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Sur-Patagonia : Elucidaciones [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


Una mirada a la poesía de Manuel Mauricio Zúñiga
Enrique Valdés

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Hace años que este poeta viene publicando, callada, secreta y modestamente. Su primer libro -ahora inencontrable- se tituló Pajaritas de Papel y fue publicado en Aisén en 1989. Después de largo silencio editorial lanzó, recién en 2006- un poemario titulado La isla de los muertos, en una edición de 500 ejemplares. Puedo dar fe que esta parquedad en publicar no obedece a ningún tipo de sequedad literaria. Es más bien económica. Conozco al menos tres libros inéditos, de gran factura. Conforman una especie de friso unitario en el tema de la vagancia y la soledades en los fríos territorios del sur de chile. Ellos son: Saga de bares, Territorios Marginales, Borradores del Nazareno y La plaza de los Lores, que aquí se publica por ves primera a pesar de sus distinciones y reconocimientos en concursos nacionales. Su último trabajo lo constituyen estos IN-digentes Poemas que se publican con el apoyo de fondos regionales en editoriales también isleñas y locales. Podemos decir que la poesía de Mauricio Zúñiga nace a la vida muy ligada a los movimientos poéticos de los años 60, al grupo Trilce de Valdivia y luego al grupo Aumen de Castro. A través de la amistad y el conocimiento de algunos de los poetas de esos grupos -afiliados muchos de ellos a Revistas de poesía, los textos de Zúñiga empiezan a nutrirse de lecturas de Lihn, Teillier Omar Lara y, por supuesto, de la gran tradición de la poesía chilena y latinoamericana: Cardenal, Gelman, Parra. En estos Poemas In-digentes se pueden encontrar los rasgos que caracterizan su personalidad poética y su particular manera de entender el mundo a través del lenguaje. Una verdadera preocupación social que nunca llega a la denuncia grandilocuente o panfletaria, una poesía que se esfuerza por minimizarse hasta parecer una granada a punto de estallar en la conciencia del lector, una preocupación por los personajes marginales, sean estos borrachos, cesantes, prostitutas y menesterosos de toda índole y, lo más notable en mi opinión, una cuidadosa elaboración del lenguaje y de la forma poética. Me refiero a lo ceñido y puro de su decir, despojado de comparaciones fáciles y hasta de verbos manidos. A veces de palabras de una dureza intencionada, sin caer jamás en el lagrimeo ni en la voz engolada y falsa que clama o denuncia. Ya lo había notado la crítica en su libro anterior: La Isla de los muertos. El carácter de cronista de ese texto testimonial, sobre un episodio siniestro y estrictamente histórico del poblamiento de Aisén: la matanza de un centenar de chilotes y trabajadores contratados para la tala del ciprés en la desembocadura del Río Baker, cerca de la actual Caleta Tortel. Allí mismo donde fueron envenenados muertos y sepultados, según se ha dicho, para no cancelarles los salarios adeudados por la faena.

“Viaja este poeta, este cronista, por un territorio desolado. Una especie de juglar en medio de un campo de batalla pletórico de muertos... mérito de Mauricio Zúñiga asumir en lenguaje poético un suceso que, aparentemente, sólo daba la posibilidad de desentrañarlo en prosa “ (Prólogo de Nelson Torres). También son crónica poética estos Poemas Indigentes. Una poesía vuelta a lo interior, a lo íntimo del desamparo, a lo más filial de la indigencia:

El poemario empieza y se cierra con la imagen del hijo. Alusión a lo germinal; semilla y destino de salvación futura. Es el comienzo y el fin del libro y de la vida, del nacimiento y la muerte:

“Ese que estirado duerme en la arena

-que para él guardó su tibieza el sol del día-

Ese al que circulan las moscas su boca

Ese es mi hijo”.

Me valgo de estos poemas para probar la afirmación de que esta poesía está lejos del lloriqueo sentimental y lejos de la palabra ajada y blanda. Sus imágenes tienen una fuerza de torrencial barroso (“Ese al que circulan las moscas en su boca”); una parquedad que pareciera no salir del sentimiento lírico, como ocurre normalmente en la poesía, sino que pareciera estar fuera del hablante: en el objeto poetizado, en la cosa sobre la que cae el lenguaje. Este recurso para poetizar salva a todos los textos de la caída en el lugar común o en el sentimentalismo, que es el mayor peligro de estos poemas, todos ellos en el límite de lo perverso, de la maldad y de la pobreza.

