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Aula : Trabajos [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Capítulo 2: “Telares chilotes: la visión de las tejedoras tradicionales de Dalcahue y San Javier”
Roxana Miranda Rupailaf

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La feria de Dalcahue

La Feria de Dalcahue, ubicada en la costanera de esa ciudad, alberga gran cantidad de tejidos textiles; de hecho es el pueblo más importante de venta de tejidos y lanas en Chiloé; y la feria donde pueden encontrarse trabajos, exclusivos y a bajos costos, de artesanas que viajan desde las islas aledañas y sectores vecinos a vender personalmente sus productos. En el verano, meses de enero y febrero, los precios de la Feria suben hasta en un 50% sus valores porque hay más turistas, es decir, si una prenda en invierno costaba, por ejemplo, $8.000, en el verano puede llegar a costar $12.000. Esto se constituye como la evidencia de que la Feria está esencialmente funcionando para un público no chilote- comprador, visitante o turista.

La gente que más teje- según lo relatado por los feriantes- se encuentra en los campos. No todos los que venden en la Feria de Dalcahue viajan desde los campos; muchos de los Feriantes habitan en el pueblo de Dalcahue y se dedican a la reventa de tejidos y lana. Mientras que otras mujeres se dedican a la confección y compran telas a las tejenderas del campo.

El viaje de las tejedoras a la feria de Dalcahue depende del clima de la isla, pues las tejedoras deben comenzar a viajar muy temprano desde sus casas al pueblo, para vender sus productos, lo que implica caminatas, viajes en bus y embarcaciones para llegar al lugar de la venta. Todo esto sumado al difícil traslado de grandes cantidades de textiles y productos en lana, pues para que valga la pena dicho viaje se lleva la mayor cantidad de productos posibles a la venta. Por ejemplo, si una tejendera se dispone a viajar a vender a la Feria de Dalcahue, es posible que lleve también los tejidos de sus hijas, de su cuñada, de su suegra ó de alguna vecina. La idea es aprovechar de la mejor forma el viaje a la Feria.

La mayoría de las tejenderas de campo pertenece a la tercera edad, las que señalan que la gente más joven ya no teje porque prefiere el trabajo remunerado en las pesqueras, lo cual revela la transformación socio-cultural que en los últimos años ha venido experimentando la isla y que ha afectado, de sobremanera, los modelos de producción cooperativos en los que se sustentaba la supervivencia en Chiloé.

Testimonios de las artesanas

Lo que a continuación se presenta es un resumen de lo dicho por las tejenderas entrevistadas. Las entrevistas fueron realizadas entre julio del 2005 a febrero del 2006 en la Feria de Dalcahue y en sectores aledaños de San Javier y Achao[1] .

Amelia Cerón Quiroga: La gente viaja a Dalcahue preferentemente los domingos, pues es el día en que más se vende (ella tiñe con corteza de manzano). Las personas que van a Dalcahue son tejenderas de campo, aunque en el lugar también se encuentran algunos puestos constantes con personas que se dedican al comercio textil.

Un sector donde aún se conserva esta labor es el sector donde se ubica la escuela de San Javier. Existen muchas casas en las que se coloca un letrero en la ventana que señala que en aquel lugar se venden tejidos.

El telar de “quelgo” se utiliza preferentemente para tejer alfombras y frazadas. El telar se fabrica con cualquier tipo de madera; el tipo de madera en la construcción del telar, al parecer, no tiene importancia.

Luzmira Soto Mansilla: (tejendera de frazadas) Ella teje desde los 12 años, lo aprendió de su mamá, aprendió a hilar primero. Después fue a la escuela, y cuando ya creció más, su madre le enseñó a tejer y a teñir los hilados. Ella no le enseñó a tejer a sus hijas porque sus hijas no quisieron aprender a tejer y se dedicaron a trabajar en las pesqueras porque ahí tienen un sueldo propio. Luzmira señala estar consciente de que la tradición se va a perder con el tiempo.

Ella trabaja con el telar chilote, pues este telar le permite hacer tejidos amplios. También se reúne con otras tejenderas y señala que sólo trabaja con teñido natural, dado que es una técnica más económica, y además “cualquier yerbita de campo sirve para teñir”.

