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Sur-Patagonia : Poesía [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


Clemente Riedemann: El poeta habla de sí mismo, el sí mismo habla del poeta


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EL POETA HABLA DE SÍ MISMO


Si yo apareciera
detrás de la puerta
y me saludara
sentiría miedo
de enfrentar
mis propios ojos
con los ojos del que entra
y no reconocerle.

Comprendería
lo que ven
aquellos a los cuales
no amo
cuando los miro
con los ojos
del que aparece
detrás de la puerta
sin sonreír.

(1975)




EL SÍ MISMO HABLA DEL POETA


Cuando desapareció
ante la puerta
tras despedirse
iba con la alegría
de mis ojos
en sus ojos,
como un yo mismo
de viaje
para siempre.

Nunca supo
lo que vieron
las amadas
cuando las miraba
intensamente,
buscando en sus
pupilas
una puerta
desde la cual poder verse
a si mismo
mirándolas.

Saber –dijo- si estaba
el amor que sentía
en su mirada.
Pero sonreía al irse.

(2002)




ESTACION CENTRAL


Bastante basura acumulada
en numerosas veredas.
Recortando caballos con antifaces
decididos ancianos aguardan
un alza en las pensiones de vejez.
Diferentes chiquillas avanzan
parte de sus pechos por sobre
ciertos postigos. En muchos de sus
ojos transcurren diversas
telenovelas. Constreñidos en sus
vientres algunos de
los indeseados de chile.

Cantidades de bati-niños irrumpen
por determinadas ventanas
y destrozan sus narices sobre precisos
escaños. Flamean al viento varias
de sus capas hechas con hojas de
“Artes i Letras”. Manifiestos varones
regresan ebrios de distintos
estadios. Señoras auténticas
limpian lentejas junto a específicos
parrones.

Evidente es el rumor de las
aglomeraciones según el propósito
de los horarios.
Parten y arriban
desde otras edades
transeúntes pálidos
con reincidentes
maletas.




LA ESPECULACION DE LO PRETÉRITO


Seguid viniendo a Santiago es Chile
la capital de moda en SUDA América.
Traed vuestros bártulos a cuestas.
Instalaos en las periferias del sur.
Que el párroco belga del lugar
bautice a los nuevos retoños.

Venid y resarcíos en los vertederos venenosos.
Inhalad a pleno pulmón el gas
que salvará la fruta para Miami i os
matará como moscas. Aniquilad
las pulgas del tigre tuerto, sordo i mudo
que ingresa al zoológico de Wall Street.

Venid, venid a los cómodos hipermercados
a empujar como podáis el carro de la vida.
Abandonad vuestras ciudadelas aguachentas
donde la conquista de SUDA América
aún no se ha consumado.

Traed, para el viaje, una gallina muerta.
Un guatero para preparar el té. Venid
a fenecer entre el gentío anónimo
que trepa los escaños sin mover los pies.
Mejorad vuestra calidad de vida.
Sed del montón que se consume en los
centros comerciales sin saciar jamás
sus ansias de felicidad.

Continuad viniendo al gran Santiago :
Os aguardan con las fosas abiertas.




CELIA

“Debemos florecer aunque sea marchitos”
Nelson Vásquez


A Celia le quepa un aeropuerto
en el corazón.
Regresa a Chile desde un exilio
en 400 ciudades.
Su cuerpo parece una locomotora
de esas que aún resoplan
por Antilhue o Lanco.
Aprendió ruso, inglés, kurdo
y algo de árabe,
pero no puede comunicarse
en chileno activo.

Dice “flor” en lugar de decir “mortal”.
En su cabeza “Te recuerdo Amanda”
continúa 1ª en el hit parade.
La canta a todo pulmón
por las mañanas.
Todavía no ha ido a los
centros comerciales,
de modo que no cabe
prestarle demasiada atención
( ella insiste con que ésta es su patria,
que allí donde se nace
uno hace y deshace, en fin, esa laya)

Ayer se le antojó poner una magnolia
dentro de una vasija de Pomaire.
Hará el viaje a Chiloé la próxima semana,
no sé qué amor le ha surgido
por los palafitos. Que necesita
contar ovejas en la realidad, arguye.

Lo cierto es que me apena
verla tan acelerada.
Preferiría que nos quedásemos
en la Plaza Italia nomás;
ir donde lo de Galindo,
echarnos un polvazo, algo así.
Pareciera estar viviendo en medio
de una nube, como si hubiesen volteado
todas sus estatuas.

Lo más terrible va a ocurrir
cuando caiga en cuenta
que nunca más
podrá volver a ese Chile
que persistiendo se diluye
en su prciosa imaginación.




LOS TELÉFONOS ESTÁN SONANDO


Mientras corre la araña
hacia el mosquito atrapado en la tela,
los teléfonos están sonando.

Quizás las mujeres que amé
y desamé se han puesto de acuerdo
y desean conferenciar conmigo
para explicar por qué
las cosas cambiaron de rumbo,
cómo es que el amor
pudo extinguirse para siempre.

Quizás es mi madre
que necesita reponer
el balón de gas de la cocina.
O la vecina para avisar
que la chimenea está ardiendo.
O eres tu o yo que tratamos
inútilmente de ubicarnos
en la noche infinita.

