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17 de mayo de 2012
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Poesía
Walter Hoefler: Las palabras eligen al poeta
Walter Hoefler

MANOS CERVANTINAS



PALABRAS

Ante todo palabras.
Regresas a ellas,
paraíso rescatado.
Todo es posible.



POESIA II

Nombres y más nombres,
Inventados, inexistentes, olvidados,
Proposiciones con la premura que la mañana
es nuestra vida interminable
y que el nombre arrastra consigo la obra
y el instante en que ella aún no nace.



EL LUGAR QUE HABITAS

Tierra escandida por el agua,
que no te guarda rencor.
El ojo de vidrio del río
está abierto a otro cielo
donde los insectos posan sus patas
como pequeñas puñaladas.



CUERPO

Crece en vano,
crece sin promediar jamás lo que presume.
Moléculas deshechas
por la mirada y los sentidos.



SOBREVIVIENTE

El amor y las palabras se resienten
y se consumen como todo lo amado.
Escarabajo que hurga entre nuestros dedos.




LAS COSAS DEL OFICIO


POEMA

Mirada que oscuramente revierte
el orden de las cosas.
La mano cede a la presión de la nada
y se escapa en el muñón mudo de su signatura.
La palabra y los labios se disponen
a romper la tela de saliva.



EL TIEMPO

Tiempo en el papel
que ya no es tiempo.
El tiempo donde esté,
no es orden externo,
la clave es disolverlo.
No tiene prisa,
pero si paciencia.
Nos sobrevive,
nos sobrepasa,
nos sobresalta.
Quien de él se sale
que se disculpe,
muralla blanca.
El tiempo queda,
tú lo abandonas,
abandonado
el tiempo recuperas.



SÓLO PALABRAS

Palabras para copar tanto silencio no sobran
cuando ellas no se inquietan por significar
lo que otros mienten.
Resguardo del encuentro
entre el signo y la necesidad
que como el rayo de sol no pertenece
al lugar del cual procede.



ADVERTENCIA

Ojo con el sol que guiña en tus ojos perplejos
a media mirada la envergadura de las cosas.
Para qué mentirnos
mientras las palabras y las cosas
moren en distintas ciudades.
Babilonias de un insomnio lejano.



FUNCIONES
Para Jorge Ojeda y Jorge Teillier, ahora.

Una función tiene la poesía:
La de un eco casi sordo,
la otra es menos una función, más un valor,
ninguno que se deje medir con la amistad
o con un atributo de ésta:
el vino, y cierto dolor.
Ella es así también resto, residuo,
palabras sobre el abismo,
sobre el cual nos detenemos.




TREINTA AÑOS ANTES

"Quién lee los diarios de 1938."
(Jorge Teillier)

Ya no me despido de nada,
ya no estoy, ni soy,
ni estaré en el lúcido recuerdo de la hermana.
El poeta no elige su destino,
sólo elige las palabras
que imitan al destino.


Ya no me despido de nada,
si ni siquiera nos encontramos
con tanta muerte y maravilla
de saberse muerto.
Después de todo
no nos volveremos a encontrar.


Ya no me despido de nada
persisto en negarte,
persisto en no excluir las evidencias,
persisto en escribir
lo que no quisiera,
persisto en creer que te reescribo.


Ya no me despido de nada,
como si sólo se tratara de leer reversos,
como si sólo se tratara de recordar
para saber que estamos juntos
los reencontrados,
los que están donde están.


Ya no me despido de nada.
Las palabras eligen al poeta
y se instalan en él.
De La Ligua a Lautaro
hay igual cantidad de sonidos
pero también un pequeño quiasmo.


Ya no me despido de nada,
un potro negro hace retumbar
los adoquines de La Ligua
huyendo del quebranto agitado de sus miedos.
Entre los árboles una familia
inaugura una tumba.


Ya no me despido de nada ni de nadie,
todo es olvido y retorno, sólo saludos
fingiendo que la vida recién comienza
como la cerveza que abrimos al amanecer
y que anula todas las hambres
y nos finge todas las verdades.