Eliana Muñoz (confecciones): Ella nos relató que en Dalcahue existe un comité en el cual se congregan los artesanos, y una de las normas es tener en la Feria solamente tejido chilote, ni ecuatoriano ni peruano, como sí acontece en la Feria de Castro. Uno de los pensamientos que ella manifestó fue su disconformidad con los investigadores y tesistas, pues, dice, respondiendo preguntas de éstos nunca va a ganar o se va beneficiar en nada.

Entrevistas San Javier ( 02/08/06)

Isabel (Kilómetro 4 viniendo desde Dalcahue, a tres casas de la escuela de San Javier): Aprendió mirando a su abuela, a su mamá, a sus tías; aprendió primero a tejer a palillo. Recibe dinero solamente en el verano, pues todo lo que teje lo deja para vender en verano. Ella aprendió a tejer de manera autodidacta; al principio no le resultaban las formas pero con la práctica le comenzó a funcionar. Ella no posee telar, pero va a casa de una tía que vive en los alrededores y sí tiene telar. Aprendió a tejer echarpes y frazadas. Aún no ha hecho mantas pues éstas son más complicadas. Ella utiliza las anilinas porque produce colores que se venden más. Teje durante el invierno y junta sus tejidos para venderlos en los meses de enero y febrero en la Feria de Dalcahue, pues allí puede obtener mejores precios.

Isabel señala que salir a buscar hierbas es complicado, porque son escasas y hay que salir a buscarlas a los montes. Antes de la anilina se utilizaba la tinta. Isabel señala que antes no se vendía tanto el tejido como ahora.

La lana la compran; hay gente que se dedica a vender lana. Al respecto señala que a la isla viajan incluso personas de Osorno a vender la lana. Para que la lana sea buena tiene que ser lana larga (más de un cuarto), porque si es corta no se puede hilar. La lana negra es escasa en Chiloé, por lo que es lana más cara.

Para conservar este arte señala que debiera transmitirse a los jóvenes. El problema radica en que la juventud actual no tiene interés de aprender, las personas de hoy, dice, quieren hacer otras cosas como trabajar teniendo salario. Para tejer se necesita dedicación e inteligencia para innovar.

A ella le interesa comercializar y vender sus productos. Para esto lleva sus tejidos a Dalcahue. Si bien la feria funcionaba originalmente sólo los días domingos, actualmente funciona casi todos los días. Ella cuenta con una persona que le ayuda a vender.

Cree que los tejidos representan la tradición de Chiloé porque es lana tejida y trabajada por manos chilotas, aunque la lana se compre o provenga de otras partes.

Generalmente las nuevas formas surgen porque los turistas preguntan y buscan formas especiales, lo que genera que las tejenderas manufacturen los productos conforme a los gustos del turista o cliente.

Es peligroso, por otra parte, que los turistas compren a los revendedores, pues éstos ignoran los cuidados especiales que debe tener la lana. El tejido debe ser cuidado de la siguiente forma, según Isabel: un tejido natural no se debe lavar a máquina, lo que sí es que se puede centrifugar; el lavado se hace mano, y, antes de colgarlo, es recomendable planchar el tejido con las propias manos. Lo mejor es que este planchado manual se realice sobre la prenda húmeda. Si esto no se realiza el tejido se deforma; puede estirarse o achicarse. Además la utilización de la plancha provoca el adelgazamiento del tejido.

Al momento de lavar la prenda textil también es recomendable utilizar suavizantes, y no dejar la prenda remojando solamente en agua. Esto se hace para que la lana no pierda su suavidad natural. Lo importante es remojar el tejido con abundante espuma para que el tejido no quede apretado.

Isabel se imagina que en un futuro van a existir aún más revendedores y menos artesanos.

Rina Mansilla (Tejendera de choapinos): Aprendió a tejer mirando cómo tejían su abuela y su madre. Solamente tiñe con colores naturales de la oveja porque comprar anilinas sale más caro, dice. Posee un pequeño telar en casa en una habitación grande destinada para el tejido. Ella obtiene los diseños de sus tejidos de algunas revistas y los dibuja en papel a base de pequeñas cruces. Tiene hijas, pero a ellas no les ha interesado aprender a tejer porque, piensan, es un trabajo muy sacrificado (comprar la lana, lavarla, hilarla, tejerla) y que no da mucho dinero. A ella no le interesa que sus hijas aprendan a tejer dado que espera que ellas encuentren un trabajo mejor que les deje más ganancias.

