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Actas [an error occurred while processing this directive] 17 de mayo de 2012


Chile: a 20 años del NO. Una historia que no ha terminado
Sergio Mansilla Torres

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El reloj me despertó a las 5 de la mañana de ese día 5 de octubre de 1988. Era yo vocal de mesa y tenía que llegar hasta la Escuela Canadá, en Rahue Alto, Osorno, sector occidental de la ciudad a más tardar a las 7 de la mañana (yo vivía justamente en el sector oriente de Osorno). No estaba seguro de encontrar movilización y, por si tuviese que caminar hasta Rahue Alto, me aseguré de disponer de al menos una hora para tal menester. Quienes queríamos que la sangrienta dictadura de Pinochet se terminara, sabíamos muy bien que ése iba a ser un día histórico. Sentía que, modestamente, mi trabajo como vocal de mesa iba a ser un granito que arena que, sumado a millones, garantizaría que una de las etapas políticas más siniestras de la historia de Chile se iba por fin a terminar. Era apenas el primer paso -eso al menos esperábamos muchos- de lo que sabíamos iba a ser un largo y tortuoso camino que, de un modo u otro, tendría que conducir al desmontaje total del tinglado político, social, económico y cultural que la dictadura había construido a su entero amaño, con la total impunidad, durante 17 años.

A la mañana siguiente, ya recuperado de la alegría del triunfo, cuando iba camino al establecimiento educacional en el que entonces hacía clases, me encontré con un conocido del barrio, una persona común como tantas, que vivía más mal que bien de su trabajo, pero que, a su modo, con la sencillez y la ingenuidad de quien piensa que la política es sólo cuestión de buenas intenciones de quienes gobiernan, me comentó que ahora sí las cosas iban a cambiar porque ahora iba a haber democracia, por fin. Recuerdo que le comenté que había que tener paciencia por un tiempo más pero que, seguro, las cosas iban a ser muy diferentes. Aunque también le dije que había que ver cómo se portaban de ahí para adelante los dirigentes políticos que, para entonces, aparecían liderando el NO. Nos despedimos. Poco después la vida me llevó por otros derroteros y desde hace mucho que no sé nada de él. ¿Celebrará los 20 años del NO?

Yo no lo celebro; lo rememoro sí, con respeto, con algo de nostalgia y con mucho de frustración. El triunfo del NO de entonces fue la expresión de rechazo de la mayoría del pueblo chileno contra una forma de gobernar basada en la violencia, en el desprecio de la persona humana, en una calculada política de intolerancia y de construcción de la desigualdad en beneficio de los dueños de los medios de producción y de quienes controlaban las finanzas del país: la derecha política y económica que había convertido a las fuerzas armadas en su guardia pretoriana. Pero lo que vino después no fue lo que se veía en el horizonte de la alegría prometida: las cúpulas políticas de derecha y socialdemócratas (la llamada Concertación de Partidos por la Democracia) negociaron a espaldas del pueblo acuerdos y leyes secretas durante 1989 de manera que la dictadura entregara el gobierno pero no el verdadero poder político y económico y asegurar así, de su parte, la continuidad de los cambios estructurales de fondo que se habían diseñado y echado andar a punta de terror. No se tocó sino en aspectos menores la espuria Constitución Política que el dictador fraudulentamente había hecho aprobar en 1980 en un “plebiscito” de utilería. En rigor, el único cambio constitucional de envergadura fue la eliminación del famoso artículo octavo surgido de la patológica intolerancia a las ideas de izquierda de Jaime Guzmán Errázuriz, uno de los máximos ideólogos de la refundación neoliberal de Chile.