“Tengo un hijo que se llama Tomás.

Alfredo también, en algún pueblo le dicen...

Su madre distante me dijo

va por todos lados.

Tras él, sigo esas huellas que deja

con sus pies duros y desnudos”

A veces, los salva una especie de humor agrio, que también pareciera estar en las cosas exteriores, en los detalles de los objetos o las personas. Así en el poema “Mujer de pernas largas”. El poema describe a esas piernas “seguidas por ojos lucerinos/ deseadas por hambrientos/ de carne y fuego ... estas piernas/ que se ajaron, deslucieron, se cuartearon/ de tanto ser abiertas/ en los callejones”. En esta misma línea se inscriben los pequeños textos del poema Cirrosis donde se parodia un tango de Gardel: “Su boca que era mía ya no me besa más”.

En otro ámbito de significaciones he dicho que esta poesía se sustenta y se alimenta en lo terrible del desamparo. Pareciera ser una nota particular de la poesía posterior al golpe militar de 1973 y a la sensación de soledad y de deterioro en que quedó gran parte de la sociedad chilena a partir de un episodio que dividió al país y marcó un quiebre que había de registrar la poesía y la literatura de la época. En la poesía de Zúñiga ese registro es evidente: “No me trajo a la calle algo que no fuera el miedo/. He de seguir buscando caídas de agua, derrumbes de rocas,/ avalancha de nieve y graznar de pájaros carnívoros ... Soy el condenado por sombra/ de los hijos dejados en la otra sombra.../. El poema se titula “Miedo” y es la constatación de la incertidumbre, al miedo de vivir entre fantasmas y al temor de que “la tierra nos come a cada rato”. La misma idea de incertidumbre y hastío vital la vemos en “Palo Seco” que finaliza con esta funesta predicción: “Soy este palo seco/ que no apaga ningún fuego”. A veces, ese sentido de la desesperanza se hace cósmico, polvo y soledades inmensas: “Cosmos y polvo y olvido ... No tiene sentido regresar a un hogar/ donde siempre no hay nadie” (Para el camino). En muchos de estos INN-digentesPoemas está la búsqueda de lo terrible, de la inmensa fealdad de lo vivido. Así ocurre en el poema “En la choza rota”. El poeta se emborracha en esa pocilga donde “las ratas corren por el piso,/ se suben hasta el vino y beben conmigo de la misma copa”. El hablante recuerda entonces a su amada, pero la olvida de inmediato, a la segunda copa. Son poemas de vagabundos, de menesterosos, de necesitados, de alcohólicos que vienen muy de mañana por el auxilio de una caña de vino o una cerveza. “Hay que conocer la sed de los que vienen/ temblorosos y sin Dios/ a sacudirse los infiernos/ encontrados en los sueños”. De modo patético los textos van constituyendo enormes metáforas, no sólo de los menesterosos, sino de la vida toda y del universo y de la sociedad en que vamos viviendo y muriendo. A pesar de su crudo realismo, esta poesía no pretende ser espejo ni retrato del mundo que refleja. Se constituye en otra cosa: en metáfora del espíritu que puebla la sociedad actual. Esa es su gracia. Mediante la frialdad del lenguaje el texto pasa a mencionar significados remotos que no son historia ni biografía, sino radiografía de una sociedad asquerosa y enferma, hasta el alma.

El apartado titulado La plaza de los Lores , al igual que INN-digentes poemas, consiste en un tipo de poesía testimonial que bordea los textos de no ficción, para hacerse crónica o denuncia. El riesgo de esta opción era inminente. La vuelta a la poesía del panfleto, del dedo acusador que apunta a las lacras sociales de nuestro sistema social y político. Era el riesgo de reescribir una poesía que ya aparece agotada por Neruda y por De Rokha en nuestra larga tradición literaria. Pero la propuesta de Zúñiga es diferente: su realismo delirante está difuminado en un lenguaje exigente y parco a la vez.

“Que otra cosa podría ser

que al entrar me esperara,

en este hoyo de cielo remoto

y maltratado

sino el horror del desamparo.”