Los que realizan el tejido ganan menos plata que las que venden y eso es lo que les disgusta. Señala que son pocas las tejenderas que quedan y que incluso las que saben tejer también se dedican a comprarle productos a otras tejenderas. Ya no quedan tejenderas porque, agrega, actualmente la mayoría de las mujeres prefiere trabajar en las fábricas.

Considera que el tejido artesanal tiene un valor de autoría pero que ese valor se pierde al comercializarse los productos en la Feria de Dalcahue, pues allí se vuelven todos los tejidos una misma cosa y muchas veces se suplanta al autor del trabajo artesanal, y se vende a nombre de otro, que en realidad solamente es revendedor y que quizás ni siquiera sabe tejer.

Lo complicado de instalar un letrero para vender ella misma su artesanía radica en que el tejido a telar es lento; por tanto, no son muchos los tejidos en stock para vender. Explica que una de las mayores desmotivaciones de este trabajo radica en que no se sobrevive bien con esta actividad.

Elisa Vargas: Todo trabajo es importante, el tejido artesanal también es importante porque es algo que se transmite: uno aprende a tejer de otra persona. En este caso, ella aprendió a tejer de su abuela. Ella teje a telar y se define como buena tejendera. Hace de todo: alfombras, choapinos, chales, frazadas, camineros. Generalmente demora dos días y medio en terminar una prenda. Ella compra la lana en vellones y la tiñe natural y artificialmente. Sus productos los vende a cualquier persona que se los compre. Señala que los jóvenes no quieren aprender a tejer a telar porque es muy sacrificado tejer en un telar donde se trabaja prácticamente arrodillado.

Advierte que por su casa ya han pasado varias tesistas para tomar fotos, y que una de las desconfianzas es que una vez se vio en una revista donde aparecía su telar como tejido mapuche. La diferencia entre el tejido mapuche y el tejido chilote, dice, radica en que al final uno se define como representante del pueblo que a uno le conviene.

Ella piensa que la labor se va a perder en el tiempo porque las niñas ya no quieren aprender. Ella en realidad no ve como representativa de Chiloé la Feria de Castro porque esa feria tiene mucho tejido extranjero ( de Perú, Ecuador, Bolivia)

Anotaciones sobre los discursos de las tejedoras

Visualización de su trabajo

Las tejedoras ven su trabajo como una labor importante, un conocimiento ancestral heredado y en el cual se consideran expertas. Véase Elisa Vargas quien dice: “Sí, yo soy buena tejedora porque tejo de todo, lo que me pidan lo tejo y no demoro nada” (entrevista personal, 2006). Opiniones que se reiteran en los discursos de las demás tejedoras quienes se consideran a sí mismas valientes por realizar un trabajo tan sacrificado como lo es tejer a telar.

Cabe destacar que, si bien el conocimiento del arte textil, como decíamos en principio, es un conocimiento heredado, éste no es siempre traspasado intencional y expresamente. Es decir, se puede también aprender mirando cotidianamente de las labores textiles que realizan la hermana, la madre, la abuela o persona en particular que conviva con una joven. Tal como lo señala Isabel al decir: “A mí nadie me enseñó a tejer yo aprendí de curiosa, mirando no más” (entrevista personal, 2005). Modo de aprendizaje que se repite en el caso de Rina Mansilla quien, dice, aprendió mirando de su abuela el conocimiento y manejo del arte textil.

Podemos constatar que existen dos formas de aprender a tejer: la primera que se da sólo por la convivencia con las personas que saben este arte y el interés propio de quien quiere aprender; y la segunda que es la enseñanza que ejerce intencionalmente la tejedora sobre la aprendiza a manera de escuela o taller.

En Chiloé hace muy pocas décadas atrás era posible, aún, convivir en comunidad. Desde los años 60 a la fecha se ha vivido un proceso acelerado de modernización con la llegada de empresas, electricidad y carreteras; lo cual, si bien, ha facilitado la vida diaria de los chilotes ha provocado también un cambio en las relaciones socioculturales. Como ejemplo: “el contrato”, muchos chilotes han pasado de ser trabajadores independientes a ser trabajadores asalariados en empresas, siendo ahora la empresa la que distribuye y planifica el trabajo a realizar disponiendo del tiempo de las personas que trabajan en ella. Como consecuencia, se ha producido un deterioro y un distanciamiento familiar que provoca cambios en las tradiciones de los chilotes, quiénes ya no disponen de sus tiempos para practicar y transmitir sus conocimientos. Es difícil entonces imaginar que si las tejedoras optan por trabajar en pesqueras, por ejemplo, dispongan de tiempo para enseñar a sus hijas a tejer a telar, y viceversa.