Han pasado 20 años. Chile ha vuelto al ruedo de los países democráticos; pero es una democracia demasiado a la medida de las clases dirigentes que se encaramaron en el poder durante la dictadura y de aquellas otras que, tras la negociación de 1989 y años posteriores, hicieron lo propio, repartiéndose el parlamento, las municipalidades, siempre preocupados de equilibrios y consensos los que, si bien son necesarios para la funcionamiento de un país como Chile, no pueden sustentarse indefinidamente sobre la base de una creciente exclusión de vastos sectores de la sociedad chilena (la mayoría de los jóvenes de hoy podrían dar cátedras al respecto). Una nueva Constitución Política se está volviendo una necesidad urgente de satisfacer; una nueva Carta Fundamental que se elabore y apruebe con procedimientos de veras democráticos y garanticen no sólo las libertades políticas y el respeto a los derechos humanos (algo que, por lo demás, sería impensable que no estuviese garantizado en cualquier constitución de una sociedad civilizada); se trata de garantizar, constitucionalmente, modos de organización política que aseguren que las riquezas naturales del país pertenecen y pertenecerán a todos los chilenos; que las oportunidades de acceso a la educación, a la salud, a la cultura, a las comunicaciones, a la riqueza que, en términos globales, genera el país, sean resguardadas por un ordenamiento jurídico y político que tienda siempre a generar condiciones de igualdad y de distribución democrática, y no continúen siendo fuentes de escandalosas desigualdades, como lo es hoy en día.

No es el caso aquí hacer una lista de las falencias de la democracia chilena construida desde 1989-90 hacia acá, falencias bastante conocidas por lo demás. Sí cabría decir que la izquierda chilena ha tenido y tiene su cuota de responsabilidad en todo esto. Su fragmentación, su “acostumbramiento” a la marginalidad política, la “renovación” socialista que no ha sido sino la adaptación del supuesto progresismo de la izquierda -de esa izquierda en realidad- al neoliberalismo (que mal que mal le ha dado a muchos dividendos no sólo en el campo de la política), son, entre otros, factores que han facilitado la consolidación de un modelo de país regido casi exclusivamente por las leyes del mercado. ¿Dónde está el Estado para proteger a sus ciudadanos de otra manera que no sea por la sola asistencialidad o los subsidios y subvenciones de diversos orden? No se trata de estatizar todo, resucitando obsoletas recetas extremistas o irracionales del socialismo “real” fenecido ya hace tiempo. Sí se trata de organizar un país que asegure a todos las mismas posibilidades de desarrollo; y eso, el mercado por sí solo, no lo puede conseguir. Tampoco un Estado subsidiario, en cuyo poder legislativo, por otra parte, las sensibilidades políticas reales están absolutamente subrepresentadas. No fue para esto que se ganó el NO. No para que continúe el saqueo de nuestro cobre, hoy mayoritariamente en manos privadas; no para que los ríos, lagos y mares territoriales sean, de hecho, propiedad de transnacionales; no para que los ancianos reciban jubilaciones miserables en circunstancias de que las Asociaciones de Fondos de Pensiones se lleven casi un tercio de nuestras cotizaciones y aumenten exponencialmente sus ganancias; no para que los miembros del poder legislativos sean elegidos casi a dedo sobre la base de un binominalismo insostenible a estas alturas.

Quizás esté llegando la hora de decir NO otra vez. Sólo que ahora, después de tanta sangre y agua que ha corrido bajo los puentes, ya no seremos los que hace 20 años éramos todavía jóvenes quienes estemos en condiciones objetivas de revolucionar, para bien, el país. Somos, y lo digo sin ambages, una generación que en su momento, por diversas razones sociológicas e históricas, no supimos copar los sitios de poder que hubieran dado paso a una historia distinta. Me duele que mis hijos, que hoy tienen alrededor de 20 años, no tengan un país más amable con ellos. Pero no ha ocurrido el fin de esta historia ni mucho menos. Más bien al revés: después de 20 años una nueva historia está recién empezando. Y no será precisamente para profundizar el modelo neoliberal de desarrollo.



Osorno, 5 de octubre de 2008.

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