Mediante esta técnica elude el tono admonitorio y de fustigamiento y el poema se construye como una especie de grabado en piedra o madera, como una litografía realizada con palabras. Da la impresión que el hablante se ha sacudido la primera emoción de rabia o de impotencia frente al desamparo. Una especie de resignación lírica cubre el verso, lo limpia de toda emoción fácil y lo presenta como se presenta la vida misma: terriblemente amarga y carente de todo adorno. La Plaza de Los Lores es también un texto de desamparados y náufragos. Se trata de una poesía cuyo espacio es la Plaza Alberto Hurtado, ubicado en la entrada norte de Castro:

“ Allí pueden verse, sentados, como si el miserable banco de madera y fierro, fuera un trono. Mediando la cajita , ellos son reyes y esas mujeres desdentadas y de pómulos caídos, sus princesas o reinas”, dice el epígrafe.

Allí descansan, beben, día a día: conversan, duermen, noche a noche, cubiertos con cartones y gangochos de frazadas, los agónicos y caminantes hacia ninguna parte. Ellos son los Lores: Caballeros de la Orden de La Pobreza, Lores que llevan la dignidad de la desgracia y del abandono, la nobleza del hambre, el alcoholismo y la miseria en sus vacías faltriqueras. A nadie puede escapar la ironía del título, convertido en metáfora algo obvia, de frustrados anhelos e historia más cercanas al testimonio que al texto lírico.

Retratos de miserables: Lord Peloduro, Lord Che, Lord Emanuel, son los personajes de estos poemas dedicados a los cesantes y vagabundos que comparten penas, desamparo y, sobre todo, cajitas de vino, en una plaza de Castro.

“Duros son los días

de la lluvia y de las escarchas

que nos dejan brillando el pelo.

Duros:

por la sed que no se aguanta,

por las cargas que no llegan.”

Y baste ya este pequeño decir mío, sobre un libro que se sustenta a sí mismo por la fuerza de su lenguaje y de sus imágenes, siempre sobrias y justas. Diariamente, como un eremita, ha hecho de su vida en la Isla de Chiloé, otro poema a la amistad, al amor a los que lo acompañan en su tránsito, sobre todo a su hijo Lincoyán, compañero, hijo, amigo y esperanza. Estoy seguro que entre ellos y yo lo declaramos Lord de la Poesía.

Universidad de Los Lagos,Osorno,

Septiembre de 2006

TRES POEMAS DE MANUEL MAURICIO ZÚÑIGA

(de In-digentes. Poemas. Castro: Gráfica Punto, 2007)

Sentado en la vereda

Nadie entrará al hoyo de mi zapato

Mío es el metro cuadrado,

el centímetro milímetro del país planeta pueblo comarca

Yo no fui, vengo llegan no soy de acá

Tengo vapores en la cabeza

y alguien que rabioso me patea el corazón.

Bajo la barba y los bichos que la habitan

mi nombre no se nombra

(Este diente

raspa como rata el pan muerto

sentado en la vereda).

Estación de los huesos

Hasta aquí no más llego.

Concluyo

el sueño del camino largo.

Serán las matas de estos andares

las que acojan mi cuerpo.

No pensaré meas, ni imaginado ha de ser

el sol resbalando en las escarchas,

ni el mismo sol cubierto, ensombrecido,

por la nieve que desciende

que hay delante

y que no he visto.

Por detener al caminante

Condenado es quien se detiene:

para cuidarme a que limpio reciba mi muerte

en una sala quedaré, hundido, viejo

sobre una cama.

La lluvia en la ventana.

O andaré como esos otros

esperando en consultorios

a que me llamen por mi nombre

y no saber que me llaman

con mi nombre ya olvidado.

Coronado

Establecer

que quien ejerza la violencia

no será uno de nosotros

negados a volver la espalda

a lo que nos haga dignos.

Seremos siempre usurpadores

de casas deshabitadas.

Nichos olvidados ocuparemos.

Mas nuestro sueño será tranquilo

porque no deja de existir el cielo

allí donde nos quedemos.

Propongo esto

y me proclamo rey entre los lores.

Con una caja abierta corono mi testa

y me asigno este banco como trono.

Es mi primer y último edicto: vivir

como pájaros

que rompen el cascarón.

El libro, al cual pertenecen estos poemas, se puede obtener en Librería Anay, Serrano 437, Castro, Chile. Teléfono: 56-64-630158. E-mail: anaylibros@yahoo.com

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