De ahí la importancia en la conservación de este arte textil, las tejedoras entrevistadas están conscientes de que es un conocimiento que está desapareciendo. La mayoría expresa satisfacción con el resultado de su trabajo, y la frustración en el caso de Rina Mansilla radica en la desvalorización que los demás hacen de su arte.

La mayoría de las artesanas se conoce y sabe quién es buena tejedora y quién no. Luzmira Soto Mansilla y Elisa Vargas, son tejedoras reconocidas como expertas dado que la mayoría de las personas consultadas respecto al conocimiento de tejedoras las mencionan. Ellas están conscientes de este reconocimiento y de la identificación que las personas hacen de sus objetos. La identidad de autoría[2] para ellas en sus discursos tiene conexión íntima con la estética de los objetos confeccionados

La señora Elisa Vargas se caracteriza por la producción de alfombras y la búsqueda de formas nuevas para éstas. Ella teje camineros (alfombras de pasillo) e innova con colores teñidos en anilina y entramados junto a colores naturales. Sus diseños tienen dos o tres colores y predominan los colores vivos como el naranjo y el amarillo.

La señora Luzmira Soto, por su lado, teje frazadas y sus colores son sólo naturales. La gente reconoce sus productos porque Luzmira posee el telar más grande del sector lo cual le permite confeccionar frazadas amplias; además, se distingue por la utilización de los colores verde y blanco. Conviene señalar que aunque sean dos colores el registro de un color es amplio pues depende del fruto con que se tiñe y de la madurez del mismo.

En el caso de Isabel, ella es menos conocida en el sector, pero se reconoce a sí misma en su discurso como creativa e innovadora. Agrega “se necesita inteligencia para innovar” (entrevista personal, 2005). Ella produce prendas de vestir: chombas, abrigos y bufandas; innova en los colores y en las formas de los mismos equiparándolos a los modelos del mercado. Dice que el público la reconoce, pues produce prendas que están a la moda y esto le gusta a los compradores, les sorprende. Su identidad de autoría transita por la mixtura que hace entre un tejido tradicional con una estética moderna que responde a las formas del mercado. Ejemplo de esto es que, Isabel teje prendas con lana de oveja natural, mantiene algunos colores naturales (negro, blanco) y los mezcla con colores provenientes de la anilina. Las formas tejidas por Isabel, se equiparan a productos de mercado, pues sigue los cortes de las prendas que llegan a las grandes tiendas conservando, a su vez, el material y las técnicas del tejido tradicional chilote.

Menos preocupada de la identidad de autoría se encuentra la señora Amelia Cerón. La señora Amelia teje mantas y gorros chilotes y sus colores principales son los tonos cafés, vive en el campo y la venta de sus productos se corresponde con la necesidad de generar recursos económicos. Por lo mismo, no genera un discurso sobre su propio arte, no problematiza su labor, pues el contexto rural en el cual vive no ha sufrido tantas variaciones como, sí, ha acontecido en las urbes.

Rina Mansilla posee un discurso más crítico en este sentido, pues señala su disconformidad con la suplantación de las identidades de autoría, dado que los revendedores hacen pasar por suyos los trabajos textiles que compran a las tejedoras en los campos. Es decir, se suma a la mala retribución económica la suplantación y anulación de la identidad como creadora. Los revendedores hacen esta suplantación dado que los turistas junto con comprar textiles tradicionales prefieren comprar directamente a los artesanos, quiénes además en el momento de la venta erigen un “falso discurso de autoría”. Isabel, agrega, a este respecto, que los revendedores a veces no poseen los conocimientos para el cuidado de las prendas textiles por lo que no saben orientar a los clientes en este aspecto.