Ya no me despido de nadie ni de nada
en lo que quiero creer,
creer sólo en la palabra que hilvana
esta línea interminable
de mentiras piadosas.
Como se ve, ya no creo en nada.


Ya no me despido, ya dejé de respirar,
ya dejé de amar
la sombra de otra hermana,
de otros mitos que tejí por admiración,
demasiado convencido
de mi propia desesperanza.


Ya no me despido,
las palabras siempre me vuelven y me envuelven
en esta letanía de negar lo que hago,
ya no me despido,
me encuentro y me devuelvo.


Ya no me despido,
porque estamos aquí
sobre la altura de La Ligua,
último lugar habitado por los muertos
junto al muro
donde dice: "Allende vive".


Ya no me despido, digo
porque también escribí "me despido",
imitándote sin saber
que las palabras te eligen
como antes eligieron a otro
y lo restaron del olvido.


Ya no me despido
porque estamos como antes
treinta años atrás
detenidos en una esquina
esperando que dos escoceses ebrios
terminaran de cruzar una calle valdiviana.
Son "los chilenos de Europa", dijiste,
antes que todos fuéramos lores
y creyéramos más en la justicia inglesa.


Ya no me despido,
para cambiar el ritmo de las cosas
y decir que nada es igual
o es sólo demasiado parecido, pero distinto.
Sin embargo, ya no nos entendemos de la misma manera,
demasiada sequedad sobre tus labios.


Ya no me despido,
Sólo para contrariarte,
para contrariarme a mí mismo
escribiendo este texto casi mecánico,
con un estribillo casi como el andar de un auto,
destrozado a veces por trenes fantasmas
que sorprenden a los guardagujas
para confirmarles que todavía existen.


Ya no me despido,
rompo el ritmo para confirmar que nada es igual,
que no hay estrofa igual a la otra,
aunque se repitan las mismas palabras y las mismas ideas,
repetimos para recordar,
para creer en la semejanza de las cosas,
para hacer más pequeño al mundo,
más habitable.


Ya no me despido,
aunque no crea en las despedidas
que sólo son ardides protocolares
para fingir que doblaremos la esquina
y nos encontraremos en la otra manzana,
aunque los pueblos como el tuyo y el mío
ya no sean tan pequeños y carezcan de huertos familiares.


Ya no me despido,
porque sé que te volveré a ver,
sólo basta con practicar la poietomancia
que nos enseñó Luis Oyarzún
y antes que él los surrealistas,
abres una página y pones el dedo:
"los que encienden hogueras en los barbechos".


Ya no me despido,
porque me basta con prender la televisión
que nos aleja de los bares
pero que también nos enseña a "sapear" en otras latitudes.
Ya no somos universales,
vivimos con frecuencia en otras aldeas.


Ya no me despido,
porque sé que estás al otro lado de la cancha
aprendiéndote sin dificultades
los nombres de todos los jugadores de la subveinte
que ayer ganaron a Venezuela,
y porque sé que estarás contento que el Chaguito haya vuelto
a la primera división, aunque sin Expósito en el arco.


Ya no me despido de nada ni de nadie,
ni siquiera de tus libros
que todos tendremos en la memoria
como Montag en Fahrenheit 451
con la obstinación interpretativa de Oskar Werner
que murió como tú de cierta nostalgia,
bebiéndose todos los Leteos.


Ya no me despido o no me despido
sólo para repetir el estribillo lento
y esta cadencia falsa como un verso
que nunca escribimos
y por eso llenamos con las mismas palabras
igual como si sólo respiráramos


Ya no me despido
porque frente a mí un zorzal
inquieto como un niño

al que le sobran los dientes de leche
devora una fruta parecida a una ciruela.


Ya no me despido, repito
para marcar el paso
y fingir el tranco cansino
de una pareja de bueyes
que arrastran tras de sí
todo el dolor del mundo.


