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Sur-Patagonia : Elucidaciones [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


"Calafate": presentación e historia de una novela
Enrique Valdés

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Empiezo por agradecer la feliz coincidencia de presentar mi novela Calafate en este día mundial del idioma, del libro y la lectura. Aunque sabemos, con espantosa certeza, que cada año se lee menos, la pasión de escribir, por lo tanto de pensar y crear desde las palabras, hasta la culminación de estos engendros en un libro, parece un hecho que es parte de nuestra vida espiritual; parte de la condición humana más esencial. Y a pesar de todos los malos augurios, el poeta, el escritor que es el hombre mismo, sigue golpeando puertas -como yo las he tocado- para poder publicar un libro, cuando alguna editorial lo rechaza con una frase eufemística: “El tema de su libro, no está entre nuestros planes editoriales” (LOM editores).

“¿Y todavía escribes? ¿Y todavía publicas? ¡Y para qué, si nadie lee,”... me contestaba Dario Oses, cuando lo llamé para que viniera a esta ceremonia ritual. Y él mismo se contestaba: “Si nadie lee, si ya ni los críticos escriben sobre los libros, yo practico la literatura como una secreta necesidad de limpieza interior”.

Y aunque sea sólo eso, digo yo, ¿no es ya suficiente? Los que como él y cómo yo no alcanzamos ni alcanzaremos a conocer la fama que traen las ediciones masivas, las ventas millonarias de los best seller, nos sentimos gratificados con algo parecido a la nostalgia que nos trae la música y la poesía: “Nostalgia de todo y nada” , como escribía Enrique Lihn. Será la alegría, me imagino, de esos escribanos medievales, de esos monjes antiguos, que mucho antes de la invención de la imprenta, escribían a mano, con una pluma de ganso sobre oscuros y polvorientos pergaminos, el único ejemplar, el único y absoluto libro (no importa si bueno o malo), pero sí el único y único que contendría quizás una intuición, un secreto bellamente guardado, cuando más una revelación divina, o un dato olvidado de la historia antigua, para que ese dato, esa runa, ese papiro quedara allí, guardado en una biblioteca para que una mano inquieta , curiosa y generosa, volviera a leerlo y volviera a copiarlo, con pluma de ganso en un papiro oscuro y polvoriento.

Así, hasta que el Sr. Gutemberg transformara el libro en mercancía de masas. Hasta que las empresas editoriales modernas lo transformaran en fuente de utilidades y a los escritores en empresas rentables y productoras de grandes torres de papel verde, donde es muy difícil o imposible, distinguir el grano de la paja.

Hay demasiadas razones para estar convencido de que el libro -el buen libro, como la música y la poesía- jamás morirá. Por mi parte, desde muy temprano yo supe que tenía algún pequeño secreto que contar y sin ninguna prisa ni otro afán, me aboqué pacientemente, a revelarlo. La primera vez que entendí la índole de las retribuciones que puede traernos la literatura fue cuando en Aisén me contaron que un joven de Buenos Aires había decidido irse definitivamente de la capital y dejarlo todo para vivir en esa región. Luego de leer mi pequeña novela Ventana Al Sur. Y que ahora ese libro -puesto que los otros no se han reeditado- sean lectura anual lo los alumnos de enseñanza básica y media en los colegios regionales. No mundial, no nacional, ni millonario, sino estrictamente regional.

De improviso aparecen los premios y reconocimientos, que uno no espera y acaso ni siquiera merece. Pero allí están para reafirmar una vocación extraña, a veces angustiante, solitaria, pero siempre gratificante.