Respecto a la recolección de objetos textiles y a la pérdida de identidades de autoría que se pueda sufrir en este proceso, se puede decir, que el Almacén de la Biodiversidad ha hecho un esfuerzo importante para que esto no acontezca, colocando en cada uno de los objetos que vende una tarjeta que indica el nombre del artesano, el material trabajado y el lugar de procedencia. De esta forma se asegura el resguardo de la identidad no sólo del autor, sino a la vez la identidad de la isla, pues los objetos que se venden en el Almacén de la Biodiversidad acaban siendo vendidos como objetos artesanales producidos por oriundos de la isla. Objetos, a la vez, que pueden ser vistos como funcionales para los mismos isleños, dado que en los objetos, la representación chilota no se fuerza mediante mensajes impresos -como ejemplo, “recuerdo de Chiloé- sino, más bien, se sustenta en el sujeto chilote que produjo el objeto en base a materiales y técnicas propias del lugar, pero no únicas. Es decir, finalmente la identidad chilota estaría dada por los sujetos (irrepetibles) que trabajan los objetos.

Identidad chilota: Valor de procedencia

En lo que respecta a la representatividad chilota que tienen los textiles hechos por artesanas tradicionales, hay menos cuestionamientos entre las entrevistadas al momento de confeccionar el objeto textil. La selección de los materiales y los colores dependen más de los recursos que posee cada una al tejer y no de la intencionalidad de representar o conservar tejidos auténticamente tradicionales. Las que tiñen naturalmente señalan hacerlo porque es un recurso más económico; y las que tiñen con anilinas lo hacen porque el proceso es menos trabajoso.

Respecto a la estética de los textiles, la única que incluye palabras como Chiloé o Dalcahue, en sus choapinos, es Rina Mansilla. En este caso, la inclusión de la palabra no es comercial sino identitario, pues si el valor de autoría se pierde al menos el valor de procedencia no se perderá con estas insignias. Elisa Vargas señala su molestia al ver que en una revista la pusieron como tejedora mapuche. Sin embargo, advierte que finalmente uno elige la identidad que le conviene, es decir, está consciente de los escenarios de comercio efímeros que se producen al momento de la venta del tejido, momento en el cual se escoge y se construye el texto identitario más acorde para la venta del objeto.

Isabel hace una afirmación muy importante en su discurso; ella señala que la identidad chilota se sustenta en las manos chilotas que confeccionan la prenda textil, lana teñida y trabajada por manos chilotas independiente de la procedencia del material. Isabel pone el acento sobre el sujeto-chilote que elabora la prenda. Se distancia de la diseñadora Marcia Mansilla quien vislumbra la identidad chilota de sus textiles en los materiales utilizados y en los procesos ancestrales del hilado, el teñido y el tejido. Mansilla trabaja la lana chilota reconociendo que no es la lana de mejor calidad, pero su apuesta es no transar con los materiales chilotes utilizados en sus diseños, pues es allí dónde se evidencia la identidad del objeto textil, según ella.

Finalmente, la autoría está dada por ambas cosas, pues no sólo es la identidad de las manos chilotas, las que determinan que un objeto sea o no sea considerado de Chiloé, eso es sólo una parte. Alguien que no es chilote -y en este sentido Marcia Mansilla tiene razón- pero que trabaja con materiales reconociblemente chilotes también puede lograr que sus objetos sean reconocidos como propios de la isla (como ejemplo: el arquitecto Edward

Rojas). Es decir, el valor chilote identitario estará más determinado por los materiales y el discurso que se construya alrededor de los objetos producidos, pudiendo el enunciante no ser necesariamente chilote.

El futuro del quehacer textil-artesanal y la relación producción-mercado

De las tejedoras entrevistadas podemos decir que la mayoría trabaja por necesidad un arte que aprendieron de sus antepasados pero que no han podido o no están pudiendo transmitir a sus hijos por falta de interés de los mismos; dado que éstos últimos prefieren trabajar en empresas donde ganan un salario fijo. Todas las entrevistadas tienen sobre cincuenta años de edad a excepción de Isabel que tiene alrededor de 32 años. Ellas dicen que no transmitieron el arte de tejer a sus hijas; y en el caso de Isabel, ésta posee hijos hombres por lo cual no les enseñó a tejer dado que es un rol que, según ella, no les corresponde[3] .

Ellas visualizan que en un futuro el trabajo textil va a desaparecer porque ya no se transmite de generación en generación como antaño. Isabel, agrega que quizás en un futuro existan más revendedores que artesanos. Observación importante que delata cierto escepticismo y disconformidad con la realidad que se evidencia en las Ferias artesanales de las pequeñas urbes de Chiloé, en donde la mayoría de las personas que allí venden no saben tejer a telar. Rina Mansilla agrega que incluso las pocas personas que saben tejer a telar se están convirtiendo en revendedores porque se dan cuenta que este trabajo deja más ganancias.