Ya no me despido
porque el mundo es pequeño como una fruta
que nunca terminamos de devorar
aunque todo esté sólo
a la vuelta de la esquina
como cogoteros ingenuos
pueblerinos como nosotros.


Ya no me despido
porque estas palabras
son sólo un balurdo,
menos falso que Judas,
menos certero que los tiros libres
de Cuá Cuá Hormazábal.


Ya no me despido de nada ni de nadie
porque treinta años antes
como treinta años después
serán mañana lo mismo
como dijo Eliot.


Ya no me despido de nadie ni de nada
si somos lo mismo,
un simulacro sordo,
la sola cadencia del tiempo
que nos visita a regañadientes.


Ya no me despido de nada
a esta hora en que hasta la risa
se torna oscura
como el diente cariado de una anciana
que nos mira desde una nube.


Ya no me despido de nadie
ahora que decrece la energía
y se hace sombra en el alma
como diría algún poeta de la selva lírica
tan impenetrable como esta relación obtusa
de palabras y de cosas.


Ya no me despido de nadie
por quien valga el esfuerzo de agitar los labios,
ahora que lo incomunicable
no basta callarlo.


Ya no me despido de nada ni de nadie
como si sólo cambiara de pie
para disimular el curso furtivo
de una caminata sobre el abismo,
sin saber dónde ni cuándo
nos volveremos a encontrar.


Ya no me despido de nadie, de nada
si somos lo mismo,
el temple de una voz que se abisma
que se atora y se calla
tratando de expulsar el carozo
atragantado de la prisa.


Ya no me despido
porque no quiero terminar
fingiendo que nos volveremos a encontrar
como si la prisa fuera fácilmente confundible
con la risa.


Ya no me despido de nada
al pasar a sólo dos kilómetros de la carretera
donde está Lautaro,
a donde no volverás
porque ya has vuelto demasiado.


Ya no me despido de nadie
porque como en Comala
o en el país de nunca jamás
vagamos los reencontrados,
los que no nos reflejamos en los espejos,
porque sólo existimos como palabras.


Ya no me despido de nadie ni de nada,
después de comprobar
que la carne no es triste
y que no leeremos todos los libros, resignándome
a recordar algunos pocos versos,
que valgan la pena.


Ya no me despido de nada ni de nadie,
ya que nadie pareciera precedernos
ni tampoco nada nos sucede,
sólo me dedico a platicar con el vacío,
con la página en blanco.


Ya no me despido,
¿de qué?
¿de qué trance u hondura
nos alimentamos?
¿De qué orilla
provienen tus ecos?
¿Bajo qué verso he puesto el índice?


Ya no me despido,
porque lo que escribo
lo escribo a la fuerza,
me fuerzo y me esfuerzo
como una mala manera
de tratar de decirlo todo.


Ya no me despido,
porque la poesía no sirve para despedirse
sino para encontrarse.
Sus temas son pocos:
Escribir, volver a casa,
conquistar a la amada, al amado,
enterrar a los muertos.


Tú lo sabías,
o lo sabes todavía
mejor que nadie.


Ya no me despido,
porque ya nos hemos acostumbrado tanto
a vivir con nuestros muertos.

(La Ligua - La Serena, enero 1999).



LA ALBORADA DEL OCIOSO

Un simple movimiento de dedos,
boxeo de sombra matinal,
no borra las incomprensiones de la noche.
Dormir solo no es peor que dormir mal
acompañado
por pesadillas triviales
que te obligan a preguntarte
si tu imaginación no se estará pudriendo,
abrumada por el peso de la realidad
o por esta historia atolondrada,
la gran historia que revoca tus historias,
tus mentirillas tácticas o tus verdades piadosas,
equilibrándose en la cuerda floja del amanecer,
como una línea de palabras poco tensas,
este cordel cargado de ropa mal lavada.

(23. 02. 1990)



(sobre Walter Hoefler, ver "Bibliografía" en este mismo sitio)