una historia de sacrificios y de derrotas pagadas con sangre, o si, por el contrario, la obra, en su deslumbrante belleza, sólo complace a los privilegiados, mientras que los postergados ni siquiera conocen, en estricto rigor, los conceptos de cultura y belleza estética.
He querido comenzar esta presentación del libro Neltume, el vuelo quebrado, de mi entrañable amigo y colega Rubén González Lefno, haciendo una fugaz referencia a Peter Weis, pues más allá de las diferencias de forma escritural y de contexto historico-político aludidos por los libros de Weis y de González, ambas obras se proponen como escrituras de resistencia en el sentido más genuinamente político del término. ¿Qué puede decir -y eventualmente producir en un sentido pragmático- la literatura de ficción, puesta en el trance de dar cuenta de una historia de violencia, sin llegar, o rozando apenas, la trivialización fantasiosa, éticamente insostenible al fin, de las víctimas y sus destinos, convertidas, entonces, sólo en imágenes de literatura? Esta pregunta, que quizás carezca de respuesta satisfactoria en el plano de la teoría de la literatura y de la teoría política, es respondida, en este caso, desde la práctica escritural de narrativizar un segmento de la historia reciente de Chile, práctica que, en Rubén González, toma la forma de un volumen de cuentos.
En efecto, en Neltume, el vuelo quebrado, hallamos una serie de relatos que ficcionalizan, desde la perspectiva de los derrotados, hechos y situaciones acontecidos en la zona de Panguipulli; primero, entre en los años 1971 y 1973, período en que la izquierda mirista realizara un intenso trabajo político con los obreros del complejo maderero Panguipulli y campesinos de la zona; luego, a inicios de los años 80 del siglo pasado, momento en que se producen acciones de resistencia guerrillera en la húmeda selva valdiviana de Neltume. Pero la historia, en su dimensión de verdad positiva, documentada, es apenas el telón de fondo de los relatos. No hallamos en el libro de González una escritura que se conforme con el simple verismo documental ni menos una escritura que se agote sólo en el reclamo airado contra un orden de cosas violento o sólo en el lamento lastimero y saturador de los derrotados. Los relatos de Rubén González se presentan como indagación en los mundos privados de los personajes, puestos ellos en la acción de combatir contra fuerzas militares absolutamente superiores en armamento y en efectivos, a sabiendas que sus acciones de resistencia armada eran, en gran medida, una apuesta quijotesca, éticamente impecable sin embargo, contra ejércitos que no estaban compuestos precisamente por carneros y ovejas (como en el famoso episodio del Quijote); por carniceros sí, feroces cazadores de hombres que disparaban ráfagas de metralla contra los árboles ante la más mínima sospecha de que hubiesen enemigos en la espesura.
Los relatos se estructuran a partir de situaciones límites que ponen a prueba el heroísmo, la resistencia o simplemente el deseo de continuar viviendo en medio del hambre o de la tortura, de personajes que representan a aquéllos que están en desventaja, no sólo ante el enemigo en el terreno militar, sino en desventaja ante la historia; en desventaja, también, ante la naturaleza, la que por momentos aparece como un obstáculo insalvable para el sostenimiento no ya del proyecto político sino de la simple sobrevivencia. No es un libro que profundice en la psicología de los personajes; no hay propiamente héroes en el sentido de individuos que concentren rasgos de líderes, digamos, personalidades que resplandezcan, en su individualidad, como cumbres inalcanzables. Lo que hay es un conjunto de individuos, casi anónimos, que se desplazan a hurtadillas por la selva, como sombras que deben confundirse con los troncos y las hojas de los árboles; mimetizarse con los cerros, hacerse ojalá invisibles, incluso ante los suyos más amados y ante sí mismos.
En rigor, los cuentos son la verdadera historia de un “vuelo quebrado”: el vuelo de quienes, dejando mujeres e hijos en remotos países, se internaron en la selva valdiviana con el propósito de crear allí un foco guerrillero contra un régimen que les resultaba intolerable; o el vuelo de quienes, convencidos de que la historia de Chile debía tomar un rumbo revolucionario, emprendieron un vasto trabajo de educación política que sería luego borrado con desmesurada violencia. En los cuentos de González no hay diferencia entre personajes “intelectuales” o simples campesinos: todos aparecen igualados ante las situaciones límites de la prisión, la tortura, la fuga a pie por la cordillera, la sobrevivencia llevada a su máxima capacidad, o igualados en el gris escenario de la muerte violenta y despiadada cuando ya no tenían ninguna posibilidad de defenderse.
Los relatos de Neltume, el vuelo quebrado aparecen como retazos yuxtapuestos de una realidad histórica que, al decir del personaje de la novela de Weis, se presente como un “material diluido” que nos llega en “formas fraccionales”; una “escritura del desastre”, en expresión de Maurice Blanchot, que se resiste, sin embargo, a la borradura y que, de un modo u otro, se erige como historia; aquella historia que ningún libro de historia registrará: la de los miedos profundos, la de los sueños más íntimos, la de los punzantes dilemas de los momentos cotidianos ante el acoso militar, la del infinito dolor de ser testigo de la tortura de los suyos y no poder hacer nada, en fin, historia de una historia que muchos no alcanzaron a contar a nadie. La literatura de ficción es la que nos ofrece estas experiencias de realidad, que fueron, seguro, experiencias realmente vividas por quienes nunca podrán decir nada de lo que sintieron, porque ya no les queda lenguaje ni cuerpo.
¿Cómo la literatura puede hacer justicia a todo esto? Quizás asumiendo en plenitud las palabras de Peter Weis, a través de su ya mencionado personaje Coppi: “la reflexión y la investigación reposadas, reposadas y tranquilas, están fuera de nuestro alcance.” La intranquilidad del escritor y de la escritura, sea, en el mejor de los sentidos, un homenaje a quienes no tuvieron ni tranquilidad ni reposo ni siquiera después de morir.
(Nueltume, el vuelo quebrado. Valdivia: Pentagrama Editores, 2003)
Octubre de 2004