Considerando el diálogo con Rina Mansilla, se puede advertir que el principal peligro para la conservación de este arte radica en la poca valorización que se le da a las tejedoras manifestado en la mala retribución económica que reciben. Es cierto que existe interés por los objetos culturales y el consumo de éstos hoy se ha vuelto masivo. Pero no se ha puesto el acento sobre el sujeto y el proceso de confección que se debe llevar a cabo para producir la prenda textil. Situación desmotivante para quién se quiera dedicar exclusivamente a tejer. Así lo manifiesta Rina Mansilla, quien dice no tener interés en traspasar el conocimiento a sus hijas, pues quiere que ellas tengan un trabajo “mejor” que otorgue más beneficios económicos y en el cuál sean reconocidas. Esta es la principal razón por la que muchas mujeres chilotas no aprenden o no quieren aprender a tejer y, otras que sí lo saben, dejan de tejer rompiendo la milenaria cadena de prácticas de transmisión de conocimientos y saberes ancestrales como herencia cultural.

Todas las entrevistadas se dedican a vender sus objetos textiles, incluso las tejedoras entrevistadas en el campo comercializan sus objetos. La actividad comercial se facilita al transitar los revendedores por los sectores más aislados en busca de telas y/o tejidos. Por supuesto que el dinero que terminan ganando las tejedoras es muy inferior al que ganan los revendedores. Además a esto se suma la venta que los revendedores hacen a personas que llegan a Chiloé especialmente a comprar los tejidos, personas que a su vez comercializan con casas de alta artesanía a las que concurren los clientes de elite; aquéllos que pueden pagar los altos precios en que se comercializa finalmente el producto. Precios inimaginables para las tejedoras.

Esta cadena de producción es apenas un eslabón de lo que acontece con la producción de la vestimenta de las grandes marcas en el mundo[4] . Lo importante es ver cómo este proceso de mercado se reproduce a menor escala desde territorios más pequeños y aislados como el caso de Chiloé, y cómo las tejedoras comulgan y desarrollan su trabajo con y en este contexto.

En definitiva este modelo de ventas descrito es el que no tiene futuro, modelo empresarial que se basa en la producción a gran escala y centrando sus estrategias en la comercialización, sin tomar en cuenta la exclusividad y el diseño de los objetos textiles. Las tejedoras tradicionales que a la par son responsables de las labores domésticas, no pueden, por falta de tiempo, hacer una producción masiva de tejido, además, el tejido a telar toma tiempo. Se debe señalar, sí, que las tejedoras han logrado contrarrestar el modelo de mercado moderno, asociándose en cooperativas que se instalan en las urbes a vender exclusivamente tejidos bajo un concepto cultural, es decir, se pueden encontrar tiendas en Castro y Ancud cuyos productos a la venta son confeccionados con materiales y técnicas naturales . Las cooperativas generalmente pertenecen a sectores específicos, dividiéndose entre las artesanas gastos y ganancias.

Las tejedoras de Chiloé en la actualidad están conscientes de que la producción de objetos textiles es comerciable y deja haberes. Situación evidente a partir de la proliferación de distintas tiendas de artesanía y ferias artesanales estables y esporádicas[5] . Las artesanas ya casi no producen objetos textiles para vestir a su entorno familiar si no más bien para comercializar. Y en la búsqueda de la venta de sus productos innovan con colores dados por la utilización de anilinas y con formas y/o diseños nuevos que generalmente se corresponden con los modelos de las grandes y nuevas tiendas de ropa que han llegado a Chiloé.

Existe, tal como lo señala Isabel, la influencia en el diseño que ejercen los turistas, quiénes piden y buscan prendas, formas y colores especiales en los objetos textiles a comprar. Así como también es importante la influencia de los recolectores de arte que van a Chiloé a buscar objetos para llevarlos a museos o a casas de alta artesanía textil. Turistas y recolectores que transitan y cuya principal fuente de atracción- y medio de influencia- es el dinero y las cantidades de objetos textiles que adquieren. Influencia que en algunos casos es negativa y en otras positiva. Por ejemplo, Marcia Mansilla narra en una de las entrevistas el espectáculo del consumo de identidades que se produce en las mañanas de los domingos en la Feria de Dalcahue hasta donde llegan compradores del continente a adquirir en camionetas fardos y fardos de gorros chilotes, que además, poseen como marca registrada el logo Chiloé, Castro o Ancud según sea el caso. Gorros de los cuales no interesa el color, ni la forma; lo que interesa es que provengan de Chiloé. Lo que se produce con esto es que las artesanas comienzan a preocuparse menos en la calidad de sus tejidos, terminan vendiendo tejidos deformes, mal terminados, con distinta lanas, etc. La influencia positiva se puede decir que existe cuando quien compra sabe apreciar los textiles tanto estética como culturalmente y traspasa estos conocimientos a las artesanas, orientándolas a valorar su quehacer textil-artesanal.