Escribí Calafate pensando únicamente en Aisén. Es la novela que más me ha costado terminar y aún hoy me deja un a sabor a obra inconclusa. Comencé los primeros capítulos en 1996 o 97, cuando nuestra Universidad de los Lagos me contrató a honorarios para hacer un Diplomado en Historia y Cultura de Aisén en la sede Coyaique, la tierra de mis padres y de mi infancia. Ya en la biblioteca de la Universidad de Illinois, una de las más grandes de Estados Unidos, había encontrado libros de los que sólo tenía la idea de que existían. Eran las obras del geógrafo y profesor del Instituto Pedagógico Hans Steffens, uno de los primeros expedicionarios de la región, que descubrió el río Baker, donde nací, el río Pascua y el Bravo en los campos de Hielo Sur, y escribió unos textos bellísimos sobre sus viajes. También estaban las crónicas de los viajeros: John Byron que escribió “El Naufragio de la fragata Wager”, una verdadera odisea ocurrida hacia l740 por un nieto del poeta Lord Byron, un capitán de fragata que naufragó con toda la escuadra de Lord Andson en el archipiélago de Guayaneco, en el Golfo de Penas, frente a la desembocadura del Río Baker. Estaba también el Diario de viaje del padre José García Alsué, que relata, día a día, sus peripecias por el Canal de las Guaitecas, hasta la Laguna San Rafael, en busca de gentiles, es decir, indígenas para convertirlos al cristianismo. Uno de ellos, el padre Jiménez, muere en el viaje. Y sólo se encuentra, mucho después, un baúl con sus artículos sagrados; el cáliz, la pátina, los crucifijos, las medallas de la virgen del Carmen que regalaban a los feligreses, la estola y alguna otra palabra o cosa, que a mí me saben a melodía subliminal, por el solo placer de escucharlas y de escribirlas. En Coyaique me encontré con la biblioteca del médico y aisenólogo, Mario González Kappes, que era otro tesoro lleno de informaciones. Allí aparecía el episodio de la Isla de Los Muertos y el de la guerra de Chile Chico. Se trataba, en el primer caso, de unos 120 chilotes contratados en Chiloé para la tala del ciprés en la desembocadura del Río Baker, lugar que hoy día se llama Caleta Tortel. En la Historia del padre Martín Gusinde se dice que los trabajadores fueron abandonados en ese aislado lugar y que enfermaron de escorbuto por falta de vitaminas y de alimentación. La otra versión es que los contratistas de Punta Arenas, ligados a las familias Braum y Menéndez, los abandonaron allí y luego los envenenaron, para no pagarles el salario. Lo cierto, lo indesmentible es la existencia de un cementerio abandonado en esa impresionante desembocadura del Baker, en una pequeña isla que el mismo río ha ido carcomiendo y que yo pude visitar, donde descansan unas 80 tumbas desde el año 1906, con árboles que crecen desde esas tumbas y conforman un cementerio vegetal que emociona y conmueve.

Parece de novela. Pero es absolutamente real.

Otro episodio extraordinario de la historia de Aisén lo constituye la Guerra de Chile Chico, ligado a la fundación del pueblo y a su poblamiento. Un mercenario sueco llamado Carlos Von Flack remata, en Santiago, en subasta pública llamada por el Gobierno, las tierras despobladas, según él, del valle del Río Chacabuco y Baker. Pero esas tierras ya estaban habitadas por pioneros y colonos que habían sido expulsados desde Argentina por los problemas limítrofes de principios del siglo XX. Los pobladores, guiados por Antolín Silva Ormeño, natural de Traiguén oponen resistencia armada y logran hacer huir a la tropa de carabineros hacia la vecindad argentina de Nacimiento. El episodio bélico es impresionante y culmina con la muerte de dos carabineros y uno de los colonos. El hecho pudo haber tenido consecuencias gravísimas e internacionales, a no ser por la intervención del diputado Nolasco Cárdenas -de Valdivia- y por la oportuna información que en ese entonces manejó don Arturo Alesandri Palma. Mucho después se descubrió que Von Flack era un emigrante suizo, pariente de diplomáticos chilenos, y que había tenido serios problemas con robo de animales, en Santa Cruz. Y, lo más importante, que era empleado de la familia Braun Menéndez en Punta Arenas.

He aquí parte de la historia de la que se nutre mi libro. Está también mi propia historia, como en toda obra de ficción. Les pido disculpas a mis coterráneos de Aisén que confunden la novela con la verdad. Es cierto que he rescatado nombres reales, hechos reales, acciones y episodios vividos y que los aiseninos reconocerán muy bien. Allí están los Solices, que hacen nata en Lago Verde. Pero están también los Jara, los Foitzich de La Unión, cruzando a caballo las pampas del Chubut y Santa Cruz en busca de la tierra prometida. Es un homenaje a su recuerdo y al agradecimiento por ser parte de una tierra hermosa que, gracias a estos humildes pobladores convertidos en personajes literarios, hoy día nos pertenece a todos los chilenos.

Contacto con el autor: evaldes@ulagos.cl

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