Suenan los teléfonos
y vivo en una ciudad brumosa,
donde pareciera que todos
se hubiesen quedado huérfanos.
Aunque lleven un celular
bajo el abrigo y hablen y hablen
a través de los aparatos
manteniéndose en pie en las esquinas,
parecieran estar a solas
en el mundo.

¿Y qué se dirán?
¿Cómo se oirán
las palabras
al otro lado
del abismo?

Mientras preparan el bombardeo
para hacer subir el precio
de los combustibles,
los teléfonos están sonando.

Y mi madre
lo pensará dos veces
antes de encender la estufa.
Y yo daré cualquier cosa
por hablar contigo,
cara a cara,
mientras cruzan los misiles
por el espacio,
en la noche infinita.




TRATÉ DE DAR CONTIGO EN LA CIUDAD


Después de varios días
sin saber de ti,
salí a las calles para ver si podía
dar con tu sombra
bajo el pórtico
de los supermercados.

En las librerías estuve
con el alma en un hilo:
quizás hojeabas una nueva edición
de “El Extranjero”,
con el impermeable abierto
y los anteojos un poco caídos
sobre la nariz.

Ya sé que Camus pasó de moda,
pero tú nunca te saliste
de las páginas de ese libro maldito,
que te aleja de mí
como un avión despegando
de la losa en el aeropuerto.

Caminé, incluso, por la línea férrea
de tu barrio natal,
donde jamás vuelves,
para preguntar a los perros
y a los borrachos por ti.
Para pasar frente a la casa
donde una vez fuiste niño
y verte, quizás, prendido aún
de la copa de un árbol
contemplando la ciudad.

Cerca de la medianoche
di unas vueltas por el malecón,
en cuyo muelle gustas de sentarte
con las piernas colgando
sobre el río;
o por ver tu cuerpo
extendido sobre los asientos
de las lanchas
que se balancean en la penumbra.

Sé que en los días lluviosos
sueles apersonarte
en uno de esos bares
donde hay grandes televisores
y un Jack Daniels tras la barra.
Fui allí con la esperanza de verte.
Pero sólo vi hembras solitarias
de más de cuarenta
que ejercen profesiones alternativas,
cuyos ojos de mirada neutral
me hicieron comprender
que no estaban contigo.

Ya me iba, cuando de pronto
alguien pronunció tu nombre
en una mesa cercana.
Me dije: “Después de todo,
siento fatiga y estoy triste”.
Me senté y escuché
lo que hablaban sobre ti
aquellas gentes,
no sé, cualquier cosa.

Estabas allí de algún modo.
Pero al oír que citaban asuntos
por mi desconocidos,
supe que, acaso,
nunca habría de dar contigo.

Bebí hasta que ya
no me importó más nada.
Y el amanecer de la ciudad
me sorprendió bostezando
en el interior de un taxi.




DE LOS CABALLEROS SOLOS


Después de los 40,
un caballero cae en cuenta
que ninguna mujer
comprenderá la magnitud
de su soledad,
de su inmensa tristeza.
Bebe su vino y permanece
quieto en una silla,
sin ánimo para atrapar
las moscas de la sala
o regar las plantas del jardín.

Ha dejado de estudiar las nubes
que cruzan encima del lago
y solo el aroma
de la carne en la parrilla
y las risas de los amigos
-cuarentones como todos
los caballeros solos-
logran que arrime
su columna vertebral
cerca de las brasas calientes.

Se ríe de todo, mas - de veras –
nada le alegra.
Por cierto, puede aullar
de dolor auténtico,
a solas, sin histeria
y sin golpearse el pecho
con objetos contundentes.

Entierra a su madre
un domingo por la tarde
y se queda sentado
en un tronco del patio,
donde el viento del otoño
le va arrancando la camisa
a jirones, hasta que
el paisaje circundante
invade el espacio
reservado a su silueta,
sin que sea posible
volver a tener noticias
de su paradero.



CASA JUNTO AL RÍO


Sueñas con una casa junto al río, donde en el verde y el azul fluye la sangre que antes fuiste, el semen que un día te puso en circulación. Sueñas con un desfile de totoras que ponen coto al exabrupto de la ingle, allí donde tienes la certeza de que, al pisar en tierra, vuelas. Sueñas con la sombra de una hojas que se mecen en la página en que escribes. El verano expande las estrellas sobre el almácigo en que reposan tus padres.
Desabrochando la blusa, dejas ir tu corazón hacia los campos. Un horizonte de montañas te guarnece del amor que en tu memoria cavó la juventud. Amor que te bendijo cuando aún no comprendías la lengua de la vida. El río murmura la canción que le enseñaron los dioses. Lo que se mantiene en la levedad no ha de ser corrupto.
Y aunque sus habitaciones están vacías, la turbina desmantelad por extraños o la zarza, aún ardiendo, no te dé clarividencia, sólo en esa casa junto al río te es permitido hallar el cofre que contiene el sustento de tus días.

(De “La Isla del Rey)




RULFO


Eternamente vagabundo,
Solitario y orgulloso
Por los páramos,
va Rulfo, antes que
nosotros, con su
pobre América
del brazo.

Y nosotros, los
Cándidos nosotros de esta
Hora, sin Rulfo,
en automóvil, nos
asamos en las
renovadas llamas
de estos llanos.

(de “Gente en la carretera”).


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