Respecto a las tejedoras entrevistadas, Isabel es la que más se mostró preocupada por la venta y por satisfacer los gustos del consumidor. Ella saca modelos de las tiendas, va a la par con los colores de las temporadas de moda y se preocupa por lo que va a venir. Tiene una persona que le ayuda a vender, y la estrategia de venta -señala- para la mayoría de las tejedoras es tejer mucho en invierno para vender en el verano, ya que en verano los precios son más altos. Según Rina Mansilla también se debe acumular tejidos para venderlos uno mismo; dado que si uno vende las prendas a personas que pasan por la casa se corre el riesgo de que sea revendedor. En lo particular, a Rina Mansilla no le gustan los revendedores porque pagan poco: “al final siempre las más pobres somos nosotras, las que tejemos” (entrevista personal, 2005). Ella cuenta que la estrategia de los revendedores es recorrer los campos buscando tejidos; las tejedoras no siempre van a Dalcahue porque es sacrificado y, además, no vale la pena si la cantidad de tejidos es poca. Agrega que las personas que venden en las ferias artesanales siempre tienen mucho tejido porque lo han comprado a precios muy bajos a las personas del campo, es imposible que produzcan tantos tejidos por semana. Un tejido demora aproximadamente dos o tres días completos, dependiendo de la prenda textil y del tiempo del cual se disponga, lo cual quiere decir que como tejedora independiente no se puede vivir debido a la lenta producción. Se debe considerar, también, que como tejedoras independientes no disponen de mucho tiempo para ejercer la labor, pues deben manejarse, a la vez, con los hijos, la casa y los animales. Esto implica que la artesanía para las tejedoras tradicionales dependa más de la calidad y el diseño del producto que de la cantidad de tejidos producida. El valor del tejido estará dado, entonces, en la exclusividad de cada objeto textil confeccionado.

Identidades en tránsito: Tejedoras cambio de rol y/o doble rol

Se puede señalar que dentro de la comunidad chilota y, tal como ha acontecido en un principio en todas las sociedades, existe aún la división de roles y la diferenciación masculino/femenino. Es decir, determinadas tareas son atribuibles y enseñadas a los hombres y a las otras mujeres. Los hombres son pescadores, agricultores, carpinteros las mujeres dueñas de casa, modistas, tejedora. En Chiloé este suceso se escenificaba en la práctica de las diversas mingas; trabajos comunitarios en los cuales hombres y mujeres se dividían por género para ejercer un trabajo común. Es así como el “ser” tejedora pasa a constituirse en parte de la identidad de género, del “ser mujer” , y en un rol que afirma su femineidad y reafirma un orden social preestablecido[6] .Las mujeres asumían en un principio el ser tejedoras como parte constitutiva de la identidad, y en el proceso,a la vez, iban transformando esta actividad en un oficio. Es así como se comprende que ninguna de las tejedoras aluda a su hijos hombres al momento de señalar que existe una pérdida de la actividad textil. Es más, Isabel señala que “a sus hijos no les enseñó a tejer porque son hombres”(entrevista personal , 2005)

A partir de los años 70 , y con la llegada de las industrias y el crecimiento de la urbes, las mujeres de la isla y sobre todo las jóvenes, han tenido la opción de escoger modos de vida.Las mujeres comienzan a cambiar de rol o a complementar sus roles con otros.

Las tejedoras cumplen una doble función, por un lado realizan los tejidos tradicionales (…)Por otro lado, y debido a la inserción en las ciudades y a necesidades económicas han organizado una serie de redes de tejedoras en las que se puede apreciar una amplia gama de representaciones sociales en la que interactúan cumpliendo diferentes roles. Son mujeres que se relacionan con la familia, con la comunidad y con el mercado, pero son a la vez comerciantes y urbanas (Ulloa 7).

