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Dispersiones [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


Pequeña historia de amor
Sergio Mansilla Torres

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El asunto consiste en coger un libro de cuentos y una gramática francesa, que obviamente no estudiaría, e irse caminando como quien no quiere la cosa, silbando alguna nostálgica canción de los años 60. Entonces llegar a la Red Square teniendo, eso sí, el cuidado de pasar lentamente por los puntos más concurridos del camino; por ejemplo, la terracita ésa del cafetín donde suelen dorarse en estos días de sol unas gringas de rubiez transparente acompañadas de un café seductor. Instalarse haciéndose el sonzo en alguna de las bancas más visibles de la explanada, estrategia infalible para ser visto aun hasta por el más distraído. Leer tomando el sol, mirar de vez en cuando algunas de las pantorrillas que pasan en inacabable y desordenado desfile delante de sus propias narices. Y esperar. En cualquier momento aparecerá ella y será cosa de quedarse quietecito, respirando apenas, simulando estar enfrascado en la lectura y, de pronto, cuando esté lo suficientemente cerca, hacer algún gesto idiota pero significativo para llamar la atención sin que se note demasiado. “¡Hola! tú por aquí. Qué bueno verte. ¿Y cómo van tus cosas”, etc. Y ella responderá en una media lengua española salpicada de palabras en inglés y francés, riéndose de tanto en tanto con una risa que convierte su cara en delicia imposible de mirar sin imaginarse escenas idílicas en una casa solitaria en la playa de una isla tan parecida a la tierra natal. Luego tal vez la invite a tomar una copa o un café por ahí cerca en alguno de esos chincheles de primer mundo de los que emana un indefinible olor a asepsia y a comida. En el peor de los casos, si ella anda apurada y dice que sólo vino de una carrerita (naturalmente no usará esta palabra) a hacer no sé qué cosa, digamos que a enterarse de alguna información, quizás a la biblioteca a buscar no sé qué libro ante el cual habrá que mostrar un súbito interés preguntando de qué trata, quién es el autor, qué otros libros ha escrito; preguntas éstas acompañadas de algún chascarro suave para aliviar el ambiente. Decía que en el peor de lo casos siempre será posible insistir en las llamadas telefónica: “llámame cuando quieras”, “te llamaré mañana”... “¡Ah no vas estar en casa!, bueno, pero te puedo llamar pasado mañana”; “en todo caso, si no estoy me dejas un mensaje”; cosas así. Y quedará un vacío cálido con olor a mujer, pero no a sexo, desde luego, sino a algo mucho más sutil que tiene que ver con el tiempo, con la tarde asoleada llena de gringos despreocupados que sacan a pasear a los niños y a los perros con idéntico puntilloso cuidado, con la memoria de un país cubierto de lluvia y de niebla.

Así hasta que la tarde se hace notar con un ramalazo de aire que se cuela no tanto por la piel sino más por los vericuetos de la ensoñación con un fondo de montañas azuladas y un rumor de lagos tranquilos que se adivinan a lo lejos. Hasta que el hambre o el aburrimiento le recuerdan que debe volver a casa lentamente, paso a paso, mirando vidrieras o haciendo como que las mira, con un regusto a sal en la boca, pero, en el fondo, disfrutando de algo parecido a la tranquilidad e incluso a la felicidad, sobre todo por este sol tan magnífico y el jugueteo de las ardillas que suben y bajan los enormes castaños de la avenida. Ya en casa, poner el toca cintas para escuchar a todo volumen esa vieja canción de los 60; sonreír ante el espejo, comer algo, situarse finalmente en la realidad indesmentible de un cuento que transcurre en un país que bien puede ser la Argentina o el Chile de los militares donde los personajes misteriosamente desaparecen al entrar en una oficina atestada de funcionarios de terno gris que fuman y fuman incansablemente con la mayor despreocupación del mundo.

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