Otras tejedoras, tal como ellas mismas lo señalan, deciden cambiar de rol en busca de mejores remuneraciones. Pasan a formar parte del capital de trabajo y fuerza laboral que sustenta la familia, y comienzan a adquirir mayor independencia y poder de decisión; cambiando los ordenes y las identidades y/o roles femeninos en una sociedad chilota en la cual la cultura pareciera ir en constante deterioro; cuando en realidad son, también, las identidades pertenecientes a la cultura chilota que en estos tránsitos efímeros y móviles de los escenarios modernos han aportado, para bien o para mal, a la dinámica de cambios.

En materia de artesanía textil, uno de los cambios ha sido una paulatina mutación hacia una forma de trabajo manejado con lógica empresarial para un mercado cada vez más exclusivo, lo que implica una producción de objetos en escala menor, cuyos altos precios se sustentan en la base de la calidad y la exclusividad de un objeto textil concebido, a la par, como objeto cultural. Es en este contexto en que hacen su aparición las diseñadoras chilotas como Marcia Mansilla, quienes contribuyen a que las tiendas de alta artesanía en su contexto más amplio comiencen a acoger y valorar la textilería chilota por el entramado cultural que guardan.


[1] Estas notas se pueden confrontar con el anexo, en el que se incluye la entrevista-tipo que se aplicó a cada una de las entrevistadas y algunas de las transcripciones de dichas entrevistas.

[2] Cuando hablamos de identidad de autoría, nos referimos a las marcas específicas y propias que un artesano/artista puede impregnar en sus trabajos y que son reconocibles, para los demás, como particulares de ése autor.

[3] El rol de los hombres para Isabel, tiene que ver con el sustento de la casa. Ella, trabaja para hacer un aporte al hogar y para distraerse. Los hombres se dedican a labores de fuerza más pesadas, y ayudan en el proceso de los tejidos a comercializar los productos.

[4] Se recomienda para este caso el estudio de Ana Bella Pérez Castro, docente del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, en su artículo “Uso y reúso de la ropa (la segunda piel)”.

[5] Un ejemplo de ferias esporádicas es la “Feria de la Biodiversidad” que se lleva a cabo en febrero en la ciudad de Castro y que se viene haciendo desde hace cinco años a la fecha. Iniciativa que se originó en Castro con el apoyo de la Municipalidad, Bosque modelo de Chiloé, el Centro de Educación Tecnológica (CET), la Universidad Arcis Patagonia e INDAP. Dicho evento anual convoca a más de 100 agrupaciones e instituciones proveniente de distintas comunidades del Archipiélago con muestras de artesanía en lanas, fibras, maderas, diversidad marina y gastronomía.

[6] Véase Angélica Wilson quien respecto a la enseñanza del arte textil a las mujeres mapuche, coloca a modo de ejemplo un relato. “Un día, una chiquilla lavaba mote en el río, llegó un viejo y se la robó; se la llevó para sus tierras. Se casó con el viejo la chiquilla. Dicen que le dijo: “Me voy para la Argentina, cuando vuelva yo, me tienes que tener toda esta lana hilada./ Se fue el hombre y la niña quedó llorando ¡cuándo sabía hilar! (…) Wilson, señala que en este relato se puede vislumbrar que: “La mujer será arrancada de su comunidad natal para ir a vivir a la tierra de su esposo y una vez allí deberá demostrar que sabe ejecutar los trabajos que corresponden a su sexo”. (Wilson 6)

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Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Aproximación al discurso de la diseñadora textil Marcia Mansilla y el de las tejedoras a telar en la isla de Chiloé. "Tabla de contenidos"
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. "Anexos"
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. "Bibiografía"
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. "A modo de conclusión: Pérdida de autenticidades y consumo de identidades locales"
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Capítulo 4: “Historias y discursos locales. Los fragmentos del pasado y las huellas del presente en los objetos textiles”
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Capítulo 3: “El caso de Marcia Mansilla”
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Capítulo 2: “Telares chilotes: la visión de las tejedoras tradicionales de Dalcahue y San Javier”
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Capítulo 1: “El tejido chilote: un breve excurso histórico”
Los diálogos del tejido en la construcción de la memoria. Aproximación al discurso de la diseñadora textil Marcia Mansilla: "Introducción"